La angustiosa muerte del sujeto

Por Eduardo Aguirre

Vivimos una etapa singularmente compleja en el sistema/mundo del tercer milenio. Esas complejidades existenciales, de diverso orden, a veces (muchas) nos deparan urgencias, incertidumbres, ansiedades comprensibles, malestares impostergables, dolores insondables.

En su fase neoliberal, el capitalismo asfixia a los sujetos y los sume en las contradicciones más arteras. Por una parte, los conmina a un malestar de la cultura de connotaciones abismales, que va desde la convicción generalizada de que no existen alternativas al sistema hasta la intemperie gélida de la soledad y el abandono.

Extranjeros, diferentes, alienados, presos, niños, mujeres violentadas, locos y viejos oscilan en ese páramo interminable de las des-existencias. Por otra parte, el neoliberalismo alienta también un sujeto consumidor, estéril, individualista, empresario -generalmente frustrado- de sí mismo, meritocrático místico, autoritario, hostil, de palabra prieta y acción directa. Ese formato de sociedad conduce inexorablemente a las catástrofes.
El sujeto, entrampado entre esas disyuntivas férreas no puede sino abdicar de lo más preciado. El sentido mismo de la existencia. De su existencia. La angustia se convierte, entonces, en el sentimiento generalizado de estos tiempos. Es el nuevo malestar de una cultura agobiante lo que estruja las conciencias y las coloniza.

No parece para nada ocioso, en consecuencia, comprender las estocadas impiadosas de la angustia y, por una vez, animarnos a pensar en ese correlato sin registro de la que viene acompañada: nuestra propia muerte.
Como sabemos, en su estudio sobre el “Ser”, Heidegger introduce un elemento novedoso, revulsivo para la filosofía moderna a la que colonial y convencionalmente denominamos “occidental”: el Tiempo. De hecho, en su obra canónica, “Ser y Tiempo”, el formidable y polémico pensador de Messkirch (un pequeño pueblo ubicado en plena Selva Negra alemana, de la cual el filósofo fue un producto cultural categórico, alguien que, más que ser, “estuvo” en su lugar durante toda su vida) señala que, a pesar de haberse ocupado siempre del Ser, los filósofos previos lo asumieron como independiente del tiempo, como una cosa, como un “lo igual a sí mismo” siempre, con esencia propia, insusceptible de ser enlazado históricamente con el Tiempo, con el “acontecer”, que en definitiva precede al Ser. Por eso es que Heidegger acuña el concepto del “ser-ahí”, el “dasein”. El Ser arrojado al mundo. Un ser situado y expuesto a lo contingente de una existencia justamente temporal, asediado principalmente por la muerte, dada su condición inexorablemente finita. Esa amenaza irreductible (e irreversible) es lo que explica la angustia, el gran malestar de la cultura de los últimos dos siglos.

“La angustia ante la muerte es angustia ‘ante’ el más propio, irrespectivo e insuperable poder-ser. El ‘ante qué’ de esta angustia es el estar-en-el-mundo mismo. El ‘por qué’ de esta angustia es el poder-ser radical del Dasein. La angustia ante la muerte no debe confundirse con el miedo a dejar de vivir. Ella no es un estado de ánimo cualquiera, ni una accidental ‘flaqueza’ del individuo, sino, como disposición afectiva fundamental del Dasein, la apertura al hecho de que el Dasein existe como un arrojado estar vuelto hacia su fin. Con esto se aclara el concepto existencial del morir como un arrojado estar vuelto hacia el más propio, irrespectivo e insuperable poder-ser.

La diferencia frente a un puro desaparecer, como también frente a un puro fenecer y, finalmente, frente a una ’vivencia’ del dejar de vivir, se hace más tajante” (2). El final del “estar ahí”, del dasein, del estar en el mundo al que fuera arrojado, es la muerte del sujeto. Algo bastante más complejo de lo que nos animamos a pensar. La alianza inenarrable de la angustia y la muerte. Los dos extremos que han de juntarse fatalmente. El “ser lo mismo” que nos arredra en nuestra capacidad de reflexionar sobre la existencia.

El ser y el tiempo. Ambos fugaces. Ambos efímeros. Quizás, nuestro límite no sea tanto pensar la angustia y la muerte. Quizás la frontera infranqueable sea el sentido de la vida y la forma como imaginamos que podría “ser” la muerte. Nuestra muerte.

(1) Cullen, Carlos:https://www.youtube.com/watch?v=URjcL8Bo9wY
(2) Heidegger: “Ser y tiempo”, p. 247, disponible en http://www.afoiceeomartelo.com.br/posfsa/Autores/Heidegger,%20Martin/Heidegger%20-%20Ser%20y%20tiempo.pdf

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