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Río Negro: la nueva frontera del desarrollo agroindustrial argentino

Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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La semana pasada tuvo lugar en la ciudad de General Roca, Río Negro, el primer Encuentro de Maíz Bajo Riego de la Norpatagonia. El evento reunió a destacados especialistas y a productores de la región, quienes compartieron sus experiencias, saberes y perspectivas sobre el desarrollo del cultivo en condiciones de irrigación. Asimismo, contó con la participación de un público especialmente interesado en identificar nuevas oportunidades de inversión y expansión productiva.

La jornada coincidió con la reciente promulgación de la ley que establece los beneficios fiscales del RIMI, hecho que constituyó un verdadero broche de oro para un encuentro caracterizado por un clima de entusiasmo, proyección y motivación colectiva. Es que hay momentos en la historia productiva de un país en los que la geografía, la tecnología, contexto económico y decisión política convergen para abrir una oportunidad irrepetible. El valle medio e inferior del río Negro se encuentra hoy exactamente en ese punto. No se trata de una promesa abstracta ni de una ilusión periférica: estamos frente a una de las últimas grandes reservas territoriales de la Argentina con agua, suelos, clima e institucionalidad suficiente para una expansión agropecuaria y agroindustrial a escala, capaz de replicar, y en ciertos aspectos mejorar, el modelo pampeano clásico.

Desde una visión agronómica integral, el río Negro es el verdadero factor estructurante. Con un caudal medio anual del orden de los 800 m³ por segundo, una calidad de agua excelente, baja salinidad y sodicidad y una regulación que otorga previsibilidad al riego, el sistema ofrece una ventaja comparativa que hoy la región pampeana comienza a perder por estrés hídrico y mayor frecuencia de eventos climáticos extremos. A ello se suma una infraestructura de riego existente y ampliable, con costos de captación y conducción sensiblemente menores a los de nuevas áreas bajo riego en otras regiones del país.

La disponibilidad de tierras completa el cuadro estratégico. Solo en el valle medio e inferior existen más de 500.000 hectáreas potencialmente incorporables a sistemas productivos intensivos y semi intensivos, muchas de ellas con aptitud agrícola directa y otras fácilmente adaptables mediante manejo, nivelación y riego presurizado. En un contexto donde la frontera agrícola nacional prácticamente no tiene margen de expansión sin conflictos ambientales o sociales, esta superficie constituye una oportunidad de crecimiento genuino, ordenado y planificable.

El esquema productivo debe pensarse con lógica pampeana, pero con inteligencia regional. Soja, maíz y trigo pueden constituir la base del sistema, con rendimientos bajo riego que superan holgadamente los promedios nacionales: maíces de 12 a 16 Tn/ha, trigos de 7 a 8 Tn/ha y sojas de 4 a 4,5 Tn/ha son técnicamente alcanzables. La alfalfa, con producciones superiores a 18–20 toneladas de materia seca por hectárea año, se convierte en el pilar forrajero que permite sostener una ganadería intensiva, eficiente y ambientalmente equilibrada.

Aquí aparece un punto central para cualquier análisis de negocios: Río Negro no grava con Ingresos Brutos a la actividad agropecuaria primaria. En un país donde este impuesto distorsivo erosiona márgenes, encarece la integración vertical y penaliza la inversión de largo plazo, esta exención constituye una ventaja competitiva real y medible. Mejora el flujo de fondos, reduce el costo fiscal efectivo por tonelada producida y vuelve viables proyectos que en otras jurisdicciones quedan en el límite de la rentabilidad. No es un detalle administrativo: es una señal concreta de comprensión del negocio productivo.

Adicionalmente, El Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (RIMI) es un esquema fiscal creado en el marco de la reforma laboral recientemente aprobada en Argentina, destinado a promover inversiones productivas por parte de empresas micro, pequeñas y medianas, así como firmas de mayor escala. El régimen ya se encuentra incorporado en la normativa vigente y ofrece beneficios como la amortización acelerada en el Impuesto a las Ganancias y la devolución anticipada de IVA, aplicables a bienes muebles nuevos, maquinaria y obras de infraestructura. Para el sector agropecuario, el RIMI incluye expresamente inversiones en sistemas de riego, equipos de alta eficiencia energética, mallas antigranizo y bienes semovientes, que incluso pueden acceder a esquemas de amortización en una sola cuota para acelerar la recuperación del capital invertido, lo que lo convierte en una herramienta particularmente relevante para proyectos de riego y la compra de maquinaria agrícola.

La ganadería merece un párrafo aparte. La Argentina arrastra un déficit estructural de terneros, con tasas de destete que apenas superan el 62–63 %, muy por debajo del potencial biológico. El valle del río Negro ofrece condiciones sanitarias, forrajeras y climáticas ideales para sistemas de cría ordenados, con índices de destete superiores al 75 %. Esto no solo permitiría generar terneros de calidad, sino también avanzar decididamente en agregado de valor en origen, transformando grano en carne bovina, porcina y aviar.

En este punto, la cercanía logística al puerto de Bahía Blanca resulta estratégica. A menos de 500 kilómetros promedio (dependiendo el valle que se analice), con acceso vial directo, se abre la posibilidad de integrar cadenas completas: producir granos y forrajes, transformarlos en proteína animal o exportando sin procesar los excedentes granarios. Es el tipo de modelo que reduce la exportación de commodities, multiplica el empleo local y mejora el ingreso por tonelada producida. Feedlots, granjas porcinas y avícolas, plantas de faena y frigoríficos regionales encuentran aquí un territorio con condiciones objetivas para desarrollarse.

La convivencia con cultivos de alto valor no solo es posible, sino deseable. La cebolla y la papa ya han demostrado su potencial en la región, con rindes que alcanzan 60–70 t/ha en cebolla y 45–50 t/ha en papa, elevando significativamente la renta por hectárea y diversificando el riesgo. A esto se suma una oportunidad estratégica de enorme valor: la producción de semillas híbridas, particularmente de girasol. Las condiciones de aislamiento, sanidad y estabilidad climática posicionan al valle como una plataforma ideal para este segmento, donde el valor bruto por hectárea puede multiplicar por cinco o seis al de un cultivo extensivo tradicional.

Desde el punto de vista institucional, Río Negro muestra un rasgo cada vez más escaso en la Argentina: un clima favorable a la inversión productiva. La provincia ha entendido que no hay desarrollo posible sin producción y ha avanzado en reglas claras, ordenamiento territorial y decisiones políticas que acompañan la inversión. No es con miedo ni con mensajes apocalípticos como se cuida el futuro de una sociedad. Se lo cuida con trabajo, inversión, ciencia y tecnología al servicio del hombre y del ambiente. 

La pregunta, entonces, no es si el valle medio e inferior del río Negro puede convertirse en un nuevo polo de agronegocios con alta demanda de capital e inversiones. La pregunta es quién va a protagonizar ese desarrollo. Esperar pasivamente a que capitales extranjeros ocupen ese espacio sería repetir errores conocidos. Esta es una oportunidad para que productores, empresas e inversores argentinos amplíen la superficie productiva, integren cadenas de valor y consoliden soberanía económica con base territorial.

El sur no es una promesa lejana: es el presente que todavía estamos a tiempo de construir. Río Negro ofrece agua, tierra, clima e institucionalidad. Lo que falta es decisión empresarial. Y en los negocios, como en la historia, las oportunidades que no se toman, se pierden.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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