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Trigo: el capital genético que estamos perdiendo y solo el INTA puede salvar

La agricultura argentina evolucionó hacia ambientes cada vez mÃs intensivos
La agricultura argentina evolucionó hacia ambientes cada vez más intensivos.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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La historia reciente de la calidad panadera del trigo argentino constituye uno de los casos más ilustrativos de cómo las señales económicas pueden modelar silenciosamente la evolución biológica de un sistema productivo. Lo que hoy observamos en los laboratorios de análisis de granos, en los acopios y en la industria molinera no es el resultado de una campaña aislada ni de un problema coyuntural. Es la consecuencia acumulativa de más de tres décadas durante las cuales los incentivos del mercado y las políticas públicas condujeron al productor a maximizar rendimiento, aun cuando ello implicara resignar calidad.

La calidad industrial del trigo se expresa principalmente a través de dos variables estrechamente relacionadas: el contenido de proteína y la concentración de gluten. Ambos parámetros determinan la aptitud panadera, la fuerza de la masa y la capacidad de absorción de agua de las harinas. Sin embargo, durante gran parte de los últimos treinta años, el sistema comercial argentino prácticamente no generó estímulos consistentes para premiar esos atributos.

La aplicación recurrente de derechos de exportación, la existencia histórica de mecanismos de intervención comercial como los Registros de Operaciones de Exportación (ROE), la distorsión cambiaria y un mercado interno donde las bonificaciones por calidad fueron esporádicas o insuficientes terminaron conformando un escenario donde producir un trigo con 13% o más de proteína rara vez garantizaba una retribución económica proporcional al esfuerzo técnico requerido.

El productor respondió racionalmente. Como ocurre en cualquier actividad económica, los recursos fueron orientados hacia aquello que ofrecía mayor retorno esperado. El resultado fue una progresiva sustitución de materiales genéticos de alta calidad panadera por variedades de mayor potencial de rendimiento.

Los registros históricos de organismos públicos, de la industria semillera y de las bolsas cerealeras muestran una tendencia inequívoca. Durante las décadas de 1980 y 1990, los trigos de máxima calidad comercial representaban una proporción sustancial de la superficie implantada. Hoy, según distintas estimaciones privadas y relevamientos sectoriales, los materiales clasificados como Grupo 1 ocupan una participación considerablemente menor dentro del área nacional.

El cambio varietal no fue casual. La agricultura argentina evolucionó hacia ambientes cada vez más intensivos y competitivos, donde cada kilogramo adicional de grano adquirió un valor determinante en la rentabilidad. En ese contexto, comenzaron a ganar protagonismo variedades provenientes de germoplasma francés o de cruzamientos franco-mexicanos, caracterizadas por un mayor potencial de rendimiento y, en numerosos casos, una mejor respuesta frente a enfermedades como roya amarilla (Puccinia striiformis), una de las patologías que más desafíos generó en las últimas campañas.

La paradoja es que buena parte de estos materiales presentan una menor capacidad genética para acumular proteína respecto de los tradicionales trigos de fuerza derivados del germoplasma mexicano desarrollado por el programa CIMMYT. Desde el punto de vista fisiológico, el fenómeno es perfectamente comprensible: a medida que aumenta la capacidad de producir almidón y biomasa, la concentración proteica tiende a diluirse si no existe un manejo nutricional extremadamente preciso.

La evidencia generada por INTA ha mostrado reiteradamente que incrementos de rendimiento no siempre son acompañados por aumentos equivalentes en calidad industrial. Por el contrario, en numerosos ambientes agrícolas se observa una relación inversa entre ambas variables cuando el nitrógeno disponible resulta insuficiente para sostener simultáneamente producción y proteína.

A este proceso se suma una debilidad estructural pocas veces discutida fuera de los ámbitos técnicos: Argentina continúa comercializando la mayor parte de su cosecha con escasa segregación por calidad. Mientras países exportadores de referencia desarrollaron sistemas de clasificación que permiten capturar valor por proteína, gluten, fuerza panadera o calidad industrial específica, gran parte de la producción nacional continúa mezclándose durante las etapas de almacenamiento y acondicionamiento.

Esta homogeneización termina destruyendo valor económico. Un trigo sobresaliente y uno mediocre suelen confluir en una misma masa comercial, neutralizando la posibilidad de construir mercados diferenciados. Paradójicamente, una de las excepciones más notables proviene de una innovación nacida en nuestro propio país: el silo bolsa.

El almacenamiento hermético en bolsas de aproximadamente 200 toneladas genera una segregación natural de partidas, permitiendo preservar características particulares de calidad, variedad u origen. Sin haber sido concebido inicialmente para ese propósito, el sistema se transformó en una herramienta de trazabilidad extraordinariamente valiosa.

No obstante, incluso esta ventaja presenta limitaciones. Los especialistas en poscosecha del INTA han documentado que la conservación de trigo destinado a molinería exige estrictos controles de humedad, integridad del plástico y tiempo de almacenamiento. Cuando estas variables se descuidan, pueden desarrollarse procesos fermentativos que comprometen la aptitud industrial del grano.

La calidad también se construye desde la fertilización. Décadas de investigación realizadas por INTA, universidades nacionales y la red CREA demuestran que la nutrición nitrogenada constituye la herramienta agronómica más poderosa para modificar el contenido proteico del trigo. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre fertilizar para maximizar rendimiento y fertilizar para maximizar calidad.

Las aplicaciones tempranas favorecen principalmente la producción de biomasa y grano. Las aplicaciones complementarias durante encañazón y estadios reproductivos tienen un impacto mucho más marcado sobre el contenido proteico. El problema es que esta estrategia implica mayores costos y riesgos que rara vez encuentran una compensación económica clara en el mercado.

Aquí emerge una pregunta estratégica que trasciende a la agronomía y se instala en el terreno de las políticas públicas. ¿Qué ocurrirá si los mercados internacionales comienzan a demandar nuevamente trigos de alta proteína y Argentina descubre que ha perdido gran parte de su base genética para responder rápidamente? La respuesta merece atención. El germoplasma constituye una infraestructura biológica tan estratégica como una ruta, un puerto o una represa. Cuando una variedad desaparece de los programas de mejoramiento, su recuperación puede requerir décadas de trabajo científico. Algunas pérdidas son reversibles; otras no.

Por eso el debate sobre el futuro del trigo argentino conduce inevitablemente al rol del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. En un contexto donde los programas privados orientan sus inversiones hacia los segmentos de mercado más rentables, una conducta perfectamente lógica desde la perspectiva empresarial, el INTA continúa siendo la principal institución capaz de conservar recursos genéticos de interés estratégico, aunque su rentabilidad inmediata sea limitada.

Variedades desarrolladas por el organismo, entre ellas materiales emblemáticos como Leones INTA, representaron, y representan, mucho más que un logro de mejoramiento genético. Constituyen reservas de conocimiento acumulado, adaptación ambiental y diversidad biológica que pueden resultar decisivas frente a escenarios futuros aún desconocidos.

La discusión no debería plantearse como una dicotomía entre sector público y sector privado. Ambos cumplen funciones complementarias. El desafío consiste en comprender que existen activos genéticos cuya preservación difícilmente pueda quedar librada exclusivamente a las fuerzas del mercado.

La agricultura moderna suele medir sus éxitos en toneladas por hectárea. Es una métrica indispensable, pero no suficiente. Los países que lideran los mercados agroalimentarios del mundo han comprendido que el verdadero diferencial competitivo surge cuando la productividad se combina con calidad, identidad y capacidad de diferenciación. Argentina construyó buena parte de su prestigio internacional sobre esa premisa. Sería un error estratégico abandonar ese legado.

Porque los rendimientos récord pueden recuperarse en una campaña favorable. Los precios internacionales pueden mejorar con un cambio de ciclo económico. Incluso las crisis climáticas terminan pasando. Pero cuando una nación pierde patrimonio genético, conocimiento acumulado y capacidad de producir calidad diferenciada, la reconstrucción demanda décadas.

Tal vez por eso resulte oportuno recordar una enseñanza que atraviesa siglos de filosofía, literatura y experiencia rural. Los estoicos sostenían que la verdadera prudencia consiste en preservar aquello que será valioso cuando las circunstancias cambien. Y el viejo saber de nuestros hombres de campo lo resumió con una sencillez admirable: "nadie extraña el agua hasta que el pozo se seca". La pregunta es si esperaremos a que se seque también el pozo genético de la calidad triguera argentina para comprender el valor que tenía.

(*) Ingeniero Agrónomo MP 607 CIALP -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP

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