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Sembrar la urea: la apuesta silenciosa que define el trigo 2026/27

La evidencia técnica respalda esta prÃctica
La evidencia técnica respalda esta práctica.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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La drástica corrección del precio internacional de la urea granulada, que en apenas un mes se desplomó cerca de un 45 % respecto de los máximos de 950 dólares por tonelada alcanzados durante el conflicto entre Estados Unidos e Irán, para estabilizarse hoy entre 550 y 575 dólares en puerto, ha reconfigurado la ecuación nutricional del trigo y de los demás cereales de invierno a escala nacional, y muy en particular en La Pampa. A esta novedad se le suma un escenario agroclimático generoso: perfiles de suelo cargados de humedad y una primavera bajo la influencia de un episodio de El Niño cuya consolidación el Servicio Meteorológico Nacional estima en cerca de un 90 % de probabilidad, con anomalías pluviométricas positivas previstas para la región pampeana. Se suma, además, un mercado triguero que firma contratos con una firmeza inusual: la propia exportación ha estado revendiéndole grano a la industria molinera local, capturando diferenciales por encima de su costo de adquisición en cosecha, lo cual revela una espalda financiera y una sofisticación logística superiores a la industria.

Conviene detenerse, entonces, en una de las decisiones agronómicas más trascendentes de la campaña: no tanto cuánto nitrógeno aplicar, sino de qué manera incorporarlo. Desde hace años, los productores pampeanos de mayor escala y eficiencia han adoptado la práctica de "sembrar el fertilizante", incorporándolo mecánicamente al perfil mediante una sembradora o una barra fertilizadora (implemento simplificado que cumple, respecto del gránulo de urea, la misma función que la sembradora cumple respecto de la semilla). La razón es logística: quien trabaja superficies extensas no puede monitorear el clima día a día para volear el fertilizante horas antes de una lluvia que garantice su incorporación. La estrategia, entonces, es anticiparse: primero se siembra el fertilizante, luego el cultivo. Esto permite que la urea quede emplazada en el perfil, soslayando la volatilización amoniacal y entrando rápidamente en solución, para iniciar sin demoras su disolución e hidrólisis hacia nitratos (el ciclo de la urea), forma química en que la planta absorbe el nitrógeno.

Esta estrategia, más lenta y en apariencia más onerosa que el voleo tradicional, ofrece una seguridad de respuesta mayor: el productor sabe que más del 80 % del nitrógeno quedará disponible. El único riesgo sería el de lluvias torrenciales que lixivien un nutriente tan móvil como el nitrógeno, pero ese peligro resulta casi nulo en la planicie con tosca, donde el manto cálcico frena la percolación profunda, y tampoco es significativo en los médanos, donde las lluvias de la época invernal rara vez alcanzan la magnitud necesaria para "lavar" el fertilizante.

La evidencia técnica respalda esta práctica. Especialistas del INTA señalan que la fertilización incorporada puede reducir la volatilización del nitrógeno entre un 40 % y un 60 % respecto de la fertilización superficial, al enterrar el nutriente y mantenerlo más próximo al sistema radicular. 

Cabe aclarar que, si bien las sembradoras disponen de cajón fertilizador, ese espacio se reserva durante la implantación de cereales de invierno para el fósforo, nutriente de escasa movilidad que debe colocarse próximo a la raíz, quedando la urea relegada a un método complementario: barra, voleo o chorreado líquido. Un trigo bien nutrido demanda entre 80 y 120 kilogramos por hectárea de fuente fosforada, entre 100 y 200 de urea y unos 80 a 90 de semilla, todo un desafío logístico. 

Las temperaturas invernales reducen el riesgo de volatilización de la urea, pero si el gránulo permanece expuesto sin humedad suficiente, la eficiencia seguirá siendo baja; y como en invierno llueve poco, resulta imposible especular, sobre superficies extensas, con una lluvia oportuna que lo incorpore. De allí que esta técnica, más costosa en el corto plazo, termine siendo relativamente más económica y, sobre todo, más segura.

La presente campaña ofrece un ejemplo elocuente de cómo la coyuntura puede alterar el calendario agronómico. El elevado costo de la urea al inicio de la siembra de trigo llevó a postergar la incorporación de nitrógeno, apostando a una corrección de precios que en efecto se concretó: la relación trigo/urea, que en mayo había tocado el máximo de la serie desde 2013, se desplomó en junio. Aquella decisión de esperar resultó acertada: hoy se incorpora urea en los lotes pendientes de siembra y en los que aún no ha emergido el cultivo, mientras se define la estrategia para los cuadros ya nacidos, probablemente será con barra a 35 centímetros, dado el escaso daño mecánico que ocasiona.

El voleo superficial sólo es recomendable con razonable certeza de al menos 5 milímetros de lluvia al día siguiente. La alternativa líquida (UAN), enfrenta hoy una desventaja relativa: a unos 600 dólares la tonelada puesta en campo, con 32 % de nitrógeno, su costo por kilogramo de nutriente resulta superior al de la urea sólida, con costo similar, pero con 46 % de concentración de nitrógeno, por ello esta última sigue siendo la fuente más eficiente en términos económicos, pese a su mayor complejidad de aplicación.

Conviene cerrar con la mirada en el conjunto. La Bolsa de Comercio de Rosario ya recalculó al alza la superficie nacional de trigo para 2026/27, llevándola a 6,82 millones de hectáreas, la cuarta siembra más extensa de los últimos diecisiete años y proyectando una producción cercana a los 20 millones de toneladas, la que seguramente se corregirá al alza en los próximos meses. El escenario hoy combina perfiles hídricos favorables, urea más accesible y precios sostenidos por dificultades climáticas en competidores como Estados Unidos, Francia y Australia. 

El campo argentino demuestra, una vez más, que su destino no depende de un solo factor sino de la convergencia de clima, mercado y decisión técnica oportuna. Como enseñaba Marco Aurelio en sus Meditaciones, no está en nuestras manos gobernar los acontecimientos, pero sí lo está la disciplina con que los enfrentamos; y en esa disciplina, sembrar el fertilizante antes que lamentar su pérdida, se juega, silenciosamente, buena parte de la rentabilidad de la próxima cosecha.

(*) Ingeniero Agrónomo -MP 607 CIALP- Posgrado en Agronegocios y Alimentos "X": @MARIANOFAVALP

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