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EL DIARIO digital
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Hay una tensión que atraviesa, silenciosa pero contundente, el paisaje productivo de La Pampa: la que existe entre la vocación expansiva del maíz y la infraestructura que debería acompañarla. Mientras el cereal conquista hectáreas que hasta hace pocos años pertenecían al dominio casi exclusivo del trigo, la cebada, el girasol o la ganadería extensiva, la provincia continúa dependiendo, en buena medida, de un proceso ancestral y caprichoso: que el propio grano, a la intemperie, resigne humedad hasta alcanzar el 14,5% que exige el estándar comercial. Ese aguardar climático, que otrora fue virtud de paciencia agronómica, hoy se revela como un cuello de botella estructural.
Los números no dejan margen para la ambigüedad retórica. Según la Bolsa de Comercio de Rosario, la Región Sur, integrada por el centro y sur bonaerense y por La Pampa, proyecta para la campaña 2025/26 una superficie maicera cercana a las 2,8 millones de hectáreas, en un contexto nacional donde la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación estimó una producción récord de 71,5 millones de toneladas, sostenida por una expansión del área sembrada del 26,1% interanual, de 9,2 a 11,6 millones de hectáreas y una mejora en el rendimiento promedio de 6.900 a 7.240 kilogramos por hectárea. El maíz, insisto, ya no es un cultivo de rotación: es protagonista de la matriz productiva pampeana.
Pero el propio organismo oficial reconoció, en este ciclo, una anomalía elocuente: hacia comienzos del invierno la cosecha nacional apenas alcanzaba el 75% del área implantada, cuando en la campaña precedente, a la misma altura del calendario, ya se había recolectado el 82%. Más severo aún es el dato que aporta la Bolsa de Cereales de Buenos Aires: la trilla con destino a grano comercial cubría escasamente el 56,4% de la superficie. Las causas no son enigmáticas: un invierno inusualmente húmedo prolongó la permanencia del cultivo en pie, demorando el ingreso de cosechadoras tanto por exceso de agua en el grano como en los propios suelos.
Esta dilación no es inocua. Cada semana adicional que el maíz permanece a la intemperie multiplica la exposición a vuelco por viento, a depredación de fauna, y lo más gravitante desde una perspectiva sanitaria, al desarrollo de complejos fúngicos productores de micotoxinas, con el consiguiente deterioro del peso hectolítrico y el descuento comercial que ello acarrea. La literatura técnica especializada en poscosecha ya advertía, hace décadas, que el mal acondicionamiento y manipuleo de granos le costaba al país cifras del orden de los 34 millones de dólares anuales; magnitud que, extrapolada a la escala productiva actual, resulta manifiestamente subestimada.
La raíz del problema es estructural: la capacidad instalada de secado no ha crecido al ritmo de la frontera agrícola. Las inversiones en secadoras, norias y silos de enfriamiento representan erogaciones de capital que exceden, con frecuencia, las posibilidades financieras del productor individual, quedando reservadas a cooperativas y firmas de acopio con espalda patrimonial. En una provincia donde el paradigma cultural fue siempre "esperar a que el maíz se seque solo", la instalación de plantas de secado no ha sido, hasta ahora, prioridad estratégica.
Aquí se abre una segunda dimensión del análisis, tan pertinente como subestimada: la energética. La cuenca de Vaca Muerta atraviesa un momento de producción gasífera sin precedentes, con el sector energético explicando ya cerca del 70% del saldo positivo del comercio exterior argentino. Sin embargo, la paradoja es evidente: el cuello de botella dejó de estar en el subsuelo para trasladarse a los gasoductos. Durante este invierno, cientos de industrias debieron restringir consumo para priorizar el abastecimiento residencial, evidenciando que la abundancia del recurso primario no garantiza, por sí sola, su disponibilidad efectiva en el interior productivo. Si la matriz de transporte logra robustecerse, con la ampliación de gasoductos troncales y la eventual concreción de proyectos de exportación como el que se construye hacia el Golfo San Matías, se liberaría capacidad de gas natural para usos industriales descentralizados, entre ellos el secado de granos en el corazón mismo de la pampa húmeda y semiárida.
¿Qué líneas de acción cabe proponer? En primer término, la adopción más extendida de híbridos de ciclo corto, que adelantan la madurez fisiológica y permiten escalonar la cosecha, reduciendo la simultaneidad de la demanda sobre plantas de secado. En segundo lugar, el fomento de esquemas asociativos, cooperativas de secado compartido que diluyan la barrera de inversión individual. En tercer término, una planificación energética que priorice la conexión firme y a costo previsible del interior productivo a la red de gas natural, evitando que la industria rural quede rehén de restricciones invernales. Finalmente, resulta imperioso incorporar herramientas de cobertura comercial que permitan al productor capturar valor sin depender exclusivamente del calendario natural de secado, ingresando al mercado en el momento de mayor conveniencia y no cuando el clima lo autoriza.
La eficiencia en el uso del suelo pampeano, ese activo no renovable en el sentido estricto del término exige desacoplar la cosecha del capricho meteorológico. Si bien no está en nuestras manos gobernar las lluvias de julio, sí lo está construir la infraestructura que nos permita no quedar a merced de ellas. En esa distinción, ancestral y actual a la vez, se juega buena parte del futuro agroindustrial del maíz en La Pampa.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos - "X": @MARIANOFAVALP