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EL DIARIO digital
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Hay campañas que se anuncian con estridencia y terminan desmintiendo las expectativas. Y hay otras que, sin hacer demasiado ruido, van construyendo silenciosamente las condiciones para convertirse en buenas campañas. El trigo pampeano, a mediados de agosto, pertenece por ahora a esta segunda categoría.
Después de recorrer lotes y observar la evolución de los cultivos de invierno en distintos ambientes de la provincia, la impresión general es francamente favorable. El invierno húmedo permitió una implantación pareja, un desarrollo vegetativo sostenido y, allí donde el manejo nutricional acompañó, una expresión de crecimiento que sorprende incluso a quienes conocen de cerca la rusticidad del cereal. Esto no significa que el resultado esté asegurado. Significa algo más importante: el cultivo llega a la segunda mitad del invierno con buena parte de las variables que el productor puede manejar jugando a favor.
La primera es el agua. Los perfiles presentan, en términos generales, una buena condición hídrica. La humedad acumulada durante el otoño y el invierno permitió atravesar el macollaje sin una restricción significativa y generó una reserva que constituye hoy uno de los principales activos agronómicos de la campaña. La principal atención debe ponerse, sin embargo, sobre los suelos someros o con escasa profundidad efectiva, donde la capacidad de almacenamiento es menor y, por lo tanto, la dependencia de las precipitaciones futuras resulta mayor.
Precisamente porque el trigo comienza a ingresar en una etapa decisiva, no conviene confundir una excelente situación inicial con una garantía para el resto del ciclo. Septiembre y octubre serán meses determinantes. A partir de septiembre, el cultivo incrementa rápidamente su demanda atmosférica a medida que avanza hacia encañazón, espigazón y floración. La evapotranspiración aumenta y el agua deja de ser solamente una condición para el crecimiento: pasa a convertirse en uno de los principales determinantes del número de granos por unidad de superficie y, posteriormente, del peso de esos granos.
Por eso, hoy no falta agua; lo que hace falta es que la reserva existente sea acompañada por lluvias oportunas durante septiembre. No necesariamente se necesita un temporal. Se necesita oportunidad. La diferencia agronómica es sustancial. Una precipitación moderada y bien distribuida puede sostener al cultivo durante su período crítico. Un evento extraordinario, en cambio, puede generar escurrimientos, anegamientos localizados, pérdidas de nitrógeno por lixiviación o problemas de transitabilidad.
La Pampa no es un ambiente homogéneo: mientras buena parte de la provincia presenta una condición hídrica muy favorable, existen sectores puntuales, especialmente hacia el límite con Buenos Aires y en proximidades del meridiano quinto, donde el exceso comienza a transformarse en una variable que merece seguimiento. El agua, como casi todo en agricultura, es una cuestión de dosis y oportunidad.
El segundo período decisivo será octubre. Será importante atravesarlo sin temperaturas excesivamente elevadas, de modo de favorecer la duración de las etapas de floración y llenado de granos y maximizar, dentro de lo posible, la captura y utilización de la radiación. Al mismo tiempo, será necesario mantener un ambiente que favorezca una adecuada sanidad foliar, pero sin que las temperaturas desciendan hasta niveles capaces de provocar heladas tardías durante los estadios sensibles del cultivo. Una helada en el momento inadecuado puede afectar desde estructuras reproductivas hasta la viabilidad de flores y granos, generando mermas de rendimiento que el cultivo ya no tiene capacidad de compensar.
La segunda buena señal está en la nutrición. El invierno húmedo permitió que muchos lotes expresaran adecuadamente el nitrógeno disponible y, cuando la fertilización fue dimensionada en función del potencial productivo y del ambiente, se observa una coloración y una estructura de cultivo compatibles con una muy buena expectativa de biomasa. El trigo no puede transformar agua en rendimiento si carece de nutrientes. Disponibilidad hídrica y nutrición forman, en definitiva, una sociedad agronómica indivisible.
La tercera señal positiva es sanitaria. A diferencia de otros años, en los que la roya amarilla ingresó tempranamente y obligó a intensificar los monitoreos, actualmente no se observa en La Pampa una presencia generalizada de esta enfermedad con una severidad que comprometa el estado de los cultivos. Se encuentran manchas amarillas y septoriosis en algunos lotes, pero, en términos generales, con una severidad todavía contenida y, en muchos casos, localizada en los estratos inferiores del canopeo. Es una buena señal, pero de ninguna manera una autorización para bajar la guardia.
El INTA recuerda que la roya amarilla puede encontrar condiciones favorables con temperaturas bajas y períodos prolongados de mojado foliar, y que su comportamiento sanitario depende fuertemente de la variedad, el ambiente y el estadio fenológico. En experiencias difundidas por el organismo, cada incremento de un punto porcentual de severidad de roya amarilla se ha asociado con pérdidas de entre 53 y 74 kilogramos de trigo por hectárea. La conclusión es sencilla: hoy la sanidad acompaña, pero el monitoreo sigue siendo imprescindible. La ausencia de una enfermedad no debe confundirse con inmunidad del cultivo.
También se observan daños puntuales provocados por heladas. Aparecen fundamentalmente en sectores bajos, depresiones topográficas y determinados lotes con elevada cobertura superficial, donde la dinámica energética del suelo y la amplitud térmica pueden favorecer temperaturas mínimas más bajas a nivel de la planta. En algunos casos, la combinación de siembra directa, abundante rastrojo y condiciones de cielo despejado generó síntomas de quemado en hojas. Sin embargo, aquí resulta fundamental separar daño foliar de daño estructural. Lo observado, en términos generales, corresponde a afectación del área foliar y no a una pérdida significativa de plantas o macollos. Y esa diferencia es fundamental. Una hoja dañada puede ser reemplazada parcialmente por el crecimiento posterior; una planta o un macollo fértil perdido no se recupera.
El trigo pampeano conserva, por lo tanto, una estructura productiva que permite mirar la campaña con razonable optimismo. La Bolsa de Cereales proyectó para la campaña 2026/27 una superficie nacional de 6,5 millones de hectáreas y una producción de 21,3 millones de toneladas que, aun representando una disminución respecto del extraordinario récord anterior, sería la tercera mayor cosecha triguera de la historia argentina.
Ese contexto nacional importa, pero La Pampa tiene su propia historia que contar. La provincia combina ambientes de productividad muy diferentes y una enorme capacidad de respuesta cuando el agua llega en el momento adecuado. Allí reside precisamente la particularidad del trigo pampeano: no necesita condiciones perfectas durante todo el ciclo; necesita que las variables críticas coincidan. Por ahora, varias lo están haciendo. Hay agua. Hay biomasa. Hay macollos. Hay nutrición. Hay una sanidad razonable. Y los daños térmicos observados, salvo situaciones puntuales, no parecen haber alterado de manera significativa la estructura productiva de los cultivos.
Ahora comienza otra etapa. El productor deberá mirar menos el calendario y más el cultivo. El monitoreo sanitario tendrá que intensificarse. La disponibilidad de nitrógeno deberá evaluarse en función del potencial productivo y de las eventuales pérdidas en ambientes excesivamente húmedos. La evolución de la napa deberá seguirse especialmente en los sectores bajos. Y, sobre todo, habrá que atravesar septiembre con la serenidad que exige la agricultura: sin triunfalismo, pero tampoco con ese pesimismo preventivo que tantas veces nos hace olvidar que los buenos cultivos también existen.
El trigo todavía no está cosechado. Pero una campaña no comienza a ser buena cuando la cosechadora entra al lote. Comienza a serlo cuando el cultivo atraviesa el invierno con raíces activas, macollos viables, agua disponible, nutrición suficiente y un estado sanitario que le permita capturar la radiación de la primavera. Eso es, precisamente, lo que hoy muestran muchos trigos de La Pampa. Ahora falta que el cielo haga su parte. Y septiembre tendrá la palabra.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP