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Bajo el alambre: lo que el suelo prístino nos obliga a admitir

El suelo pilar silencioso del corazón productivo de la Argentina
El suelo, pilar silencioso del corazón productivo de la Argentina.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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En el corazón productivo de la Argentina, la fertilidad del suelo ha sido, históricamente, el pilar silencioso sobre el que se erigió el mito del granero del mundo. Pero ese capital biológico, acumulado durante milenios de pastizal nativo, se agota hoy a un ritmo que ninguna cosecha récord alcanza a disimular. La intensificación productiva y la veranización de las rotaciones han puesto en jaque el equilibrio del agroecosistema pampeano, y ya no alcanza con administrar la emergencia: hace falta repensar, desde sus cimientos, la lógica con la que el hombre de campo dialoga con la tierra.

El maíz, gramínea que durante décadas ofició de garante de cobertura y carbono, ha modificado silenciosamente su comportamiento agronómico. Mientras que en 1990 un lote maicero podía dejar entre 9 y 12 toneladas de rastrojo por hectárea, hoy, con híbridos de altísimo índice de cosecha y bajo densidades más ralas en ambientes marginales, apenas se alcanzan 5 o 6 toneladas. El grano se lleva lo que antes quedaba para el suelo.

Frente a este declive, el sorgo granífero se erige como alternativa estratégica: su relación carbono-nitrógeno más alta y su elevado contenido de lignina prolongan la persistencia del rastrojo hasta bien entrado el invierno, mientras su sistema radicular profundo actúa como un auténtico cincel biológico, abriendo poros y fábrica de materia orgánica donde el maíz ya no alcanza.

El INTA ha documentado que la cobertura vegetal permanente reduce la erosión hídrica hasta en un 95% y eleva la infiltración de agua en más del 30% respecto de un suelo desnudo, cifras que deberían bastar para desplazar al sorgo del casillero de "cultivo suplente" al de herramienta central de la rotación en ambientes semiáridos.

Si el sorgo es el guardián del carbono, la vicia villosa es la arquitecta del nitrógeno. Esta leguminosa invernal, naturalizada en banquinas y campos marginales de La Pampa desde hace generaciones, vive hoy su verdadera expansión agronómica de la mano de la siembra directa y la presión creciente de malezas resistentes. Mediante su simbiosis con Rhizobium, la vicia fija entre 40 y 90 kilogramos de nitrógeno por hectárea, un promedio de 60 kg N/ha, según INTA, equivalente a 120-130 kilogramos de urea comercial, al tiempo que sus compuestos alelopáticos reducen hasta un 70% la densidad de malezas invernales, según registros de INTA Anguil. AAPRESID, por su parte, ha medido incrementos de hasta 0,1 puntos porcentuales de carbono orgánico tras ciclos sostenidos de cultivos de cobertura. Sorgo y vicia, gramínea y leguminosa, carbono y nitrógeno: dos caras de una misma moneda agronómica que el productor argentino no puede seguir postergando.

Pero ninguna decisión de rotación puede tomarse a ciegas. Aquí es donde la técnica exige rigor: todo planteo que pretenda mejorar el recurso suelo debe partir de un análisis del lote a intervenir, contrastado, y esto es central, con un análisis de una zona prístina del mismo establecimiento, tomado bajo el alambre perimetral o bajo un monte nativo donde nunca se ha explotado el suelo. Sólo esa comparación revela el verdadero grado de deterioro del recurso: cuánto carbono y nitrógeno orgánico se perdieron respecto de la condición original, y por lo tanto, si la rotación necesita más leguminosa, más gramínea de tipo sorgo, o ambas. Sin ese diagnóstico de base, cualquier plan de manejo es, en el mejor de los casos, una intuición; en el peor, una repetición de los errores que generaron el problema.

Asumir este diagnóstico con honestidad técnica conduce, inevitablemente, a una conclusión incómoda pero ineludible: menos intensificación y más eficiencia. Trabajar menos superficie, pero trabajarla mejor. Esto implica un cambio de conducta profundo en el productor, acostumbrado a medir el éxito en hectáreas sembradas y quintales cosechados. Y ese cambio, lejos de ser neutro, repercutirá en toda la cadena de valor: menor demanda de gasoil, de maquinaria, de alquileres de campos marginales para agricultura y de mano de obra contratista. Habrá, sin dudas, resistencia desde los eslabones que hoy viven de la intensidad del uso del suelo. Pero la ecuación económica de mediano plazo, menor costo de insumos, suelos más resilientes a la sequía, rendimientos más estables, terminará imponiéndose sobre la lógica de la superficie por la superficie misma.

Como recuerda Fertilizar AC en sus relevamientos de balance de nutrientes, la Argentina extrae hace años más nutrientes de los que repone, y esa brecha silenciosa es, en rigor, la verdadera deuda externa del agro.

No es cuestión de nostalgias: el maíz ya no es el que era, y en muchas zonas lo que hoy se siembra no deja legado bajo tierra. Necesitamos pensar las rotaciones combinando sorgo y vicia con la misma disciplina con la que se planifica la cosecha de granos, porque el suelo también se cosecha, en fertilidad, cada vez que se decide qué cultivo lo precede.

Los estoicos enseñaban que la sabiduría consiste en distinguir lo que depende de nosotros de lo que no: el clima no depende del productor, pero la decisión de qué sembrar, cómo rotar y cuánto exigirle al suelo, sí.

(*) Mariano Fava- Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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