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EL DIARIO digital
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El horizonte pampeano vuelve a mostrar, con la insistencia de un péndulo que parece no detenerse, la posibilidad de atravesar nuevamente un ciclo de abundancia hídrica. Los reportes agroclimáticos recientes plantean escenarios que justifican la atención de productores, técnicos y autoridades. La preocupación oficial, por lo tanto, resulta comprensible. Pero también es necesario poner el problema en una perspectiva más amplia: la fragilidad de nuestra infraestructura hídrica no nació de una gestión determinada ni puede explicarse por una sola actividad. Es el resultado de una brecha de varias décadas entre la transformación productiva y urbana del territorio y la inversión necesaria para acompañarla.
Ante la posibilidad de precipitaciones superiores a las habituales, aparece una tentación recurrente: buscar en la agricultura y, particularmente, en la siembra directa, una explicación sencilla para un problema extraordinariamente complejo.
La agricultura modifica, indudablemente, el balance hídrico. El uso del suelo, la cobertura vegetal, los cultivos, las pasturas y las prácticas de manejo influyen sobre la infiltración, la evapotranspiración, el escurrimiento y la dinámica de las napas. La ciencia agronómica no discute esa realidad. Pero reconocer una influencia no equivale a atribuir una responsabilidad exclusiva. Una cosa es estudiar cómo interviene cada componente en el sistema; otra, muy distinta, es convertirlo en el responsable principal de un fenómeno que responde a múltiples variables.
Los ciclos de abundancia y escasez de agua son tan antiguos como la propia llanura pampeana. Lo que sí ha cambiado sustancialmente es la dimensión de lo que hemos construido sobre ella: más población, más ciudades, más caminos, más producción y mayores superficies sometidas a distintas formas de intervención humana. El territorio, entretanto, continúa teniendo la misma pendiente mínima y las mismas dificultades naturales para evacuar excedentes.
La hidrología de las llanuras presenta precisamente esa particularidad. Cuando las pendientes son reducidas, el agua no encuentra con facilidad un cauce natural hacia el cual dirigirse. Por eso adquieren especial importancia los procesos verticales de infiltración, evaporación y evapotranspiración, así como la profundidad y dinámica de las napas. Argentina conoce desde hace décadas la relevancia de estudiar estos ambientes; la creación, en 1984, del Instituto de Hidrología de Llanuras "Dr. Eduardo J. Usunoff" constituye una muestra de ello.
La provincia de La Pampa expresa con claridad esa diversidad. En los sectores arenosos y medanosos del este, la elevada capacidad de infiltración permite que una proporción importante del agua ingrese al perfil y contribuya a la recarga de las napas. En determinados períodos, esa reserva subterránea representa un recurso productivo de enorme valor. Pero cuando los períodos húmedos se prolongan, el ascenso de la napa puede reducir la profundidad efectiva del suelo y generar condiciones de anegamiento que afectan la producción.
Hacia los ambientes más áridos del oeste, la situación es diferente. Las napas suelen encontrarse a mayor profundidad y la principal limitante productiva continúa siendo, en buena parte del territorio, la disponibilidad de agua. Incluso allí, los períodos excepcionalmente húmedos pueden generar problemas de otra naturaleza: una elevada acumulación de biomasa que, cuando no puede ser aprovechada por la ganadería o por la fauna herbívora en una magnitud suficiente, incrementa la cantidad de material combustible y puede favorecer la propagación del fuego.
Existe, además, un tercer escenario: aquellos ambientes en los que la presencia de tosca u otros horizontes de baja permeabilidad restringe la infiltración y el almacenamiento efectivo del agua. Cuando los aportes superan la capacidad del suelo para infiltrar, almacenar o transmitir ese excedente hacia estratos inferiores, el agua puede permanecer en superficie o generar acumulaciones temporarias. Allí, cuando la capacidad natural del sistema resulta insuficiente, las obras de conducción, regulación o drenaje pueden dejar de ser una alternativa y convertirse en una necesidad técnica.
Las lagunas temporarias, bajos y depresiones naturales cumplen, mientras tanto, una función esencial: constituyen parte del sistema de almacenamiento de la llanura. El problema aparece cuando determinados bajos permanecen anegados durante períodos prolongados. La evaporación puede concentrar sales previamente movilizadas por el agua y, en determinadas condiciones, deteriorar las propiedades productivas del suelo. La recuperación posterior puede demandar varios años y convertirse en una inversión de escaso sentido si no se resuelve la causa que origina la permanencia del agua.
Existe, por eso, un conocimiento nacido de la experiencia productiva que la ciencia del suelo permite explicar: la sequía puede terminar con una lluvia; recuperar un suelo afectado por un anegamiento prolongado puede llevar años.
Pero la ecuación no termina en el campo. La ciudad también transforma el comportamiento del agua. Techos, calles, veredas y otras superficies impermeables modifican la escorrentía y reducen la infiltración. La expansión urbana sobre sectores bajos o próximos a áreas de acumulación natural puede alterar circuitos que durante siglos funcionaron sin intervención humana.
También deben analizarse cuidadosamente las obras de infraestructura. Los sistemas de abastecimiento de agua, desagües urbanos, caminos, terraplenes, canales y alcantarillados modifican, en mayor o menor medida, la circulación del agua. Una obra puede resolver un problema puntual y, si no está integrada a una planificación de cuenca, trasladar o intensificar el problema en otro sitio.
Por eso campo, ciudad, caminos, infraestructura y Estado forman parte de una misma ecuación territorial. Lo que sucede aguas arriba repercute aguas abajo. Y en una llanura donde cada centímetro de pendiente importa, una intervención aparentemente menor puede modificar el comportamiento de todo el sistema.
De allí la necesidad de discutir seriamente una política de ordenamiento hídrico. No se trata simplemente de abrir un canal hacia el bajo más cercano cada vez que aparece una inundación. Se trata de estudiar las cuencas, identificar las depresiones naturales, conocer la dinámica de las napas, determinar por dónde puede conducirse un excedente, dónde resulta conveniente almacenarlo y dónde corresponde intervenir para impedir que permanezca durante meses sobre tierras productivas o áreas urbanizadas.
Y, fundamentalmente, entender al drenaje como una inversión productiva allí donde los estudios técnicos demuestren su necesidad. Un suelo con limitaciones de salinidad, alcalinidad o drenaje puede requerir años de trabajo y capital para alcanzar un determinado nivel productivo. Si una inundación prolongada vuelve a deteriorarlo y no se modifica la condición que generó el problema, se pierde mucho más que una cosecha: se compromete capital productivo.
La agricultura, naturalmente, tiene responsabilidades que asumir. Las ciudades también deben crecer considerando las características hidrológicas del territorio. Pero ninguna de esas responsabilidades puede sustituir la que corresponde al Estado: producir información, planificar a escala de cuenca, establecer reglas claras y ejecutar las obras de infraestructura que, después del correspondiente análisis técnico, resulten necesarias.
No se trata de negar la influencia de la actividad humana sobre el agua. Tampoco de responsabilizarla por todo. Se trata de algo bastante más serio: comprender el territorio antes de intervenirlo y planificar antes de que la emergencia obligue a improvisar.
Los fenómenos meteorológicos no están bajo nuestro control. La decisión de estudiar sus consecuencias, ordenar el territorio y construir infraestructura para reducir sus daños sí lo está.
Como enseña la sabiduría gauchesca, siempre resulta más provechoso prevenir un peligro conocido que lamentar sus consecuencias cuando ya se ha presentado. Quizás haya llegado el momento de abandonar la discusión estéril acerca de quién tiene la culpa cada vez que el agua ocupa la llanura y formular una pregunta mucho más exigente:
¿Qué territorio queremos producir y habitar, y qué infraestructura estamos dispuestos a construir para hacerlo posible?
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP