Escuchá esta nota
EL DIARIO digital
minutos
Cada año, en pleno corazón del Corn Belt estadounidense, se despliega la muestra agrícola más relevante del hemisferio norte: el Farm Progress Show, que alterna su sede entre Iowa e Illinois y que guarda, salvando las distancias, un parentesco de espíritu con Agrishow en Brasil o con Expoagro y Agroactiva en la Argentina. Miles de productores, asesores, directivos de empresas y técnicos convergen allí para relevar lo último en insumos, maquinaria y tecnología de procesos, y para recorrer establecimientos y proveedores locales. La experiencia, más que una vidriera comercial, funciona como un laboratorio comparado que permite trazar un paralelo riguroso entre dos de los sistemas agroindustriales más eficientes del planeta.
Conviene decirlo sin eufemismos: las asimetrías más marcadas a favor de Estados Unidos no residen en la capacidad técnica ni en el talento humano de sus productores, sino en tres variables estructurales que exceden lo estrictamente agronómico: la infraestructura de transporte, el valor patrimonial de la tierra y el diseño de las políticas públicas de acompañamiento al sector. En el resto de las dimensiones, eficiencia productiva, adopción tecnológica, desafíos ambientales y demográficos ambos países comparten, con matices, una misma agenda de problemas y oportunidades.
Lo primero que impacta al observador argentino es el estado de la red vial secundaria del interior profundo norteamericano, sumado a una conectividad aérea y ferroviaria que multiplica la eficiencia logística de la cosecha; es una asignatura pendiente que nuestro país arrastra desde hace décadas. Pero hay un dato aún más revelador: la franja agrícola más productiva de Estados Unidos se ubica en una latitud equivalente a la de Río Negro, sobre suelos que originalmente fueron humedales. Solo mediante un sistema de drenaje artificial, con salida al río Misisipi y mantenimiento constante, esas tierras se transformaron en las más valiosas del mundo. Su valor, en rigor, no es un dato de la naturaleza sino el resultado acumulado de más de un siglo de intervención antrópica planificada y sostenida con inversión pública y privada. Mientras el productor pampeano ruega que llueva para poder sembrar, el farmer del Corn Belt espera, por el contrario, a que el suelo se seque: una diferencia aparentemente anecdótica que sintetiza dos historias hidrológicas opuestas.
Ningún analista serio del agronegocio puede pasar por alto el seguro agrícola subsidiado por el Departamento de Agricultura (USDA): un esquema no obligatorio, pero de altísima adopción, en el que el Estado federal subsidia en promedio el 62% de la prima, con un costo fiscal cercano a los 8.000 millones de dólares anuales. La Oficina de Presupuesto del Congreso documentó que, entre 2000 y 2016, los productores recibieron 65.000 millones de dólares más en indemnizaciones que lo pagado en primas. El mecanismo garantiza el cobro cuando el rinde cae por debajo del promedio móvil de los últimos cinco años del propio establecimiento: si un productor promedia diez toneladas de maíz por hectárea y obtiene nueve, cobra la diferencia. El efecto conductual es evidente: incentiva la adopción de tecnología para empujar hacia arriba, año tras año, ese promedio quinquenal.
Ese diseño institucional no admite comparación directa con la Argentina, donde el productor no cuenta con una red de contención estatal equivalente y, en cambio, sortea derechos de exportación, las históricas retenciones, que en el maíz han oscilado entre el 9,5% y el 12% en los últimos años. Existe un proyecto legislativo que propone su eliminación gradual hasta el 0% en 2030; mientras ese horizonte no se concrete, la ecuación seguirá siendo asimétrica: el productor argentino financia con un impuesto distorsivo aquello que el estadounidense recibe como subsidio.
En los estados agrícolas del Corn Belt, la materia orgánica del suelo ronda el 3,5% al 4%, con fósforo que supera los 50 ppm, y aun así se fertiliza con una intensidad que pareciera desconocer el aporte nativo del suelo. Es una diferencia sustancial respecto de la Argentina, donde décadas de retenciones obligaron a maximizar la eficiencia de cada insumo, y donde la siembra directa, minoritaria en Estados Unidos, que privilegia la labranza en surco o el strip till, actuó como barrera frente al deterioro de la fertilidad edáfica.
Aquí no cabe eludir la controversia: esa sobre fertilización, combinada con drenajes artificiales de gran escala, arrastra nitratos hacia el Misisipi con una consecuencia ambiental cuantificable. Según la NOAA, la "zona muerta" del golfo de México, el área hipóxica generada por ese exceso de nutrientes, alcanzó en 2024 unas 6.705 millas cuadradas, la duodécima extensión más grande en 38 años de mediciones, con un promedio quinquenal de 4.298 millas cuadradas, más del doble de la meta fijada para 2035. El dato no admite relativización: fertilizar es imprescindible, pero hacerlo sin considerar el aporte del suelo tiene un costo ambiental que interpela a cualquier sistema productivo que desatienda esa variable.
También en Estados Unidos el arrendamiento es la vía predilecta para ganar escala, aunque con rentabilidad hoy comprometida: con 14,5 toneladas de maíz por hectárea en campo alquilado, a los valores actuales del grano, la ecuación resulta deficitaria para buena parte de los productores. A esto se suma un fenómeno demográfico que Argentina no sufre con la misma intensidad: según el Censo Agropecuario 2022 del USDA, la edad promedio del productor estadounidense es de 58,1 años, y las nuevas generaciones muestran escaso interés en continuar la actividad familiar. En nuestro país, en cambio, conviven adultos jóvenes plenamente insertos en la gestión de los establecimientos, un activo estratégico que rara vez se pondera en su justa dimensión.
Entre las novedades tecnológicas exhibidas, que merecerán desarrollo propio en próximas entregas, se destacaron los híbridos de maíz de porte reducido, relevantes para latitudes de alta heliofanía que generan plantas de gran altura, en un fenómeno comparable al de los maíces subtropicales del NOA y el NEA, con interés potencial para los valles bajo riego de la Patagonia. También se presentaron laboratorios automáticos de suelo, sistemas de secado de grano húmedo, nuevas combinaciones herbicidas, mezclas de simientes para cultivos de cobertura, tecnología de riego y de esparcido de efluentes.
El Farm Progress Show no debería leerse como una vidriera de superioridad ajena, sino como un espejo exigente. Estados Unidos nos aventaja en infraestructura y en el diseño de instrumentos de gestión de riesgo; pero también arrastra pasivos ambientales y demográficos que Argentina, con su propia trama de dificultades fiscales, ha sabido, no sin costo, evitar o mitigar. La pregunta que queda flotando no es cuál sistema es mejor en abstracto, sino qué estamos dispuestos a construir, y a qué a renunciar, para que el agro argentino conjugue de una vez la escala norteamericana con la sostenibilidad que el propio Misisipi hoy reclama a gritos.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP