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EL DIARIO digital
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El suelo agrícola también es una infraestructura hídrica. Cuanto mejor estructurado, cubierto y explorado por raíces está, mayor es su capacidad para recibir, almacenar y administrar el agua de lluvia.
El agro argentino atraviesa una etapa en la que dos realidades empiezan a encontrarse. Por un lado, mejores condiciones económicas y comerciales recuperan incentivos para producir, invertir y exportar. Por otro, el clima vuelve a colocar al agua en el centro de la agenda, con un evento de El Niño consolidado y perspectivas de lluvias superiores a lo normal en varias regiones del país.
En ese cruce aparece una idea clave: la rentabilidad también puede transformarse en infraestructura hídrica. Cuando el productor recupera capacidad de inversión, puede destinar recursos a tecnología, fertilización, rotaciones, pasturas, cultivos de servicio y manejo de suelos. Y cada una de esas decisiones modifica la forma en que un lote recibe el agua.
Durante las últimas campañas creció la presencia de cultivos de invierno, pasturas y cultivos de servicio. Centeno, vicia y otras especies dejaron de ser prácticas reservadas a establecimientos de avanzada para convertirse, gradualmente, en herramientas habituales de manejo. Su valor no reside solo en producir forraje, fijar nitrógeno o aportar carbono: una superficie cubierta y con raíces activas cambia el comportamiento hidrológico del suelo.
Un suelo agrícola no es simplemente el soporte físico de un cultivo. Es también un reservorio y un sistema de conducción de agua. La lluvia que llega a la superficie puede infiltrarse, almacenarse, ser utilizada por las plantas, percolar hacia capas profundas o transformarse en escurrimiento. Qué camino toma depende de la estructura, la cobertura, la compactación, la profundidad efectiva, la humedad inicial y la presencia de napa.
Por eso, la discusión no debería limitarse a cuánta lluvia cae, sino a cuánta de esa lluvia el suelo puede recibir y administrar. Ensayos del INTA muestran diferencias importantes: en suelos con buena estructura se registraron tasas de infiltración cercanas a 26 milímetros por hora, frente a valores de 7 a 11 milímetros por hora en situaciones con estructuras laminares. Cuando la intensidad de la lluvia supera la capacidad de infiltración, el agua empieza a buscar otros caminos.
También importa la rotación. En experiencias de largo plazo, el INTA observó que el monocultivo de soja generó alrededor de 50% más pérdida de agua por escurrimiento anual que una rotación maíztrigo/soja. La conclusión agronómica es simple: manejar el suelo es también manejar el agua.
En ese punto, las raíces adquieren una función que excede la nutrición. Una raíz viva explora el perfil, extrae agua y contribuye a generar continuidad biológica dentro del suelo. La cobertura protege la superficie del impacto de la gota de lluvia y reduce el sellado. La materia orgánica y una buena estructura favorecen la estabilidad de agregados. Todo eso permite que el sistema infiltre y almacene mejor, mientras las plantas consumen parte del agua disponible.
Pero conviene hacer una precisión: más infiltración no significa automáticamente menos exceso hídrico. En ambientes con napa cercana, drenaje interno deficiente o limitaciones físicas profundas, infiltrar más puede acelerar la recarga del agua subterránea. Por eso no hay recetas universales para la región pampeana. El manejo debe partir del diagnóstico de cada ambiente.
Lo mismo ocurre con la descompactación mecánica. Un paratill puede ser valioso cuando existe una capa subsuperficial que limita la infiltración y la exploración radicular. Pero no es una receta contra el anegamiento. Si el problema es una napa elevada o una limitación natural del drenaje, romper una capa compactada no resolverá aquello que el perfil no puede evacuar.
Ante El Niño, esta mirada cobra especial valor. Los grandes eventos históricos estuvieron asociados, en distintas zonas argentinas, a lluvias extraordinarias y anegamientos. Sin embargo, la respuesta hidrológica nunca fue homogénea: la misma precipitación puede producir consecuencias muy distintas según el suelo, el relieve, la napa y el estado de la cobertura.
Frente al agua que pueda llegar, la mejor estrategia no es esperar que el clima se comporte como necesitamos. Es aumentar previamente la capacidad de respuesta del sistema. Un suelo vivo, cubierto y con raíces activas puede capturar una mayor proporción de la lluvia, conservar agua útil para los cultivos y reducir parte del escurrimiento superficial. No podemos decidir cuánto va a llover. Pero sí podemos decidir con qué suelo recibiremos esa lluvia.
La verdadera infraestructura hídrica de una explotación no siempre está construida con cemento. A veces está hecha de raíces, poros, agregados, cobertura y materia orgánica. Es una obra silenciosa, acumulativa, que se construye campaña tras campaña y que se pone a prueba cuando el cielo descarga más agua de la esperada.
Como Anteo, aquel gigante de la mitología griega que recuperaba su fuerza cada vez que tocaba la tierra, la agricultura también encuentra abajo buena parte de su capacidad de resistencia. Frente a El Niño, no alcanza con mirar el cielo: también hay que mirar el suelo. Porque el agua se anuncia en las nubes, pero se decide en la tierra.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP