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EL DIARIO digital
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Desde hace aproximadamente un mes, la Argentina agropecuaria viene siendo alertada sobre la probabilidad de ocurrencia de un "Súper Niño", entendiendo por tal la manifestación más intensa del fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), asociada a inundaciones y excesos hídricos derivados de precipitaciones por encima de la media histórica en cantidad e intensidad. Los organismos técnicos no han escatimado en advertencias: el Servicio Meteorológico Nacional, en su pronóstico trimestral, señaló que cinco de las diez primaveras más lluviosas y cuatro de las diez más frías en la historia argentina ocurrieron bajo condiciones de El Niño, un fenómeno que, según las últimas estimaciones del Centro de Predicción Climática de los Estados Unidos, podría persistir con intensidad fuerte a muy fuerte hasta febrero de 2027.
La cantidad de alertas, su magnitud y la experiencia previa han inducido tanto a los organismos gubernamentales como a los productores a adoptar una postura proactiva, procurando anticipar y mitigar los efectos de un fenómeno que, de concretarse en la dimensión anunciada, sin duda favorecerá la reposición de perfiles y el potencial de la campaña gruesa. Pero conviene no perder de vista una obviedad que suele diluirse en la ansiedad colectiva: se trata de un pronóstico probabilístico, no de una certeza determinística, y de ese matiz epistemológico se desprenden enseñanzas ineludibles.
Por un lado, persiste la sensación de que, al carecer de planificaciones estructurales de largo plazo, la gestión del riesgo climático argentino continúa siendo reactiva, subordinada a la coyuntura de cada campaña, antes que fruto de una visión estratégica sostenida en el tiempo. Por otro lado, aquellos productores que dieron por descontada la ocurrencia del Súper Niño y ajustaron su matriz de decisiones agronómicas en consecuencia, apostando a cultivos o rotaciones particulares, relajando el monitoreo de la oferta de agua en el perfil, podrían experimentar, si el fenómeno finalmente no se manifiesta con la intensidad anunciada, las consecuencias de haber capitalizado anticipadamente un recurso que, paradójicamente, hoy escasea.
Y es que, más allá de lo que ocurra en el futuro inmediato, lo cierto es que a la fecha transitamos una salida del invierno e inicio de primavera inusitadamente seca y fría, en abierta y elocuente contradicción con la narrativa dominante del fenómeno cálido del Pacífico. Los datos disponibles ilustran con nitidez esta paradoja: según el último relevamiento de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, si bien el 89% del área nacional implantada con trigo mantiene una condición hídrica entre adecuada y óptima, con un 95,9% de los lotes en estado normal a excelente, el deterioro regional ya resulta perceptible, con cerca de 160.000 hectáreas relevadas en condición regular en la zona núcleo pampeana, producto de una falta de agua que contrasta abiertamente con la fase cálida en curso. La propia Bolsa de Comercio de Rosario ha caracterizado esta anomalía como un "Niño paradójico", en tanto la señal atmosférica esperada tarda en traducirse en registro pluviométrico efectivo sobre buena parte del área agrícola central.
No debe soslayarse, sin embargo, que esta sequía relativa de fin de invierno no resulta tan gravosa para el complejo agrícola-ganadero como podría suponerse a priori, en la medida en que se produce tras un invierno inusitadamente húmedo en vastas regiones, circunstancia que permite aguardar con relativa tranquilidad las lluvias de fin de primavera sin el riesgo inminente de comprometer hectáreas de cosecha fina y su potencial de rendimiento, tal como ocurre en años de perfiles hídricos más exiguos. Si las precipitaciones llegasen a ser abundantes, pero con intensidades razonables, es probable que los eventuales anegamientos no trasciendan los sectores topográficamente bajos, los mismos que hoy ya evidencian algún grado de restricción, dado que los meses estivales conllevan una elevada demanda atmosférica que favorece la evapotranspiración de excesos, sumada al uso consuntivo creciente de los cultivos en pleno desarrollo.
En este contexto de incertidumbre estructural, la espera de la tradicional Tormenta de Santa Rosa que aún no ha llegado, adquiere una vez más, un carácter casi ritual en el calendario agroclimático nacional. La ciencia agronómica ha establecido con razonable consenso que, de los dos componentes que determinan el rendimiento del trigo número de granos por metro cuadrado y peso de los mil granos, el primero ostenta el mayor peso relativo, por cuanto el segundo se define en una ventana temporal breve, entre floración y madurez fisiológica, período en el que el cultivo puede compensar el estrés hídrico mediante la removilización de fotoasimilados acumulados en el tallo, que puede aportar hasta un 30% del peso final del grano.
El número de granos por metro cuadrado, en cambio, se construye a lo largo de un proceso mucho más extenso, que se inicia con la densidad de siembra y se consolida en el período crítico comprendido entre veinte días antes y diez días después de la floración. Si convenimos que la floración media de los trigos pampeanos se sitúa hacia el 15-25 de octubre, resulta razonable sostener que las lluvias podrían aguardarse hasta finales de septiembre sin comprometer seriamente el rendimiento potencial, siempre que se haya logrado oportunamente un adecuado stand de plantas.
Cabe subrayar, que la combinación agroclimática más favorable para el cultivo no es necesariamente la más lluviosa, sino aquella que conjuga una primavera soleada, térmicamente moderada y con precipitaciones oportunas, ya que la radiación favorece la tasa de crecimiento mientras que las temperaturas elevadas aceleran el desarrollo fenológico en detrimento de la acumulación de biomasa.
Queda planteada, entonces, una reflexión que excede lo estrictamente meteorológico para instalarse en el terreno de la epistemología productiva: ¿estamos preparados, como sistema agroindustrial, para convivir con la incertidumbre inherente a todo pronóstico climático, o seguiremos oscilando entre el fatalismo del exceso y la angustia del déficit, sin construir la resiliencia estructural que la próxima anomalía, sea cual fuere su signo, inevitablemente exigirá?
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP