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EL DIARIO digital
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En las primeras horas de la mañana, cuando el rocío cubre el cultivo, vuelve una pregunta recurrente en el campo: ¿conviene pulverizar o es mejor esperar? La respuesta no admite recetas universales. Depende de cuánto agua haya sobre las hojas, del producto que se pretende aplicar, del volumen de caldo, del tamaño de las gotas y, sobre todo, de las condiciones meteorológicas que acompañarán al tratamiento durante las horas siguientes.
El rocío no es, en sí mismo, bueno ni malo. El error consiste en juzgar una aplicación por la apariencia de las hojas, sin comprender qué sucede entre la gota, la superficie vegetal y la atmósfera.
El primer punto es distinguir humedad de escurrimiento. Una humectación leve puede hidratar la cutícula y mantener los depósitos líquidos durante más tiempo, favoreciendo la absorción de ciertos productos hidrosolubles, como el glifosato y algunas formulaciones de auxinas. Pero, cuando el rocío forma una película continua y abundante, el caldo pulverizado puede mezclarse con esa agua y terminar escurriendo hacia el suelo.
La principal pérdida, en esas condiciones, no es necesariamente la dilución del producto, sino su desplazamiento fuera del lugar donde debía actuar. El riesgo aumenta cuando coinciden rocío intenso y volúmenes elevados de aplicación; disminuye, en determinadas circunstancias, con volúmenes menores. Sin embargo, reducir litros por hectárea tampoco garantiza el éxito: si la cobertura resulta insuficiente, la eficacia puede caer por otra vía.
De allí surge una primera regla de campo: no alcanza con observar si hay rocío; hay que evaluar su intensidad y comprobar si las hojas presentan gotas aisladas o una película capaz de escurrir.
No todos los productos juegan con las mismas reglas. En los herbicidas sistémicos hidrosolubles, una humectación leve puede resultar compatible con una buena absorción. La evidencia disponible, además, muestra que el rocío no siempre explica las fallas de control: algunos estudios encontraron menor eficacia en aplicaciones realizadas al amanecer incluso cuando no había rocío. La hora, el estado fisiológico de la maleza y las condiciones ambientales también cuentan.
El panorama cambia con los herbicidas de contacto, los fungicidas protectantes y los insecticidas cuyo desempeño depende de una cobertura adecuada y de la retención del depósito sobre el blanco. Si el agua libre provoca escurrimiento, o si las gotas no alcanzan los estratos donde se encuentra la plaga o el tejido que debe protegerse, el resultado puede ser deficiente.
Los fertilizantes foliares y ciertos bioestimulantes presentan otra particularidad: necesitan permanecer en condiciones que permitan la disolución y absorción de sus componentes. Por eso importan la humedad relativa, la formulación y el llamado punto de delicuescencia, es decir, la humedad a partir de la cual determinadas sales absorben agua y vuelven a disolverse. No todos los productos responden igual, y los adyuvantes deben seleccionarse según su compatibilidad y recomendación técnica, no por la presunción de que cualquier agregado mejora la aplicación.
El rocío aporta una señal que merece tanta atención como el agua sobre la hoja: suele formarse durante noches despejadas y calmas, condiciones que pueden favorecer una inversión térmica superficial. En una inversión, el aire más frío queda cerca del suelo, debajo de una capa más cálida, y disminuye la mezcla vertical de la atmósfera. En ese escenario, las gotas finas pueden permanecer suspendidas y desplazarse a distancias considerables.
Por eso, una mañana húmeda no necesariamente representa una buena ventana de aplicación. Con avión, dron o equipos que generan gotas finas, el riesgo de deriva puede ser más importante que el eventual efecto del rocío sobre la eficacia. La calma absoluta, el cielo despejado y la presencia de rocío deben encender una alerta: antes de comenzar, corresponde verificar si existe inversión y esperar a que desaparezca cuando las condiciones no sean seguras.
También hay que observar el Delta T, diferencia entre la temperatura de bulbo seco y la de bulbo húmedo de un termómetro. Este indicador permite estimar el poder evaporante del aire. Como referencia operativa, un Delta T de 2 a 8 °C suele considerarse favorable; por encima de ese rango, la evaporación gana importancia y puede reducir el tiempo durante el cual la gota permanece líquida. Con valores superiores a 10 °C, las guías convencionales aconsejan suspender o reprogramar. Estos umbrales, sin embargo, no están igualmente validados para todas las tecnologías, volúmenes y tamaños de gota.
La humedad relativa también importa: como referencia, se procura trabajar por encima del 5060 %, preferentemente entre 60 y 80 %, con temperaturas inferiores a 2830 °C. No son números que sustituyan la evaluación del lote, la etiqueta del producto ni la normativa vigente; son indicadores para decidir con fundamento.
Una máquina moderna no compensa una mala elección del espectro de gotas. Las gotas demasiado finas son más susceptibles a evaporarse y derivar; las excesivamente gruesas pueden reducir la cobertura, especialmente cuando el producto necesita distribuirse sobre una superficie amplia. La clave es encontrar un equilibrio entre deposición, penetración, retención y seguridad ambiental.
En aplicaciones terrestres, aéreas y con drones, ese equilibrio depende de la boquilla o sistema de atomización, la presión, la velocidad, la altura de trabajo y el volumen utilizado. La comprobación práctica es indispensable. Las tarjetas hidrosensibles permiten observar impactos y cobertura en distintos estratos del cultivo, aunque deben manipularse con cuidado porque la humedad ambiental y el propio rocío pueden alterar sus resultados. Conviene protegerlas hasta el momento de uso, colocarlas con guantes y registrar las condiciones de cada aplicación. La decisión final debe integrar el estado del cultivo, la presencia de rocío, la temperatura, la humedad, el Delta T, el viento, la posibilidad de lluvia, el equipo y el producto. Y debe respetar siempre las indicaciones de la etiqueta.
El rocío no se combate con supersticiones ni se aprovecha por intuición, sino que se interpreta. En pulverización, el éxito empieza cuando se comprende qué condiciones permitirán que cada gota llegue al blanco, permanezca allí y cumpla su función. Porque una aplicación bien hecha no es la que cubre más hectáreas en menos tiempo, sino la que transforma cada litro utilizado en eficacia, con el menor riesgo posible para lo que está fuera del objetivo.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- X: @MARIANOFAVALP