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¿Maíz entero o partido? La arquitectura invisible del rumen

El maíz constituye el principal aporte energético en las dietas bovinas de nuestro país
El maíz constituye el principal aporte energético en las dietas bovinas de nuestro país.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Pocas decisiones nutricionales resultan tan determinantes para la rentabilidad de un sistema ganadero como la forma física en que se ofrece el grano de maíz. Detrás de una aparente trivialidad operativa, partir o no partir el cereal, se esconde una discusión bioquímica y económica de enorme sofisticación, que interpela tanto al productor de cría que suplementa sobre pastizales naturales como al feedlotero que administra cabezas bajo un régimen de alta concentración energética. Se trata, en definitiva, de comprender que el rumen no es un simple depósito fermentativo, sino un ecosistema microbiano cuya eficiencia depende, en gran medida, de la accesibilidad física del sustrato que se le ofrece.

El maíz constituye, sin discusión, el principal aporte energético en las dietas bovinas de nuestro país, tanto en esquemas de suplementación estratégica sobre pasturas perennes y verdeos de invierno o de verano, como en las raciones de alto grano propias del engorde a corral. Sin embargo, su valor nutricional potencial dista considerablemente de su valor nutricional efectivamente aprovechado, y esa brecha se explica, en buena medida, por el grado de procesamiento del grano.

La evidencia experimental generada por el INTA EEA Balcarce, en conjunto con la Universidad Nacional de Mar del Plata, resulta elocuente al respecto: en ensayos con terneras alimentadas a corral con maíz de genotipo flint, el partido del grano produjo un incremento del 18,4% en la ganancia diaria de peso vivo respecto del grano ofrecido entero, equivalente a 310 gramos adicionales por animal y por día; en genotipos dentados, la mejora fue del 10%, del orden de los 200 gramos diarios. La explicación fisiológica remite a la dureza del endosperma vítreo característico de los híbridos flint, que opone una resistencia mecánica superior a la degradación ruminal cuando el grano permanece entero, limitando la exposición del almidón a la actividad enzimática de la microbiota.

Investigaciones desarrolladas en universidades estadounidenses de referencia en nutrición de rumiantes corroboran y matizan esta observación. Trabajos de la Universidad Estatal de Kansas, difundidos por su servicio de extensión, documentaron una digestibilidad total del almidón en tracto gastrointestinal del 89% para maíz entero frente al 91% para maíz partido, mientras que estudios comparables situaron la digestibilidad en 93% y 95%, respectivamente, según las condiciones experimentales. El especialista en feedlot Chris Reinhardt, de dicha institución, advirtió sin embargo sobre los riesgos de un procesamiento excesivo: partículas demasiado finas incrementan la tasa de fermentación ruminal a un punto tal que favorecen la acidosis subclínica y el meteorismo, mientras que un partido demasiado grosero desperdicia el potencial energético del grano. La recomendación técnica, por tanto, no es "partir más", sino partir con criterio: alcanzar un tamaño de partícula que exponga el endosperma sin comprometer la funcionalidad fibrosa de la dieta ni la estabilidad del pH ruminal.

Precisamente aquí reside la clave conceptual que todo asesor nutricional debe transmitir a su cliente: el maíz partido no constituye una solución aislada, sino que debe integrarse a una matriz dietaria equilibrada, donde la fibra efectiva aportada por heno, silaje de planta entera o el propio forraje de pastoreo, cumple una función insustituible en el mantenimiento de la rumia, la salivación y el tamponamiento del pH ruminal. Sin una proporción adecuada de fibra larga, la rápida fermentación del almidón expuesto puede derivar en cuadros de acidosis y otras patologías que erosionan silenciosamente la eficiencia de conversión y la sanidad del rodeo. De modo análogo, el aporte proteico debe diseñarse en función de la degradabilidad ruminal de sus fuentes: la urea, como fuente de nitrógeno no proteico, resulta metabólicamente eficiente únicamente cuando existe suficiente energía fermentable disponible en sincronía temporal para que la microbiota ruminal la capture y sintetice proteína microbiana verdadera; de lo contrario, el exceso de amoníaco se absorbe y se excreta sin beneficio productivo, incurriendo incluso en riesgo de toxicidad. El maíz partido, al liberar energía fermentable de manera más rápida y homogénea que el grano entero, favorece precisamente esa sincronía entre energía y nitrógeno degradable, optimizando el uso combinado de urea y proteínas de fuente orgánica como la harina/expeler de girasol o de soja.

Ahora bien, la ecuación no estaría completa sin ponderar las variables logísticas y económicas que condicionan la decisión de procesar. El grano entero presenta ventajas prácticas innegables: elimina costos de molienda o quebrado, reduce el desgaste de maquinaria, simplifica el almacenamiento convencional y, en dietas de muy alto porcentaje de concentrado sostenidas en el tiempo, como demuestran trabajos de la Universidad Estatal de Ohio, puede aproximarse en performance al grano procesado, e incluso mejorar la eficiencia de conversión al moderar la velocidad de fermentación. El maíz partido, en cambio, exige inversión en equipamiento de procesamiento y mayor manejo operativo, pero su superioridad se vuelve decisiva en los primeros tramos del engorde, en dietas de transición y en esquemas de suplementación sobre pastoreo, donde la ventana de consumo es más acotada y la eficiencia inmediata resulta prioritaria.

En este contexto, la tecnología de embutido combinado con quebrado simultáneo, maquinaria que parte y embolsa el grano húmedo en una única pasada operativa, representa una de las innovaciones logísticas más relevantes de la última década para la ganadería intensiva argentina. El silo bolsa de grano húmedo partido, cosechado entre 25% y 32% de humedad, permite adelantar la cosecha, reducir hasta en un 30% los costos asociados a flete, secado artificial y almacenamiento convencional, y ofrece un almidón de mayor disponibilidad ruminal que el grano seco equivalente, según documentan relevamientos técnicos difundidos en publicaciones especializadas del sector. La extracción simplificada, sin necesidad de moliendas adicionales al momento del racionamiento, reduce sustancialmente la carga de mano de obra y energía en el día a día del establecimiento, constituyendo una alternativa de eficiencia integral que combina calidad nutricional, practicidad operativa y racionalidad económica.

Queda planteado, entonces, el verdadero desafío para el asesor agropecuario contemporáneo: trascender la pregunta binaria de si conviene o no partir el maíz, para abordar una pregunta de mayor sofisticación sistémica: ¿estamos diseñando dietas que sincronizan energía, proteína y fibra en función de la fisiología ruminal, o seguimos tomando decisiones de procesamiento aisladas de la arquitectura nutricional integral que, en definitiva, determina cada kilogramo de carne producido?

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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