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EL DIARIO digital
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Ya hemos señalado en esta columna que la fertilidad del suelo posee, al menos, tres dimensiones inseparables: la química, vinculada con la disponibilidad de nutrientes; la física, relacionada con la captación y circulación del agua, el intercambio gaseoso y la resistencia a la penetración de las raíces; y la biológica, determinada por la actividad de los organismos que habitan el perfil. Esta última, históricamente relegada a un segundo plano, comienza a ocupar el lugar que le corresponde en la comprensión integral de la nutrición vegetal.
Bajo cada hectárea agrícola operan miles de millones de bacterias, hongos, actinomicetos, protozoos, nematodos e invertebrados que transforman residuos orgánicos, movilizan nutrientes, construyen agregados, favorecen la infiltración y contribuyen a regular las poblaciones de organismos patógenos. No constituyen un complemento del suelo productivo. Son parte de su infraestructura funcional.
La fertilidad química nos informa cuánto hay en la despensa; la física, si la despensa resulta accesible; la biológica, con qué eficiencia se transforma ese inventario en alimento para el cultivo. Así, un análisis puede indicar niveles adecuados de fósforo y, sin embargo, describir un ambiente donde su disponibilidad efectiva, la exploración radical o la sincronización de su liberación resultan insuficientes. Esta distinción introduce una cuestión central: la fertilidad no debe evaluarse exclusivamente por la magnitud de sus reservas, sino también por la capacidad del sistema para movilizarlas y sostener su reposición.
La materia orgánica total continúa siendo un indicador fundamental, pero presenta una limitación temporal: responde lentamente a los cambios de manejo. El diagnóstico temprano exige incorporar indicadores sensibles a los procesos: carbono orgánico particulado, nitrógeno potencialmente mineralizable, respiración basal, biomasa microbiana, actividad enzimática y estabilidad de agregados. Ninguno, por separado, constituye un veredicto definitivo. Su interpretación debe considerar textura, profundidad, humedad, temperatura, cultivo antecesor y, especialmente, un sitio de referencia comparable.
En once lotes agrícolas extensivos que evalué recientemente, la fracción activa de la materia orgánica representó entre 8 y 20% de la materia orgánica total, con una sola excepción, frente a 37% en un monte de referencia. Se trata de una observación exploratoria, no de un diagnóstico representativo de toda la región. Sin embargo, ilustra una hipótesis agronómica relevante: el capital orgánico puede permanecer relativamente conservado mientras disminuye la proporción que participa activamente en los procesos biológicos. El suelo conserva patrimonio, pero comienza a perder capacidad operativa.
Argentina construyó una de las experiencias de agricultura de conservación más importantes del mundo. Durante la campaña 2025/26 la siembra directa alcanzó 80,6% de las 31,71 millones de hectáreas relevadas, frente a 82,6% en el ciclo anterior y un máximo histórico de 93% en 2017/18, según registros de Aapresid. Pero conservar no equivale necesariamente a regenerar. La ausencia de remoción, sin una adecuada producción de rastrojos, rotación y presencia de raíces vivas, puede terminar administrando una pérdida gradual de funcionalidad.
Los cultivos de cobertura representan una de las herramientas más prometedoras para incrementar el aporte de carbono al suelo y sostener la actividad microbiana. Su principal contribución no reside únicamente en los residuos que dejan, sino en los exudados radiculares que alimentan directamente el microbiota durante el crecimiento. Esta herramienta se masificó recientemente como respuesta a una simplificación extrema de las rotaciones agrícolas, las cuales están conformadas casi exclusivamente por maíz y soja.
La función del cultivo de cobertura bien puede quedar saldada por una matriz de rotación más variada, ya sea por la incorporación de la ganadería o por disponer de una rotación agrícola continua multiespecie, donde cultivos de invierno y fundamentalmente el sorgo granífero comiencen a ocupar una parte sustancial de la superficie cultivada. La diversificación de especies permite explorar diferentes profundidades, modificar la calidad de los residuos y ampliar la variedad de sustratos disponibles.
La agricultura siempre verde, promovida por Aapresid, propone precisamente intensificar la presencia de raíces vivas mediante rotaciones y coberturas, ajustadas a la disponibilidad de recursos. En ambientes semiáridos, sin embargo, el agua impone una condición innegociable. Una cobertura que consume humedad crítica para el cultivo siguiente puede deteriorar el resultado económico, aun cuando mejore determinados indicadores biológicos. La fecha de secado, la especie elegida, la disponibilidad hídrica y el objetivo productivo deben integrarse en un balance previo.
La integración agrícola-ganadera puede diversificar los aportes de carbono, incorporar raíces de mayor permanencia y mejorar el ciclado de nutrientes. Pero sus resultados dependen de la pastura, la carga animal, la duración del pastoreo y las condiciones de humedad al momento del tránsito. El pisoteo sobre suelos húmedos puede destruir agregados y generar compactación; la extracción excesiva de biomasa (sobrepastoreo), puede reducir el retorno de carbono. Por lo tanto, la presencia de animales no constituye, por sí misma, una garantía de regeneración.
Los abonos/enmiendas orgánicas, por su parte, pueden aportar carbono y nutrientes, estimular la biomasa microbiana y mejorar determinadas propiedades físicas. No obstante, su utilización requiere caracterización analítica: contenido de materia seca, relación carbono/nitrógeno, salinidad, sodio, fósforo y estabilidad del material.
La fertilización mineral equilibrada permite producir más biomasa vegetal, incrementar el retorno de residuos y sostener el suministro de nutrientes que los microorganismos necesitan para desarrollar sus funciones. Esto no habilita a fertilizar indiscriminadamente. El exceso de nutrientes, los desequilibrios y la acidificación pueden alterar la composición y funcionalidad de las comunidades microbianas. La fertilización debe responder a una estrategia de producción de biomasa y reposición de nutrientes, no a la pretensión de compensar indefinidamente un sistema biológicamente debilitado.
Los inoculantes merecen idéntico rigor. Los rizobios en soja constituyen una tecnología consolidada. En cambio, la respuesta a otros microorganismos depende del cultivo, el ambiente, la formulación y las condiciones de aplicación. Los bioinsumos pueden mejorar la eficiencia de determinados procesos, pero no reemplazan el carbono, el agua, la estructura, ni el manejo. Introducir microorganismos sin garantizarles condiciones de supervivencia es confundir la compra de un producto con la construcción de un sistema.
En resumen, para el productor, el programa de regeneración puede sintetizarse en cinco decisiones: mantener el suelo cubierto, maximizar la presencia de raíces vivas cuando el balance hídrico lo permita, diversificar las rotaciones, reponer nutrientes según extracción y diagnóstico, y evitar el tránsito con suelo húmedo. Para el asesor, el desafío consiste en incorporar un panel de indicadores biológicos y físicos, medidos periódicamente y contrastados con referencias locales. La respiración y ciertas actividades enzimáticas pueden responder en plazos relativamente cortos; el carbono particulado requiere varios años, mientras que la materia orgánica total suele demandar períodos más prolongados.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP