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Girasol: ¿oportunidad o espejismo?

La campaña 202627 tendrà una superficie cercana a los 3 millones de hectÃreas
La campaña 2026/27 tendrá una superficie cercana a los 3 millones de hectáreas.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Hay momentos en los agronegocios en los que confluyen, casi con precisión de relojería, los fundamentos biológicos, las señales de mercado y la decisión del empresario. El girasol atraviesa hoy uno de ellos. Esta oleaginosa fue emblema productivo del oeste pampeano y durante años cedió terreno ante el avance de la soja. Hoy vuelve al centro de la escena con argumentos que no admiten lecturas livianas: precios internacionales firmes, márgenes competitivos y una intención de siembra que nos devuelve a magnitudes que no veíamos desde hace más de dos décadas.

Los números son elocuentes. La Bolsa de Cereales de Buenos Aires proyecta para la campaña 2026/27 una superficie cercana a los 3 millones de hectáreas, un 5,3 % más que el ciclo anterior. Otros relevamientos sectoriales hablan de un crecimiento de hasta 10 % y de un área 34 % superior al promedio de los últimos cinco años. Con datos al 3 de septiembre, la implantación ya había alcanzado el 19,3 % de lo previsto. No estamos ante un entusiasmo pasajero, sino frente a una tendencia que acumula tres campañas consecutivas de expansión, sostenida por la memoria reciente de buenos resultados.

Conviene preguntarse qué hay detrás de este fenómeno. En primer lugar, un contexto global que el analista no puede ignorar. Durante el último año los principales aceites vegetales registraron incrementos de precio relevantes. Aunque el USDA proyecta una recuperación de la producción mundial de girasol, liderada por Rusia, Ucrania y la Unión Europea, el mercado de aceites sigue mostrando una demanda sostenida, traccionada por la alimentación y por la matriz energética de los biocombustibles. Cuando la oferta del Mar Negro se normaliza pero los precios resisten, estamos ante una señal de fortaleza estructural y no ante una simple anomalía coyuntural.

En segundo lugar, la ecuación doméstica. La Bolsa de Cereales señala que el aumento del precio del girasol fue superior al de los costos, lo que mejoró los márgenes proyectados. A esto se suma una asimetría de política tributaria que el productor conoce bien: los derechos de exportación que aún pesan sobre la soja deterioran su relación insumo-producto frente a una oleaginosa que hoy compite en mejores condiciones por la tierra. Como suelo decir, el productor es un excelente economista de campo: no necesita que le expliquen una planilla de resultados para reasignar hectáreas.

Pero el negocio del girasol no se explica solo por el precio. Su verdadera ventaja competitiva reside en la plasticidad ecofisiológica que lo caracteriza. Es un cultivo con un sistema radicular profundo, capaz de explorar el perfil del suelo en busca de agua y nutrientes, y de mostrar una tolerancia al estrés hídrico superior a la de otras especies estivales. En ambientes marginales, donde la agricultura convive con la incertidumbre, esa cualidad deja de ser un atributo técnico para convertirse en un instrumento de gestión del riesgo. Allí el girasol no es una alternativa, sino frecuentemente la opción más racional.

Existe, además, un argumento que excede a la campaña y que atañe a la sustentabilidad de los sistemas. Los trabajos del INTA y de los grupos CREA han documentado reiteradamente que la diversificación de las rotaciones, con gramíneas de alta producción de rastrojo y oleaginosas de raíz profunda, mejora la estructura del suelo, reduce la presión de malezas y plagas, estabilizando el resultado económico a lo largo de los años. Un esquema que depende de un solo cultivo es, por definición, un esquema vulnerable. El girasol aporta equilibrio a la secuencia, y el equilibrio, en agronomía como en las finanzas, es la forma más inteligente de rentabilidad.

No obstante, sería un error de enfoque transformar el optimismo en complacencia. El Niño, de intensidad considerable según la Bolsa de Cereales, nos plantea un escenario de abundante humedad que favorece la implantación, pero que también puede fortalecer la competencia del maíz por el área y ejercer una mayor presión de enfermedades fúngicas sobre el cultivo. Asimismo, la disponibilidad de semilla de los híbridos de mayor potencial se ha tornado un factor limitante, y quien no haya asegurado su genética a tiempo deberá resignar techo de rendimiento. A esto se agrega un recordatorio que nunca debemos olvidar: el mejor precio no corrige un mal manejo. Fecha de siembra, densidad, nutrición y control de adversidades seguirán siendo los verdaderos determinantes del resultado final.

También es necesario advertir sobre un riesgo propio de los ciclos de bonanza: la tentación de expandir sin planificar. El girasol exige respeto por la rotación, ya que su reiteración en el mismo lote multiplica los problemas sanitarios. Demanda además un diagnóstico adecuado de suelos, porque, como hemos señalado en columnas anteriores, es un cultivo muy sensible a la compactación. La historia del sector está plagada de reconversiones entusiastas que se frustraron por falta de método. Que no se repita.

Desde una perspectiva estratégica, el momento invita a pensar en el valor agregado. La Argentina es una potencia reconocida en la molienda de oleaginosas y en la exportación de aceite de girasol, y posee además nichos diferenciados, como el alto oleico y el confitero, que exhiben primas atractivas para el productor que sabe segmentar su oferta. La competitividad del futuro no se jugará únicamente en la cantidad de toneladas, sino en la calidad y la capacidad de inserción en cadenas de mayor valor.

Para finalizar, vale detenernos en una reflexión de fondo. El girasol no se fue del mapa productivo por falta de virtudes agronómicas, sino porque durante años el mercado y la política le dieron la espalda. Hoy que las señales se alinean, el cultivo responde con la docilidad de quien siempre estuvo preparado. Allí radica la lección que debería quedarnos: la rentabilidad de largo plazo pertenece a quienes diversifican, planifican y se anticipan, no a quienes persiguen el último precio de pizarra. El campo premia la paciencia técnica y castiga la improvisación. La pregunta, entonces, no es si el girasol está de vuelta, sino si estaremos a la altura de este regreso o si, una vez más, aprenderemos tarde lo que la agronomía nos enseña a tiempo.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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