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El maíz, arquitecto silencioso de la rentabilidad agropecuaria 

Las exportaciones rondarían un récord de 41 millones de toneladas
Las exportaciones rondarían un récord de 41 millones de toneladas.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Hay cultivos que se cosechan y cultivos que se administran. El maíz pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. Ningún otro grano exige del empresario agropecuario una mirada tan integral (agronómica, logística y financiera), desde el momento en que el cabezal muerde el rastrojo hasta que la última tonelada abandona el silo bolsa rumbo al puerto o al corral de engorde. Y ninguno, tampoco, premia con tanta generosidad a quien decide gestionarlo con rigor técnico en lugar de intuición de campo.

La actualidad estadística respalda esta afirmación. Según las proyecciones de la Bolsa de Comercio de Rosario para la campaña 2025/26, la producción nacional de maíz alcanzaría un registro histórico cercano a las 62 millones de toneladas, un salto interanual superior al 24 por ciento, sostenido por una recuperación del área sembrada a 9,8 millones de hectáreas. Las exportaciones, por su parte, rondarían un récord de 41 millones de toneladas. Son cifras que confirman al maíz como el verdadero motor cambiario del campo argentino. Pero detrás de cada punto porcentual de estos informes se esconde una batalla que se libra lote por lote, silo por silo, y que rara vez ocupa los titulares: la de los márgenes que se pierden, o se conservan, en las tres instancias críticas del negocio: la cosecha, el almacenaje y la transformación o venta.

La cosecha: la primera hemorragia invisible

Se ha superado ya el viejo paradigma que toleraba mayores pérdidas cuanto más rendía un lote. Hoy la ingeniería agronómica trabaja con umbrales absolutos, y para el maíz ese umbral es taxativo: no más de 150 kilogramos de grano por hectárea, de los cuales el cabezal no debería aportar más de 90 kilos, dejando el resto a cargo de la denominada "cola de máquina". Traducido a un lenguaje más elocuente para el productor: treinta y tres granos de maíz recogidos por metro cuadrado en el rastrojo equivalen, en promedio, a cien kilos de mercadería que ya fueron sembrados, fertilizados y protegidos, pero que jamás llegarán a la tolva.

El maíz de segunda, con su mayor proporción de plantas volcadas, es especialmente sensible a este fenómeno: más del cincuenta por ciento de las pérdidas de cabezal se explican por desgrane de espigas ante una regulación deficiente de los rolos espigadores. La física del asunto es inapelable, ningún cabezal, por moderno que sea, puede avanzar más rápido que la capacidad de los rolos para acompañar el vuelco de la planta sin desgranarla ni dejarla atrás, y sin embargo la premura por cosechar hectáreas por hora suele imponerse sobre el cálculo económico. Vale recordar que un quebranto de cosecha mal gestionado puede erosionar hasta un veintiuno por ciento del margen bruto del negocio, una cifra que ningún balance de fin de campaña debería ignorar.

El almacenaje: el arte de administrar el tiempo

Superada la trilla, el desafío muta de naturaleza: de mecánico a fisiológico. El grano de maíz, rico en almidón fermentescible, es un organismo vivo que respira dentro del silo bolsa, y su destino queda sellado por una variable que el productor sí puede controlar: humedad. Con una humedad de cosecha de hasta el 14 por ciento, el grano puede conservarse en condiciones de bajo riesgo durante seis a doce meses; superado el 16 por ciento, esa ventana se reduce drásticamente a apenas uno o dos meses antes de que el deterioro se vuelva significativo.

La ventaja competitiva del maíz respecto de otros cultivos de cosecha tardía radica en que atraviesa sus primeros meses de almacenaje bajo temperaturas frías, lo que retarda el metabolismo del grano y del ecosistema microbiano que lo acompaña. Pero esa tregua térmica expira con la llegada de la primavera. Todo lote almacenado con humedad superior al catorce por ciento debería, entonces, ser objeto de monitoreo o de sensores de dióxido de carbono a partir de que las temperaturas ambiente superen los diecisiete grados promedio. Ignorar esta recomendación no es prudencia financiera: es una apuesta que el clima, tarde o temprano, termina cobrando con intereses.

La transformación: cuando el grano se convierte en carne

El negocio del maíz no concluye en el puerto; también se completa puertas adentro del propio establecimiento, cuando el grano se convierte en el principal sostén energético de las dietas de engorde a corral. Allí, sin embargo, aparece una tentación recurrente: maximizar la inclusión de maíz para acelerar la ganancia diaria de peso vivo, sin reparar en que un exceso de energía sin el acompañamiento adecuado de fibra deriva en acidosis ruminal subclínica. La señal de alerta es tan sencilla como elocuente: heces de olor intenso, indicio inequívoco de que el grano atraviesa el sistema digestivo sin ser aprovechado. La técnica indica que ninguna ración de calidad debería prescindir de una fuente fibrosa que module la fermentación, y que el maíz, cuando se combina con otras fuentes energéticas, debe conservar una participación no menor al sesenta por ciento para preservar la calidad de la res terminada. La eficiencia de conversión, en definitiva, no se negocia con la ansiedad del kilaje rápido.

Una sola cadena, tres decisiones

Cosecha, almacenaje y alimentación no son etapas aisladas: son eslabones de una misma cadena de valor que el empresario agropecuario debe gestionar con la misma disciplina con la que un ingeniero calcula la tolerancia de un puente. Cada kilo perdido en el rastrojo, cada punto de humedad mal calculado en el silo bolsa, cada exceso energético en el comedero, es una fuga silenciosa de rentabilidad en un negocio que ya de por sí compite en enormes volúmenes.

El saber popular de nuestra pampa lo resume mejor que cualquier informe técnico: "hacete amigo del tiempo, no le tires con la maza". El maíz, como pocos cultivos, enseña que la verdadera ganancia no está en la prisa de la cosecha ni en la ansiedad del engorde, sino en la paciencia de quien administra cada etapa con método y mesura. Quizás sea esa, después de todo, la lección más antigua y más actual que un grano puede darle a quien decide vivir del campo.

(*) Ingeniero Agrónomo -MP: 607 CIALP-  Posgrado en Agronegocios y Alimentos "X": @MARIANOFAVALP

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