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EL DIARIO digital
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La semana pasada, la provincia de La Pampa fue escenario del Simposio organizado por la ONG Fertilizar, y el evento dejó, como suele ocurrir con los encuentros de genuina densidad técnica, mucho más material para el análisis que certezas para el bolsillo.
A modo de síntesis inicial, corresponde destacar con justicia lo que el evento tuvo de extraordinario: la calidad científica de sus expositores fue, sencillamente, notable. La cuidadosa selección temática, la rigurosidad metodológica de las presentaciones y la nutrida concurrencia, con asistentes pampeanos y de provincias limítrofes, dieron cuenta de que este tipo de espacios no sólo son posibles en nuestra provincia, sino que son necesarios y bienvenidos. Ver en los paneles a referentes del INTA y de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Pampa es motivo de genuina satisfacción: disponemos de investigadores, extensionistas y divulgadores de clase mundial, forjados con fuerte arraigo territorial, capaces de generar conocimiento original y formar los recursos humanos que el agro del siglo XXI demanda. Ese capital humano es, sin duda, uno de los activos más valiosos e invisibilizados de nuestra región.
Igualmente plausible resulta la celebración de este tipo de simposios en suelo pampeano. La Pampa no puede darse el lujo de quedar al margen del dinamismo que caracteriza hoy a los agronegocios en provincias como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Río Negro, Entre Ríos e incluso San Luis, esta última, una comparación más equitativa en términos de dotación de recursos naturales. Cada evento de estas características es un puente entre la ciencia aplicada y la toma de decisiones empresariales en el campo.
Ahora bien: toda reflexión honesta obliga también a señalar aquello que, siendo discutible, merece ser discutido.
La conclusión que sobrevoló el evento como un leitmotiv fue la siguiente: exposición tras exposición, con una solidez argumental respaldada en datos irrefutables, los técnicos demostraron que los suelos agrícolas de la región transitan un proceso sostenido de pérdida de materia orgánica y nutrientes esenciales. Según datos del INTA, los suelos de la Región Semiárida Pampeana han perdido entre un 30 y un 50% de su contenido original de materia orgánica en las últimas cinco décadas de agricultura continua, y los balances de fósforo disponible arrojan déficits estructurales en gran parte del área agrícola. Ante ese diagnóstico, la prescripción que emergió fue lógica desde la agronomía: fertilizar más, fertilizar mejor y fertilizar con criterio conservacionista.
Hasta ahí, todo resulta axiomático dentro de la ciencia agronómica. El problema surge cuando se retira el zoom y se contempla la película completa del negocio agropecuario, en lugar de detenerse en la foto del lote.
Porque existe una paradoja que los datos también documentan con contundencia: al mismo tiempo que los análisis de suelo de la región revelan el deterioro de la fertilidad química y biológica, la productividad agrícola argentina no ha hecho más que crecer. Según cifras de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, la producción granaria nacional pasó de aproximadamente 52 millones de toneladas en la campaña 1999/2000 a superar los 160 millones de toneladas en la campaña actual, sin una expansión proporcional de la frontera agrícola. Los rindes históricos por hectárea en los principales cultivos soja, maíz, trigo, girasol y sorgo han aumentado sistemáticamente, y las brechas de rendimiento respecto al potencial genético, aunque aún considerablemente amplias, se han ido reduciendo campaña a campaña. Paralelamente, el consumo de fertilizantes por parte de los productores argentinos no cesa de incrementarse: según datos del propio Fertilizar, el uso total de fertilizantes creció de 800.000 toneladas anuales a principios de este siglo a más de 4,5 millones de toneladas en los últimos años, con anuncios recientes de inversiones significativas en plantas de producción de nitrogenados y microgranulados, y con la expectativa fundada de ampliar en el mediano plazo la producción nacional de fertilizantes fosforados.
Este contrapunto de datos no invalida el diagnóstico sobre el deterioro de los suelos, que es real y preocupante, pero sí interpela el instrumento retórico elegido para movilizar a los productores: la narrativa del colapso inminente. Apelar al miedo como herramienta de evangelización técnica no sólo resulta metodológicamente cuestionable, sino que es desmentido por la propia resiliencia del sistema productivo que se pretende salvar.
Y aquí se impone una reflexión de honestidad intelectual que el simposio eludió con demasiada elegancia: "acusar" al productor de hacer minería en lugar de agricultura, de desatender la reposición de nutrientes, de actuar con indiferencia ante el recurso suelo, soslayando que las retenciones agropecuarias han socializado durante décadas la renta generada por esos mismos productores, dejándoles los costos privados y transfiriendo al Estado el margen que financiaría precisamente esa mayor fertilización, resulta, cuando menos, intelectualmente deshonesto. Del mismo modo, lamentar la retracción ganadera y el abandono de pasturas sin reconocer el daño estructural que cincuenta años de política agropecuaria adversa han infligido sobre la ganadería, es golpearse el pecho sin mirar qué mano asestó el golpe.
Un productor agropecuario es, ante todo, el gerente general de una empresa familiar. Su primera obligación no es la óptima agronómica del lote: es la sustentabilidad económica del sistema que le permite a su familia vivir, desarrollarse y proyectarse. Cuando el contexto macroeconómico e institucional le recorta la renta, el productor optimiza con los recursos que le quedan, y esa conducta no es irresponsabilidad: es supervivencia racional. Culparlo por ello es errar el diagnóstico y, por ende, la prescripción.
El sector agropecuario argentino ha demostrado, con una elocuencia que ningún discurso supera, que responde a incentivos. La madre de todos los incentivos es el precio relativo. Devolverle al productor el acceso pleno a los precios que el mercado internacional reconoce a su trabajo es la política de fertilización más poderosa que cualquier simposio podría recomendar.
Que quede claro: la ciencia vertida en Santa Rosa fue impecable, los profesionales que la sostienen son un orgullo provincial y nacional, y el espacio de debate creado es un bien público que hay que preservar y multiplicar. Pero si aspiramos a ingresar en un círculo virtuoso de nutrición de suelos, la agronomía sola no alcanza. La economía, la política y la ética del diagnóstico deben sentarse también en el panel.
Como enseña el Martín Fierro, con la sabiduría que sólo da haber cruzado la pampa a pie: "El que vive de su trabajo, no roba; pero tampoco regala". Al productor argentino no le falta vocación de cuidar la tierra. Lo que le falta, desde hace demasiado tiempo, es que el Estado deje de cosechar lo que él siembra.
Ingeniero Agrónomo
Mariano Fava (MP: 607 CIALP)
Posgrado en Agronegocios y Alimentos
@MARIANOFAVALP