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Tierra, demografía y energía: el nuevo orden agrícola

La tasa de fertilidad mundial alcanzó en 2024 un mínimo histórico de 23 nacimientos
La tasa de fertilidad mundial alcanzó en 2024 un mínimo histórico de 2,3 nacimientos.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Hay momentos en la historia en que la demografía deja de ser una disciplina académica para convertirse en la variable más determinante del tablero económico global. Estamos viviendo uno de esos momentos. La pirámide poblacional, esa representación gráfica que durante siglos mostró una base ancha de jóvenes sosteniendo un vértice estrecho de ancianos, se ha invertido silenciosamente en las economías que concentran el poder de compra del mundo y esa inversión tiene consecuencias directas, profundas y frecuentemente subestimadas para el negocio agrícola argentino.

Los datos son elocuentes en su contundencia. La tasa de fertilidad mundial alcanzó en 2024 un mínimo histórico de 2,3 nacimientos por mujer, apenas por encima del umbral de reemplazo poblacional estimado en 2,1 hijos por mujer. En el corazón del mundo desarrollado, el cuadro es más severo. China, que durante décadas fue el motor demográfico del planeta, enfrenta una contracción poblacional que sus propios planificadores describen como irreversible en el corto plazo.

Frente a este panorama de contención demográfica en los países ricos, el crecimiento poblacional mundial se ha desplazado hacia geografías con capacidad adquisitiva limitada. Nigeria, que hoy ocupa el tercer lugar en nacimientos globales con 7,6 millones anuales, alcanzaría el segundo puesto para 2050 con 8,1 millones de nacimientos, superando a China. 

La excepción que matiza esta ecuación, y que no debe ignorarse en ningún análisis serio, es India. Con más de 1.440 millones de habitantes, una clase media en acelerada expansión y un crecimiento del PBI proyectado por encima del 6% anual para la próxima década, constituye el mercado emergente de alimentos más dinámico del planeta. Su demanda creciente de proteínas animales (carne aviar, lácteos y acuicultura), traccionará las cadenas de granos forrajeros de manera sostenida. Para Argentina, país exportador neto de soja y maíz, esta variable es tan relevante como el tipo de cambio.

En este escenario, el viejo fantasma de Thomas Robert Malthus puede considerarse definitivamente sepultado. El clérigo inglés que en 1798 postuló que el crecimiento poblacional superaría inexorablemente la capacidad de producción de alimentos generando hambrunas masivas erró en su diagnóstico por no anticipar la variable que lo desmentía sistemáticamente: la productividad. El mundo produce hoy más alimentos por hectárea que en cualquier otro momento de su historia, y la biotecnología, la agricultura de precisión y la edición genómica prometen multiplicar esa capacidad en las próximas décadas.

Pero precisamente aquí se plantea la disyuntiva estratégica más relevante para quien gestiona un campo o asesora portfolios de activos agropecuarios: ¿puede el crecimiento de la productividad superar en velocidad a la moderación de la demanda alimentaria que implica el envejecimiento de las economías ricas? La respuesta honesta es que sí puede, y que eso no necesariamente erosiona el valor de la tierra agrícola. La razón es doble.

En primer lugar, la moderación cuantitativa de la demanda de alimentos será más que compensada por su sofisticación cualitativa. Una población que envejece no consume menos, consume diferente: más proteínas de alto valor biológico y más productos funcionales. 

En segundo lugar, y aquí reside el argumento más poderoso y menos difundido del debate: los biocombustibles. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), la demanda global de biocombustibles podría alcanzar los 240.000 millones de litros en 2030, frente a menos de 200.000 millones en 2024; en un escenario acelerado, la cifra podría superar los 310.000 millones de litros. El etanol de maíz y el biodiesel de soja no son un subproducto coyuntural de la energía cara: son la arquitectura de un sistema de combustibles circulares, carbono-neutrales, que le compete un rol estructural en la matriz energética global de las próximas décadas.

La narrativa que presenta a los autos eléctricos y las energías renovables como ejecutores de la sentencia de muerte de los biocombustibles es políticamente seductora pero técnicamente incompleta. El transporte pesado, camiones, buques, aviación, no puede electrificarse con la misma velocidad ni al mismo costo que el automóvil urbano. La AIE anticipa ya una demanda de 9.000 millones de litros de combustible sostenible de aviación y 1.600 millones de litros de biocombustibles marítimos para 2030. Maíz, soja, colza, carinata, etc., no compiten con el panel solar ni con la turbina eólica: le proveen energía a las cadenas logísticas que ninguna de esas tecnologías puede alimentar todavía.

En Argentina, donde el maíz y la soja concentran millones de hectáreas cosechadas y donde Córdoba produce ya más del 50% del bioetanol nacional, este mercado alternativo constituye un piso estructural para la demanda de granos que actúa como estabilizador del precio en los ciclos de sobreproducción. El campo pampeano no solo alimenta bocas: alimenta motores. Y en un mundo que necesita descarbonizar su sistema de transporte sin sacrificar movilidad, esa función tiene un precio que el mercado deberá reconocer progresivamente.

El valor de la tierra agrícola, en este contexto, lejos de erosionarse, se consolida como el activo refugio de mayor profundidad del siglo XXI. Quien compra tierra bien ubicada en las pampas argentinas no adquiere solo un factor de producción: adquiere una posición sobre la proteína, la energía renovable y el agua virtual que el mundo desarrollado ya no puede producir en cantidad suficiente dentro de sus propias fronteras.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP

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