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EL DIARIO digital
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La campaña de cereales de invierno 2026 llega precedida por una coyuntura hídrica que, sin exagerar, puede calificarse de excepcional para gran parte de la región pampeana y sus zonas de influencia. Los perfiles de suelo presentan niveles de humedad que en muchos lotes superan la capacidad de campo hasta el metro y medio de profundidad, una condición que no se verificaba con esta generalidad desde hace varios años. A ello se suma un pronóstico climático estacional que anticipa un evento El Niño moderado para la primavera, con precipitaciones por encima de la media histórica en buena parte del área agrícola argentina. El escenario físico, en consecuencia, invita con fuerza a la siembra de trigo y otros cereales de invierno. Pero invitar no es suficiente: la ventana se abre, y exige ser interpretada con rigor.
En el plano del mercado, el precio del trigo disponible y a cosecha ronda los 220 dólares por tonelada, un valor que, sin ser extraordinario en términos históricos, resulta razonable para estructurar planteos con tecnología media-alta. Conviene, sin embargo, no conformarse con la foto local. En el tablero internacional, Australia, competidor histórico del trigo argentino en los mercados asiáticos, está redirigiendo superficie hacia la cebada cervecera, cultivo con mejor ecuación económica frente a la crisis de fertilizantes que afecta su estructura de costos. Esta tendencia, documentada por el Departamento de Agricultura australiano (ABARES), reduce la oferta exportable del país oceánico y podría presionar los precios del trigo hacia arriba en los próximos meses, particularmente si la demanda de importadores como Egipto, Indonesia y el sudeste asiático se mantiene activa. Las perspectivas de mejora de precio, aunque no garantizadas, existen y son técnicamente fundadas.
El verdadero nudo de la ecuación, sin embargo, no está en el clima ni en el mercado: está en la nutrición. La urea, insumo central de la fertilización nitrogenada en trigo, cotiza en torno a los 950 dólares por tonelada, lo que implica una relación insumo/producto que exige cálculo fino. El Fosfato Diamónico (DAP) se ubica cerca de los 1.000 dólares por tonelada. En este contexto, la pregunta que todo productor y asesor debe formularse con precisión quirúrgica es: ¿cuánto nitrógeno es económicamente racional agregar, considerando lo que el suelo ya provee?
El requerimiento total de nitrógeno para un trigo de alto potencial en la región pampeana oscila entre 120 y 160 kg de N por hectárea desde siembra hasta madurez fisiológica. Si partimos de un escenario donde la disponibilidad natural (nitrógeno del suelo más mineralización estacional), alcanza para sostener un rendimiento base de 2.500 kg/ha, esa dotación equivale aproximadamente a 60-65 kg de N por hectárea. Para alcanzar los 4.000 a 4.500 kg/ha que justifican plenamente el planteo tecnológico, sería necesario agregar del orden de 80 a 90 kg adicionales de N, lo que equivale a entre 170 y 200 kg de urea por hectárea. Ahora bien, la curva de rendimientos decrecientes actúa con inexorabilidad matemática: la respuesta marginal de cada kilogramo adicional de nitrógeno disminuye a medida que la dosis aumenta. Con urea a 950 dólares la tonelada y trigo a 220 dólares, el último kilogramo de nitrógeno añadido debe generar al menos 4,3 kg de grano adicional para pagar su costo. Por encima de los 80-90 kg de N agregado, esa eficiencia de conversión comienza a tornarse marginal en la semiárida pampeana, aun con agua disponible. La dosis económicamente óptima, en este escenario de precios, se sitúa en torno a los 80 kg de N por hectárea aplicados combinando siembra y macollaje para lotes con disponibilidad hídrica no limitante.
El fósforo no puede quedar fuera del análisis. El INTA y la ONG Fertilizar coinciden en señalar que fósforo y nitrógeno interactúan sinérgicamente: sin niveles adecuados de P disponible en suelo, (el umbral crítico se ubica entre 12 y 20 ppm según el método Bray), la respuesta al nitrógeno se recorta sensiblemente. Una dosis de arranque de 80 a 100 kg de DAP por hectárea, localizado en la línea de siembra, resuelve la doble necesidad de fósforo y nitrógeno de base, y representa una inversión de entre 80 y 100 dólares que tiene retorno seguro en condiciones de buena oferta hídrica.
Definida la nutrición, aparece la disyuntiva estratégica quizás más importante de la campaña: ¿es mejor sembrar trigo para obtener un cultivo de soja o maíz de segunda bajo un escenario Niño con lluvias de primavera abundantes, o resignar el cereal de invierno, dejar el lote con un cultivo de cobertura y sembrar un cultivo de primera más tarde?
La aritmética merece calcularse con honestidad. Un cultivo de cobertura estándar con 20 kg de centeno (a 0,35 dólares/kg) más 15 kg de vicia villosa (a 1 dólar/kg) implica un costo de insumos de 22 dólares por hectárea, al que deben sumarse la siembra y la supresión. La cobertura tiene valor agronómico innegable, protección del suelo, aporte de carbono, fijación de nitrógeno en el caso de la vicia, pero en un año Niño donde la soja de segunda puede expresar rindes de 20 a 25 qq/ha, el margen bruto que genera el sistema trigo/soja es sustancialmente superior al de cobertura más soja o maíz de primera. La soja de primera en La Pampa, en años favorables, puede igualar rendimientos, pero el sistema doble cultivo suma el margen del trigo, que con 3.500 kg/ha y 220 dólares aporta unos 770 dólares brutos, descontados costos de implantación, fertilización y cosecha de aproximadamente 380-400 dólares, dejando un margen neto adicional de 370 a 390 dólares por hectárea que la cobertura, por definición, no genera.
Un elemento que el año Niño pone sobre la mesa con la misma fuerza con que promete lluvias es el riesgo sanitario. Los años húmedos y cálidos en primavera son, históricamente, años de roya, tanto roya amarilla como roya de la hoja y de manchas foliares como la septoriosis y el escudete. La pérdida de rendimiento por roya no controlada puede alcanzar el 30-40% en cultivares susceptibles, según datos de INTA Marcos Juárez. En consecuencia, en la campaña que se avecina la elección varietal en función de la resistencia genética a enfermedades no es un detalle: es una decisión económica de primer orden. Y el presupuesto para al menos una aplicación de fungicida en espigazón, con mezclas de triazoles e inhibidores de la succinato deshidrogenasa (carboxamidas), debe estar incluido en el planteo desde el inicio, no como contingencia sino como componente estructural del costo.
La cebada cervecera, el centeno forrajero y la colza completan el menú de cereales y oleaginosas de invierno con potencial en esta campaña, cada uno con su lógica particular de mercado y manejo. Pero es el trigo pan quien lidera, quien marca el pulso de la cosecha fina y quien articula el sistema doble cultivo que sostiene la rentabilidad de millones de hectáreas de la pampa seca y semiárida.
La ventana, entonces, está abierta. La humedad en el perfil es un capital que no se paga pero que se puede dilapidar con decisiones tardías o mal calibradas. Los que siembren con análisis de suelo, dosis ajustadas de fertilización, variedad adecuada y protección fungicida planificada, tendrán números para mostrar en diciembre. Los que esperen a que todo se acomode solo, descubrirán, una vez más, que en el campo, como en la vida, la oportunidad no avisa dos veces.
Lo dijo el gaucho Martín Fierro con una sabiduría que trasciende los siglos y los cultivos: "El que no siembra no tiene." Que nadie se quede sin sembrar esta cosecha fina por cálculos incompletos o dudas que el análisis puede despejar.
Mariano Fava Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP)
Posgrado en Agronegocios y Alimentos
"X": @MARIANOFAVALP