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Ganadería: el negocio que el campo redescubre

El índice CREA de confianza del empresario agropecuario alcanzó en marzo los 70 puntos
El índice CREA de confianza del empresario agropecuario alcanzó en marzo los 70 puntos.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Hay momentos en la historia productiva de una región en que los ciclos económicos, la biología y la agronomía convergen con una claridad poco habitual. Abril de 2026 es uno de esos momentos para la ganadería pampeana y para el sistema mixto que durante décadas articuló la identidad productiva de esta provincia. Los precios de la hacienda registran niveles históricos, superando en más del 90% los promedios de los últimos quince años en cría, ciclo completo e invernada intensiva.

En simultáneo, el índice CREA de confianza del empresario agropecuario alcanzó en marzo los 70 puntos, el registro más alto desde 2017, con el 82% de los ganaderos considerando que este es un buen momento para invertir, contra apenas el 28% en agricultura. El mensaje del mercado es inequívoco: la ganadería volvió al centro del tablero estratégico.

Pero detrás de esta coyuntura excepcional existe una lógica agronómica más profunda, que trasciende los precios y ancla el argumento en la biología del suelo y en la sustentabilidad económica de largo plazo. La agricultura argentina, y la pampeana en particular, acumula décadas de extracción sostenida sin reposición equivalente de nutrientes. El avance de la soja y los cultivos anuales sobre superficies históricamente mixtas generó una paradoja que hoy se vuelve costosa: suelos con balances negativos de nutrientes y presión creciente de malezas resistentes a herbicidas que encarece cada campaña más que la anterior. Frente a ese diagnóstico, la solución no viene de un insumo nuevo ni de un evento biotecnológico adicional. Viene de la rotación, de la pastura perenne y del animal como agente restaurador del ecosistema.

El sistema mixto con fase constructiva ganadera y fase extractiva agrícola no es una idea romántica ni una regresión tecnológica. Es el sistema más sostenible que la ciencia agronómica conoce para ambientes semiáridos y subhúmedos. La pastura base alfalfa, columna vertebral del planteo forrajero pampeano, opera como un laboratorio biológico de bajo costo: fija nitrógeno atmosférico a razón de 2,3 kilogramos por cada 100 kilogramos de materia seca producida. Una pastura de alta producción, 10 a 12 toneladas de materia seca por hectárea por año en ambientes favorables, puede aportar entre 230 y 280 kilogramos de nitrógeno por hectárea a lo largo de su ciclo, sin que el productor erogue un solo dólar en urea, que hoy cotiza a 950 dólares la tonelada. La matemática de la sustitución es por sí sola un argumento de negocios contundente.

Pero la alfalfa no trabaja sola. Las leguminosas son organismos exigentes en fósforo, el umbral crítico de respuesta a la fertilización fosfatada en alfalfa se ubica en torno a las 26 partes por millón medidas por el método Bray I, muy por encima de las 12 a 20 ppm que rigen para gramíneas, y la interacción entre fósforo y nitrógeno es simbiótica: sin niveles adecuados de P disponible en el suelo, la fijación biológica se recorta severamente. La fertilización fosfatada en una pastura bien implantada tiene efecto residual de dos a tres años, mejora la producción de forraje, acelera la velocidad de rebote entre pastoreos, extiende el período de utilización y sostiene la persistencia de las leguminosas frente a las gramíneas espontáneas. Invertir en fósforo al implantar una pastura no es un costo: es el primer eslabón de una cadena que devolverá rentabilidad durante cuatro a cinco años de ciclo ganadero y potenciará cada campaña agrícola posterior.

El ciclo biológico de la pastura tiene, sin embargo, un límite preciso que la experiencia de campo enseña y que la bibliografía confirma: después del cuarto año, la fijación nitrogenada de la alfalfa decae marcadamente y la planta puede comenzar a consumir más nitrógeno del que aporta. Mantener una pastura más allá de ese horizonte productivo, aunque el stand de plantas todavía luzca aceptable, implica resignar el principal argumento agronómico de tenerla. El diagnóstico riguroso del momento óptimo de terminación es tan importante como el manejo durante el ciclo.

En este contexto agronómico, los precios actuales del mercado ganadero recargan de sentido la decisión de retener vientres, invertir en infraestructura de manejo y ampliar la superficie bajo pastura. La pregunta estratégica que hoy divide a los productores es si conviene capitalizar los precios récord vendiendo hacienda para adquirir campo, en una relación de canje que favorece la compra de tierra todavía no ajustada completamente en dólares, o retener el rodeo ante una escasez estructural de terneros que las proyecciones privadas anticipan que continuará. La respuesta, como en todo negocio bien gestionado, no es universal: depende del perfil del productor, de su necesidad de liquidez, de la calidad de sus campos y de su horizonte de planificación. Pero hay un dato que no admite ambigüedad: la Argentina sostiene tasas de destete del 62 al 63%, muy por debajo del potencial biológico de sus rodeos. El 44% de las vacas llega flaca al parto, según monitoreos del INTA Cuenca del Salado. Esa ineficiencia reproductiva estructural es al mismo tiempo el mayor problema del sector y su mayor oportunidad.

En La Pampa, donde la ganadería de cría constituye la base productiva de gran parte del territorio provincial, este momento exige una lectura doble. Por un lado, aprovechar los precios históricos con inteligencia comercial, sin liquidar vientres impulsivamente ni perder de vista el flujo futuro de terneros. Por el otro, releer el mapa de rotaciones con honestidad: cuánta superficie se puede destinar a pastura perenne, cuánto nitrógeno puede volver al sistema sin pagar urea, cuánto margen puede recuperar la agricultura en el ciclo siguiente si el suelo recibe dos o tres años de raíces, materia orgánica y deyecciones bien manejadas. La ganadería, en este sentido, no compite con la agricultura: la financia. San Ignacio de Loyola tenía una máxima que los mejores empresarios ganaderos parecen haber internalizado antes que nadie: "En tiempos de tribulación no hagas mudanza; en tiempos de consolación, siembra." Este es, sin lugar a duda, tiempo de sembrar: pasturas, infraestructura, eficiencia reproductiva y visión de largo plazo. Quien siembre bien hoy cosechará carne y granos cuando el ciclo gire.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- "X": @MARIANOFAVALP

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