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El estrecho que nos aprieta: Ormuz y el dilema de la siembra de trigo

La siembra de trigo en la Pampa argentina es mucho mÃs que un acto agronómico
La siembra de trigo en la Pampa argentina es mucho más que un acto agronómico.
Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Existe una vieja máxima del mundo financiero que reza que cuando Wall Street estornuda, el mundo se resfría. Hoy, con la misma lógica implacable, podríamos afirmar que cuando el Estrecho de Ormuz tose, Argentina tiene fiebre. Ese corredor de apenas 54 kilómetros en su punto más angosto, enclavado entre Irán y Omán, se ha convertido en el nudo gordiano de la logística energética global, con consecuencias directas y dolorosas para el agro argentino en vísperas de una siembra de trigo que se avecina cargada de incertidumbre.

El dato es contundente y no admite interpretaciones benévolas: por ese estrecho transita aproximadamente el 20% del crudo mundial y el 17% del gas natural licuado global, constituyéndose en el cuello de botella energético más sensible del planeta. Las tensiones entre Estados Unidos e Irán tras el fracaso de sucesivas rondas de negociación que el régimen de Teherán se encargó de desmentir públicamente, aun cuando la Casa Blanca señalaba avances, han mantenido al mercado de crudo en una volatilidad que castiga asimétricamente a las cadenas productivas dependientes de derivados fósiles. El Brent ha oscilado en rangos que tensionan los modelos de costos de cualquier empresa agropecuaria medianamente profesionalizada.

Para quienes conducimos empresas del agro o asesoramos a las que lo hacen, la ecuación es brutal en su simpleza: los insumos de base petrolera no reconocen pausas ni piedad. El gasoil, columna vertebral de la logística agrícola, representa entre el 8% y el 12% del costo directo de producción de un cereal en la región pampeana. Los fertilizantes nitrogenados, cuya síntesis industrial depende del gas natural, y los agroquímicos (insecticidas, herbicidas y fungicidas), cuya cadena de valor está íntimamente ligada al precio del barril, completan una estructura de costos que ha escalado en términos reales mientras los precios de los cereales y oleaginosas permanecen anclados en una meseta que no condesciende con las expectativas del productor.

La soja disponible cotiza en torno a los 430.000 pesos por tonelada, bases que en puertos argentinos la ubican en valores que, deflactados por la evolución de los costos de producción, representan márgenes de contribución sensiblemente inferiores a los de las últimas campañas. El trigo, con precios internacionales deprimidos por la sobreoferta derivada de las cosechas récord de la campaña europea y australiana, ofrece negocios en los cuales la rentabilidad por hectárea en zonas marginales de La Pampa, oeste bonaerense o sur de Córdoba puede tornarse negativa sin mayor esfuerzo aritmético.

En este escenario, el comportamiento del productor pampeano frente a la compra de insumos no es irracional ni reflejo de indecisión: es la expresión más pura de la racionalidad económica. Si los agroquímicos van a aumentar de precio, y todo indica que lo harán en la medida en que el conflicto en Ormuz escale o se prolongue, la pregunta estratégica no es si comprar, sino cuándo. Y la respuesta que la aritmética ofrece es contundente: no tiene sentido capitalizar insumos para cubrirse de un aumento si la contracara es vender el grano a un precio que aún no recogió lo que pasa en el mercado mundial de la energía. Es la paradoja del productor atrapado entre dos curvas divergentes: la del costo que sube y la del ingreso que no acompaña.

Esta demora en las decisiones de compra de insumos para la próxima siembra de trigo, que en la región pampeana se inicia entre mayo y junio, genera una tensión comercial relevante en toda la cadena: los distribuidores de agroquímicos y fertilizantes operan con stocks que no rotan al ritmo esperado, los canjes de granos por insumos se estancan y las mesas de dinero de las empresas agroindustriales observan con preocupación creciente cómo la demanda de contratos a fijar no materializa el volumen histórico.

El escenario macroeconómico local agrega capas adicionales de complejidad. Según informes especializados en materia financiera durante abril de 2026, el Banco Central ha iniciado un programa de acumulación de reservas con el objetivo de incorporar entre 10.000 y 17.000 millones de dólares durante el año, con compras que en lo que va del programa han representado aproximadamente el 17% de lo operado por rueda en el Mercado Libre de Cambios. Las reservas internacionales brutas han alcanzado su nivel más alto desde 2021, aunque las netas permanecen en terreno negativo.

En este contexto, la baja de las tasas de interés en pesos, consecuencia directa de la mayor liquidez generada por las compras del BCRA, redefine el costo de oportunidad del productor que retiene granos. Si antes la tasa en pesos incentivaba la venta de granos para colocar en tasa, eso hoy ha cambiado, incluso las colocaciones en pesos empiezan a "pintarse de verde". La demora en la venta de granos no es especulación pura: es gestión de riesgo financiero en un entorno donde las señales son contradictorias y la confianza institucional se construye con paciencia y reservas.

La siembra de trigo en la Pampa argentina es mucho más que un acto agronómico: es una declaración de fe en el negocio, una apuesta de capital inmovilizado durante meses y una señal adelantada del ánimo inversor del sector. Con costos por hectárea que en zonas de alto potencial superan los 450 dólares para campo propio, financiados en buena medida con capital genuino de la empresa o crédito comercial en canje futuro por grano (forward), la ecuación exige una certidumbre mínima que hoy el mercado no provee.

El productor pampeano es, en definitiva, un tomador de precios en ambos extremos de su cadena de valor: compra insumos en mercados que responden a dinámicas globales (el Estrecho de Ormuz, las cotizaciones del gas natural, la oferta mundial de urea, etc.) y vende granos en mercados igualmente globales donde su peso individual es insignificante. En ese intersticio, la gestión empresarial de primer nivel, la que practica quien asesora o conduce compañías con superficies de escala, se convierte en el único diferencial disponible.

En el Martín Fierro, José Hernández escribió: "El que vive de la esperanza / muere de la desilusión". La esperanza sin análisis es especulación; la espera con fundamento es estrategia. El productor pampeano que hoy dilata la compra de insumos y retiene su cosecha no está apostando a la ruleta: está leyendo el tablero con los ojos bien abiertos, sabiendo que la geometría del mundo, incluido ese estrecho que no figura en el mapa mental de muchos, tiene más influencia sobre su resultado que cualquier pronóstico agronómico. El que entienda esa complejidad y actúe en consecuencia habrá dado el paso que separa al chacarero del empresario.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos - "X": @MARIANOFAVALP

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