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EL DIARIO digital
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La ganadería argentina atraviesa en 2026 un momento particular. Los precios de la hacienda muestran firmeza relativa, las exportaciones se sostienen en niveles altos y el negocio vuelve a ser atractivo en muchas regiones. Sin embargo, el verdadero desafío ya no está solamente en el valor del kilo producido, sino en cómo se organiza el sistema para sostener productividad en el tiempo.
En provincias como La Pampa, donde la variabilidad climática marca el ritmo productivo, la ganadería moderna se está redefiniendo. El eje ya no es únicamente cuántos animales entran o salen del campo, sino cómo se combinan suelo, pasto y grano para lograr un sistema estable y rentable.
Durante años, la agricultura continua fue ocupando superficie y simplificando las rotaciones. El resultado, en muchos casos, fue una caída gradual de la fertilidad y una mayor presión de malezas difíciles. En ese contexto, la ganadería vuelve a ocupar un lugar central, no como actividad secundaria, sino como parte del equilibrio productivo.
Las pasturas perennes, especialmente las basadas en alfalfa, cumplen un rol clave. No solo producen grandes volúmenes de forraje de calidad, sino que además aportan nitrógeno al suelo a través de la fijación biológica. Ensayos históricos del INTA han mostrado que una alfalfa bien manejada puede incorporar cantidades muy significativas de nitrógeno por hectárea a lo largo de su ciclo.
Esto tiene impacto directo en los números. En un escenario donde fertilizar resulta cada vez más costoso, una buena pastura funciona como fábrica de nutrientes y como reserva de productividad futura. No es un gasto: es una inversión en el sistema.
Cada vez resulta más evidente que los esquemas mixtos son los que mejor se adaptan a los ciclos productivos. Una fase ganadera con pasturas permite recomponer estructura y fertilidad del suelo, mientras que la fase agrícola aprovecha ese capital acumulado.
Este esquema no es nuevo. Lo novedoso es que hoy aparece nuevamente como la alternativa más lógica frente a los costos crecientes y la necesidad de sostener rindes. Muchos productores están redescubriendo que la rotación no es solo una práctica conservacionista: es una herramienta económica.
La clave está en entender los tiempos del sistema. Una pastura no solo produce forraje; también deja un lote en condiciones para los cultivos que siguen. Cuando ese efecto se capitaliza, el resultado global mejora.
Otro elemento central en la ganadería actual es el uso del grano. En los últimos ciclos, el maíz ha mostrado precios relativamente accesibles frente al valor de la carne, lo que abre oportunidades claras para la suplementación y la terminación.
Sin embargo, la experiencia demuestra que el grano funciona mejor como complemento que como base exclusiva del sistema. Las dietas extremadamente cargadas de energía pueden acelerar la ganancia diaria, pero también elevan costos y riesgos sanitarios.
Los sistemas más eficientes combinan pasto, reservas forrajeras y suplementación estratégica. De esta manera se logra:
-acortar los ciclos productivos
-sostener carga animal más alta
-mejorar la regularidad de ventas
-reducir la dependencia del clima
El grano no reemplaza al pasto; lo ordena.
Si hay un punto donde se juega buena parte del resultado ganadero anual, es en la disponibilidad de pasto durante el invierno. La experiencia reciente muestra que los verdeos invernales son cada vez más importantes para estabilizar la producción. No se trata solo de sumar kilos de materia seca. El verdeo permite sostener carga, evitar ventas apuradas y ordenar el uso de las pasturas permanentes. Cuando se logran buenas producciones, su costo por kilo de carne generado resulta muy competitivo.
Por eso, la planificación forrajera empieza cada vez antes. El barbecho oportuno, la elección correcta de especies y la definición del destino del lote son decisiones que hoy pesan tanto como la compra o venta de hacienda.
El negocio ganadero argentino siempre se caracterizó por su capacidad de adaptación. Hoy esa cualidad vuelve a ser necesaria. Los sistemas más sólidos no son los más grandes ni los más intensivos, sino los que logran integrar correctamente los componentes productivos.
El productor competitivo ya no piensa la ganadería como actividad aislada, sino como parte de un esquema donde todo está conectado: el suelo que produce el pasto, el pasto que alimenta al animal, el animal que transforma ese recurso en ingresos.
En definitiva, la lógica ganadera actual se parece bastante a la de siempre, pero aplicada con mayor precisión técnica. No se trata de inventar nada nuevo, sino de volver a ordenar el sistema con criterio productivo.
La ganadería argentina sigue teniendo una ventaja clara: puede producir carne apoyada en el pasto y complementada con tecnología. Pero esa ventaja solo se mantiene si el sistema está equilibrado. Cuando el suelo responde, el pasto acompaña y el grano se usa con criterio, la ganadería deja de ser una apuesta incierta y vuelve a ser un negocio previsible.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP