Filosofar siendo un niño

Por Eduardo Luis Aguirre

Desde hace aproximadamente tres siglos, cuando occidente produjo la invención de indudable rentabilidad de la categoría de niñez, se produjo un cambio discursivo fenomenal en materia de DDHH de niñas y niños (1).

Hasta ese momento, la infancia y el derecho que de ella se ocupa carecían absolutamente de una presencia significativa en el maltratado mundo de los derechos humanos de la colonialidad.

Desde entonces, los cambios normativos trocaron conceptos, mutaron formas de protección de los derechos, crearon una jerga amable alrededor de niñas y niños, sin lograr en modo alguno remover las bases de su situación de objetiva privación. Lo que ocurre, vale destacarlo, con todos y cada uno de los derechos de clave occidentocéntrica que, una vez transformados en normas jurídicas, se asumen automáticamente como “cambios de paradigmas”.

En los casos de niñas y niños, esta frustración entre lo que se enuncia y lo que se aplica no viene acompañada de sorpresa alguna. De hecho, la noción de infancia alude a alguien que no tiene voz (2). Etimología preocupante por cierto, toda vez que implicaba una cancelación de la subjetividad de millones de seres humanos que eran confinados a la inmadurez, la falta y la carencia. Los niños siempre fueron, de tal suerte, analizados en función de una carencia, de una falta, de un no ser.

Desde su pretendida inmadurez hasta la inexperiencia por el escaso tiempo vivido o la sistemática vulneración de sus derechos, siempre fueron materia de “tutelaje” y “protección”.

En ese contexto, también el pensamiento de los niños fue siempre subestimado. Con mayor razón, la capacidad de estos de filosofar y comprender desde su universo simbólico las peculiaridades del mundo que habitan.

La condición adultocéntrica hegemónica, desde entonces, tiende a desvalorizar y subalternizar la densidad de los pensamientos tempranos. Los de la situación del niño que observa incansablemente, sin mediación alguna, desde su aquí y ahora.

El pensamiento y la observación ininterrumpida recrean por primera vez en la niñez la anchura ampulosa del horizonte, a través de relaciones originales y propias. Prescindentes de las técnicas y los métodos de observación de un objeto de conocimiento que ensaya la sociología clásica. Desde la imaginación de siluetas casi trágicas en las generosas lunas llenas hasta la audacia de intentar entender la singularidad, el interior y la humanidad íntima de sus semejantes por sus gestos, su voz, su caminar, su olor o las particularidades de una jerga o las formas de construcción de los vínculos comunitarios que nunca pasan inadvertidos a los niños y niñas.

Con todo, probablemente esos pensamientos de rumbo aparentemente anárquico y un añadido mítico inexorable son los que nos permitieron esculpir una forma primera de conocimiento y comprensión del universo. Prieta, local, plagada de horizontes, estrellas, aromas, sonidos, personajes y perplejidades. Pero una forma al fin de cotejar el cielo y la tierra.

La observación pertinaz de este universo imaginado como de incomparable feracidad nos permite ensayar preguntas, inaugurar dilemas, entramados y vínculos posibles, todos ellos ricamente imaginarios. Nunca pensamos como cuando somos niños. Quizás la dimensión real de las geografías se pierda en la inexactitud con que la memoria tributa al tiempo transcurrido.

Pero nunca, en ese entonces, habremos de perder la ininterrumpida esgrima de ese caos inevitable, esa rutina de entramar el paisaje con los pensamientos más diversos, más libres, menos condicionados por la razón sobreviniente de los años. El pensamiento desborda, en los tiempos tempranos del sujeto, los cánones del mero observador participante.

El niño se identifica y se sabe parte del paisaje. Más aún, lo diseña y lo construye, detenido en la contemplación impiadosa de la naturaleza diabólica y la realidad siempre inasible e inabarcable del cosmos. Como en el caso de los antiguos, todo cobra vida en ese universo simbólico. Todo adquiere una forma que, aunque no siempre reconocible, se torna inexorablemente presente y nos asedia. Un árbol, un animal, el viento, las piedras, el firmamento y las estrellas que por miles imponen un ritmo indescifrable a las vidas, a las otras vidas, que también imaginamos.

La diferente ponderación del tiempo, como un valor agregado, prolonga el pensamiento, lo estira sin prisa, lo administra con una generosidad que en la adultez parece imposible. Porque con el transcurrir de los años el tiempo pasa a ser una moneda de cambio. Y en muchos casos la banalidad de los diálogos circunstanciales y operativos -que dotan de sonido a los espacios comunes- sustituye la inversa relación infantil donde una vida interior acompasada, rumiada, paciente, instituye las metáforas de la creatividad y la imaginación por sobre la palabra de ocasión.

La adultez significa, entonces, un retroceso existencial del sujeto, una alienación totalizante que obtura la posibilidad de revivir los prolongados momentos del “estar situado”. Ese que, únicamente, se verifica como un patrimonio excitante de la niñez, del niño arrojado al mundo, de un “dasein” indígena mucho más vinculado al estar que al ser. Un ser individual y antropocéntrico, legatario resignado y manso del idealismo hegeliano. El estar antecede al ser. La preocupación por este último ha sido una creación del mencionado idealismo alemán y atiende las angustias existenciales de las nuevas subjetividades paridas por la modernidad europea. Hombres, blancos, adultos y propietarios.

El homo economicus, agobiado por las transformaciones sociales de la época que lo interpelan, lo sacuden y lo obligan a competir en una sociedad nueva dotada de un nuevo sentido. La preocupación por el ser es, entonces, la preocupación de los hombres en un capitalismo eurocéntrico en pleno proceso de consolidación. Eso significaría, en las nuevas lógicas, el antropocentrismo de la modernidad de “ellos”. La que, para nosotros, los americanos, comenzó mucho antes, un 12 de octubre de 1492.

En América, la preocupación de los antiguos se expresa en un estar situado en el cosmos y en intentos reiterados, permanentes -seguramente también fallidos- de ordenar las coordenadas del paisaje y de la enorme vegetalidad que lo constituye. Esa preocupación se encarna, en la actualidad y después de siglos de colonización de las subjetividades de los americanos, en el pensamiento libre, todavía no capturado ni alienado de los niños y niñas que aún gozan del arropamiento de la “comunidad”. Es mucho más difícil que ello ocurra en las ficciones europeizantes que conforman las ciudades desprovistas de comunitarismo. La cultura citadina, cosmopolita al fin, arrasa con lo que pudiera quedar en pie de las subjetividades que no se inscriben en el fabuloso proceso de aculturación que propone el capital en su versión neoliberal.

“De ahí el continente mestizo. América toda se encuentra irremediablemente escindida entre la verdad de fondo de su naturaleza demoníaca y la verdad de ficción de sus ciudades”, dice Rodolfo Kusch (2). América, los americanos, todos ellos, portan un mestizaje que más que un tipo de hombre (adulto) indica un momento transaccional entre opuestos, aunque se exprese finalmente como el contacto entre el blanco y el indio.

(1) “La infancia, ese invento moderno”, disponible en file:///C:/Users/user/Pictures/La%20infancia,%20un%20%E2%80%9Cinvento%20moderno%E2%80%9D%20-%2007_08_2013%20-%20Clar%C3%ADn.com.html
(2) https://www.youtube.com/watch?v=rLzkypuYmis
(3) Obras completas, Tomo I, p. 22, disponible en https://ifdc6m-juj.infd.edu.ar/aula/archivos/repositorio/500/579/Kusch-Rodolfo-Obras-Completas-Tomo-I.pdf

Temas en esta nota: