Alerta por “malezas problema”

Por Mariano Fava (*)

Ya nos hemos referido en reiteradas oportunidades en esta misma columna al desafío mayúsculo que están representando en las últimas campañas agrícolas las malezas resistentes al herbicida comúnmente conocido como “glifosato”. Sin embargo, el tema lejos está de haberse agotado, muy por el contrario es más vigente cada día. Año tras año acumulamos más experiencia, datos y conocimiento al respecto, siendo nuestro deber compartir esto en un lenguaje claro, para que el amigo lector, que habitualmente sigue esta columna, se ponga al corriente. En efecto, si bien los ingenieros están alertados sobre este grave problema que aqueja a la agricultura actual, vemos que muchas veces la información no llega “tranqueras adentro”, siendo vital que lo haga a la mayor brevedad posible, pues un productor que no maneje adecuadamente algunas de las malas hierbas que más adelante vamos a mencionar, le significará en un futuro inmediato (no más de tres años) un gasto extra de ente 100 y 150 US$/ha año para mantenerlas a raya, a un nivel compatible con la producción en esos potreros infestados. El panorama de las malezas resistentes a glifosato que amenazan al productor de la provincia de La Pampa lo podemos resumir en tres:

1.Rama negra

2.Yuyo colorado o amaranthus sp

3.Cloris, en sus variantes dicloris y tricloris

De las tres mencionadas, el yuyo colorado es la más agresiva de todas y la que mayores problemas puede llegar a ocasionar si se difunde en el campo. Cloris en general se presenta en manchones, es de menor virulencia, pero más difícil de evidenciar y controlar por el productor, ya que en el caso del yuyo colorado, al rotar con gramíneas simplificamos mucho su manejo por poder emplear herbicidas hormonales como dicamba o 2,4 D para eliminarlo eficientemente. En cambio, cloris es complicado su control y se restringe la “batería de químicos” de contacto post emergentes que podremos utilizar. Quizás en los híbridos de maíz resistentes al “glufosinato de amonio” se encuentre una herramienta importante para, al menos, disminuir los daños que esta mala hierba produce, pues al presentarse en manchones tan evidentes es posible pensar en hacer una aplicación de tipo “manchoneo” en los potreros afectados, antes que la maleza continúe propagándose, ocupando progresivamente un área mayor y afectando las especies ahí establecidas. Por descarte llegamos a la tercera mala hierba a tratar en esta columna: la “rama negra”. De las tres especies que hoy nos ocupan, ésta es la que menos desafío presenta, sobre todo si incursionamos en el uso de los herbicidas residuales, que actúan tanto en las plántulas de rama negra recién nacidas, como en los simientes presentes en el banco de semilla edáfico, inhibiendo su germinación.

Como mencionamos en la columna de la semana pasada, cuando analizamos los caldos de aplicación más difundidos en la mayor parte de la superficie agrícola nacional, vemos un abuso de glifosato y de una familia de herbicidas conocidas como sulfoniureas, y la razón es fácil de explicar. Ocurre que son químicos muy eficientes y económicos, sin embargo esta simplificación de los tratamientos, atacando siempre el mismo sector de la ruta metabólica de una maleza, hace que aparezcan con el tiempo mecanismos de resistencia o tolerancia a esos tipos de herbicidas. Como agravante, la mayoría de las sulfoniureas usadas son de fuerte acción residual, con lo cual podemos tener problemas de toxicidad en el cultivo siguiente en la matriz de rotación, como por ejemplo cereales de invierno con síntomas de toxicidad a herbicidas residuales empleados en soja.

La tendencia moderna por parte de técnicos y compañías proveedoras de agroquímicos es ir hacia la mezcla de productos de diferentes sitios de acción, solapando la acción residual de diferentes familias de herbicidas en una especia de “posta”. Así, por ejemplo, se aplica un químico residual en agosto, otro en octubre de diferente familia de herbicida, para finalmente en noviembre/diciembre, cuando se plante el cultivo, pulverizar con un preemergente de fuerte acción residual de diferente mecanismo de acción a los antes usados. Esto, si bien encarece levemente los tratamientos, al bajar la dosis de glifosato y evitar los tratamientos de rescate terminan siendo inversiones más o menos similares medidos en dólares por hectárea (levemente superiores si se trabaja bien).

Vale aclarar que emplear estrategias tales como cultivos de cobertura, rotación con cereales de invierno, demorar la fecha de siembra para lograr que nazcan las malezas problemas y tratarlas en el momento crítico (inicios de emergencia) antes de sembrar el cultivo son alternativas culturales válidas que conviene evaluar con nuestro ingeniero asesor.

Para finalizar, diremos que cuando la situación se nos “sale de control”, podemos “resetear el sistema” con una labranza (sobre todo en años húmedos como el actual), para luego establecer un cereal de invierno o un cultivo de cobertura. No es recomendable arar para seguir con una especie de verano, pues la primavera es ventosa, lo que aumenta el peligro de erosión eólica, y al ser más calurosa esa estación, complica la economía del agua de una manera mucho más severa que en el caso de los cultivos de invierno. Si a un banco de semillas de yuyo colorado se lo entierra más de 7 centímetros por un proceso de labranza, el mismo disminuye su poder germinativo en más de un 90%. En resumen, disponemos de un sinnúmero de herramientas culturales y químicas para hacer frente a las malezas problema. Como consejo final, tenemos que tener en claro que se deben usar herbicidas residuales, que los de contacto (post emergencia de maleza) son tratamientos de rescate por si fallamos con los anteriores, y debemos cuidar los herbicidas con los que contamos, ya que por al menos a diez años vista, no se esperan nuevas moléculas de herbicidas al alcance de los técnicos y productores.


(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) - Posgrado en Agronegocios y Alimentos - @MARIANOFAVALP

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