El Nuevo Salitral, una vida en comunidad

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“Ayudarse entre todos nos da más ganas de salir adelante”, destacó uno de los vecinos entrevistados por El Diario. El asentamiento que ya es casi un barrio. Los sueños y la solidaridad de quienes construyen su futuro entre todos.

Pasar de ser un número a mezclarse y unirse entre varios para hacer crecer lo propio. El Nuevo Salitral crece a pasos de gigante. Chico queda ya nombrarlo como un asentamiento: es casi un barrio, donde ya están instaladas más personas que en varios pueblos de La Pampa.

La mirada piadosa del resto de la ciudad a ese conjunto hoy de ranchos y chaperíos queda fuera de foco frente a la convicción de quienes hoy, por fin, por primera vez en su vida, encaran el sueño del techo propio.

Quien piensa que ir a ocupar terrenos que quizá pertenecen a otro -privado o Estado- es irregular también debería fijarse cuánto de irregular hay en vivir en una casa de ladrillos y piso de tierra sin baño, bajo un techo de chapa que los días de tormenta es una catarata, entre cinco familias, veinte personas en total, con ropa, comida y cualquier elemento personal amontonados donde se pueda.

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Así vivía Gustavo con su compañera y su tres hijos. A menos de media cuadra de donde ahora está levantando cimientos ayudado por José y los suyos, y otros nuevos vecinos que todos los días forman un conjunto de personas que han decidido dejar de soñar con loterías y tomar el futuro con sus manos.

“Nos conocimos acá. Empezamos a darnos una mano entre nosotros y vimos que podíamos salir adelante todos juntos en la comunidad que se armó”, le cuenta Gustavo a El Diario en el mediodía de ayer, durante un descanso en el trabajo.

“Ayudarse entre todos nos da más ganas de salir adelante”, agrega José. Ese ayudarse implica todo lo literal de la frase: ayudar con los cimientos, con la limpieza del lugar, con la comida, juntar pañales, llamar al dueño de los contenedores que están desparramados por el lugar para que se los lleve.

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Esos contenedores tapados por los yuyos eran el único paisaje que había en el lugar cuando llegaron decididos a instalarse. Y basura. Esa zona era usada para tirar basura. Ahora son terrenos limpios donde hay gente viviendo.

“No agarramos los terrenos de camping. Acá hay familias y ojalá se arme un lindo barrio. Tratamos de contagiar al que por ahí ve malas noticias de que también hay buenas. Yo vengo de una casa donde éramos cinco familias y veinte personas. Las asistentes sociales vinieron un montón de veces y... ¿dónde está esa información?”, repite Gustavo, que lleva al cronista de El Diario a conocer esa vivienda que está a menos de 30 metros. Una casa construida en una esquina, con una cochera y cercos pero que da la idea del hacinamiento en el que se ven amontonados quienes allí están.

El rancho armado con chapas, aberturas y lonas de Gustavo no es mucho más confortable. Pero es propio. Ahí hay camas, una cocina y una pantalla para calentarse y está por instalar una salamandra. Ahí duerme con su familia. “Dormimos acá más que nada para cuidar el lugar, porque están todos medio como locos queriendo agarrar terrenos”, cuenta casi como aclaración.

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José está con los suyos ahí nomás, y más allá hay otros y así ya hasta los terrenos linderos con la Isla de los Niños. Casi dos centenares de familias. Gente grande, jóvenes, niños. Familias como las de José y Gustavo que en sus veintipico o treinta están buscando su lugar.

Allí comen todos juntos, poniendo un poquito cada uno. Cuentan que ellos hacen changas y tienen “montones de oficios”, que van desde hacer fletes con una camioneta hasta arreglar muebles, con los que se ayudan para juntar algo de dinero “y por eso podemos comprar cosas”. “Compramos dos o tres bolsas de pórtland y es una para mí, otra para vos y otra para allá... Compramos comida, material y tratamos de salir todos juntos adelante”, resumen.

Y aunque les han llevado varias donaciones, aclaran: “Nosotros podemos salir adelante por nuestra cuenta. No queremos que la sociedad tome un compromiso”.

“Acá hay gente grande y tratamos de hacerle llegar cositas de primera necesidad. Nosotros no queremos pedir nada. Pero la gente sola se pone una mano en el corazón y viene a solidarizarse. Obvio que hay chicos que necesitan pañales, y otros, otras cosas...”, cuenta José.

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El cronista pregunta si apareció alguien del municipio o la Provincia y explican que vinieron dos asistentes sociales después de que la noticia del asentamiento salió en los diarios.

Cuentan que vinieron esas dos asistentes con la misma mueca de escepticismo que tienen cuando recuerdan que a la casa de la esquina donde estaba Gustavo fueron tres veces las asistentes sociales, y ahí están...

Pero esa mueca escéptica no tiene resentimiento ni intención de reclamar mucho. Es la misma con la que cuentan lo literal de la realidad diaria mientras muestran otra parcela donde una familia toma mate: “Esto es consecuencia del macrismo. Ahora ni aunque juntes 15.000 pesos en un mes podés arreglarte. Con Cristina podías llenar un changuito, ahora comprás cuatro cosas para los chicos y ya gastaste mil pesos. Es imposible así”.

Y pegado a eso marcan otro par de contenedores llenos de basura que están ahí desde hace por lo menos seis años. Justo al lado de donde la familia toma mate. “Estamos esperando que el dueño venga y los retire. Estamos esperando porque necesitan abrir y hacer cimientos”, dice José.

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