Añorando la siembra directa

Por Mariano Fava (*)

Para los ingenieros que nos formamos “de cuna” con el sistema de producción de siembra directa, siempre nos resultó natural abrazar esta modalidad de producción. En lo que a labranza se refiere, la misma siempre quedó relegada a situaciones muy puntuales, como por ejemplo campos alquilados de manera tardía que había que “acomodar” apresuradamente a los efectos de poderlos sembrar, lotes de relieve irregular que necesitaban emparejarse para una posterior eficiente trilla de soja, ya que la misma requiere de una superficie plana para el buen funcionamiento de los patines flotantes de la plataforma de recolección. También se podía recurrir a la labranza cuando encontrábamos potreros que por alguna eventualidad, como podría ser una encajadura de maquinaria, requerían un trabajo sectorizado de arada para “borrar cicatrices” en el suelo, y finalmente los laboreos de los perímetros de los campos para evitar el desarrollo de incendios. Fuera de estas coyunturas, no se recurría en general a la labranza, al menos en la magnitud en que se hizo en la presente zafra agrícola en La Pampa. Al decidir intervenir un campo con un implemento de labranza, se empiezan a suscitar una serie de cuestiones positivas y negativas. Dentro de los aspectos positivos de inclinarse por el laboreo tradicional de los potreros podemos enumerar:

1. Facilidad de eliminar malas hierbas con alto grado de tolerancia o resistencia a herbicidas.

2. Disminución de los requerimientos de fertilizantes por mayor oxidación de materia orgánica que entrega nutrientes a los cultivos.

3. Posibilidad de emparejar la superficie de los potreros.

4. Eliminar una cantidad superior de humedad, lo que favorece el oreado de los lotes con problemas de anegamiento.

Sin embargo, labrar los campos nos ha dejado expuestos a una serie importante de contratiempos respecto de los cuales no estábamos acostumbrados:

1. Problemas operativos por trabajos sustancialmente más lentos. Resulta evidente advertir que arar es mucho más lento que pulverizar, y del mismo modo sembrar sobre un lote en directo es más rápido que hacerlo en un campo labrado si queremos hacer un trabajo correcto.

2. Poca duración de la humedad en la capa de siembra que reduce la ventana efectiva de siembra luego de una lluvia. Esto afecta la capacidad operativa de los productores cuando tienen que plantar extensiones considerables.

3. Mayores coeficientes de roturas y mantenimientos de los implementos agrícolas.

4. Susceptibilidad a la erosión hídrica y eólica.

5. Mayor consumo de gasoil.

Dicho esto queda claro que el empresario agrícola pampeano ha tenido que recurrir contra su voluntad, al arado de doble acción como una manera eficiente, rápida y segura de salir de toda una serie de problemas que le planteaban los excesos hídricos. Entre los más destacados podemos mencionar malezas en estados avanzados de control virtualmente imposibles con herbicidas a dosis lógicas, dificultad de transitar los potreros con pulverizadores y sembradoras pesadas de siembra directa, como así también la necesidad de aumentar la evapotranspiración de los potreros vía el desarrollo exuberante de la maleza como bomba extractora de agua y luego una labranza como una manera de ponerlos nuevamente en producción. Sin embargo, si bien coincidimos que la labranza fue la manera correcta de salir de la coyuntura complicada en la que nos encontrábamos, no es menos cierto que añoramos que pase rápido esta situación y que pronto podamos volver al sistema de siembra directa, el cual nos da una incontable ventaja que hace el sistema más adecuado para la producción agrícola-ganadera.

(*) Ingeniero agrónomo (MP: 607 CIALP) - Posgrado en Agronegocios y Alimentos - @MARIANOFAVALP

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