Una testigo confirmó que el médico Pérez Oneto presionaba a las víctimas del "terror"

Susana Berdasco era una joven docente cuando fue secuestrada y prescindida. Al retomarse las audiencias del juicio por la Subzona 14 describió su detención “de terror” y le apuntó al médico acusado.

La profesora de Literatura, Susana Berdasco era docente, ayudante, en la UNLPam y fue secuestrada el 9 de noviembre del ’75 en Santa Rosa. Estuvo diez días presa. Perdió el trabajo en la facultad. Recién en democracia volvió a dar clases en secundarios y se jubiló como docente hace pocos años. En su declaración apuntó claramente al rol que tenía el médico policial, Máximo Pérez Oneto, de presionar a las víctimas que eran interrogadas.

No pudo identificar a sus captores, pero reconoció al médico. “Me sentí violentada por sus palabras. Él tenía el convencimiento de que algo había hecho, que me hacía la viva. Este señor se pasea por las calles de Santa Rosa. Debiera haber tenido cordura y humanidad conmigo”, dijo.

Al final de su testimonio, se tomó una pausa para la relfexión. “Estoy rodeada de quienes fueron mis verdugos. Nos atacaban porque éramos jóvenes, porque creíamos en el avance de la ciencia. No se sabía bien por qué. Yo caí, siempre pienso que no debiera haber firmado esa declaración falsa, pero también pienso que hoy me toca esto, seguir diciendo con firmeza que tenemos que colaborar en reconstruir esa memoria con el testimonio que podamos y, por supuesto, la justicia tiene que reparar la historia”, apuntó.

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De terror

“Fui detenida en la calle Olascoaga, donde vivía la profesora Adriana Culzoni, de cuya cátedra era ayudante. Fue pasadas las 9 de la noche, íbamos a ir al cine. Compartían la casa con un matrimonio, ella médica de salud del Servicio Provincial y el profesor universitario, y otro ocupante, el doctor Roque Mafran, un oculista, que quedó detenido con nosotras”, explicó.

“La detención fue de terror. Yo estaba en el baño, cuando sentí el timbre, varias voces. Allí inmediatamente pensé en un error. Se abrió la puerta del baño y apareció el caño de una ametralladora. Quedé paralizada, horrorizada, inmediatamente acudió la profesora y me dijo que el Ejército había allanado con la policía provincial y Federal”, prosiguió.

“Comenzó lo que nunca más viví, un allanamiento, con toda la torpeza y brutalidad con que se hace eso. Escuchábamos música, tiraban todos los discos al piso en tanto tiraban libros y ropa de los placares. Me impactó que en otra habitación, en otro cuarto, Mafran tenía una mesa con un mantón de su mamá y sobre eso estaban todos los lentes que usaba para su trabajo. Vi horrorizada, tiraron del mantón y cayeron todas las lentes al piso”, indicó.

Y siguió: “Quedó la casa desolada después de esa batahola y alguien de la Policía Federal dijo que quedábamos detenidos. Ya se van a enterar por qué, nos dijeron. A las 12.30 salimos, vivimos tres horas en esa situación. Nos subieron a un carro de asalto abierto y nos llevaron a la jefatura de Policía. Estuvimos más de una hora en la calle. La custodia eran dos agentes de la policía provincial. Intentaban hablar con nosotros y ya se había corrido la versión del allanamiento, entonces pasaban los periodistas y nos fotografiaban”.

“Nos llevaron a un subsuelo, un fotógrafo nos tomó las fotos para el prontuario. Y fuimos llevados muy de madrugada a la Primera, otro impacto, fuimos las dos metidas a una celda cuyo hedor nos dejó paralizadas. Las paredes estaban orinadas, muy sucia. Quedamos allí en una tarima de material con una esponja que terminamos usando como colchón para descansar”, continuó.

“No recibimos comida. Yo estaba una dolencia, tenía infección urinaria y reclamé si me podían asistir buscando el medicamento. A la noche, fui llevada a la planta alta, porque un médico me iba a revisar. El médico tuvo una conducta por demás lesiva, presionó aduciendo que buscaba un pretexto, que todas queríamos tener una coartada. Hizo el ademán de empujarme para que me sentara en un sillón”, confió.

“Fruto de tanta emoción junta, y además de no haber comido, sufrí un desmayo, breve. Al reaccionar, vi algunos uniformados enfrente, habían abierto un ventana para reanimarme. El médico insistía con que parara con la farsa, que no hacía falta que me desmayara. Esos uniformados estaban vestidos de azul”, precisó. “Recién después volví a la celda y fueron a mi casa a traerme los medicamentos”, añadió.

Dijo que recién la sacaron del lugar después de una semana, a una visita con familiares, una hermana adolescente, unos tíos y la abuela con la que vivía. Días después sacaron a Adriana Culzoni la sacaron de la celda a la mañana. A la tarde la llevaron a una oficina. Un oficial le dio un escrito para leer que le otorgaba la libertad. “Le dije que era mentiroso, que nunca me habían interrogado. Era joven, rubio, y me dio que la firmaba o me quedaba. La audacia duró poco porque yo firme”, confesó, entre llantos.

“Salí y aquí estoy, es la tercera vez que comparezco, solo que en otro contexto”, dijo. “Tuve un impacto muy grande al darme cuenta que no me dieron los documentos. Después de unos meses, se los dieron a mi padre, un comisario que había ingresado casualmente a esa comisaría y había sido el comisario de mi pueblo, de niña, Guevara Nuñez, se los consiguió”, puntualizó.

“Eso sirvió como respaldo para que apareciera en la primera lista de desaparecidos del Nunca Más. Me llamaron de La Arena porque figuraba allí. Sin documentos, sin trabajo, con los sueldos retenidos, era más vulnerable que otros”, dijo.

-¿Le informaron la razón de su detención? -preguntó el fiscal Alejandro Cantaro.
-No, en ningún momento. Solo tuve al volver la democracia, como había sido separada de mis horas de clase del Colegio Nacional y en la universidad donde tenía dos ayudantías, lamentablemente fui reconsiderada en la universidad pero para esa época estaba intervenida, en abril del ’76. Me llamaron y me dijeron que me iban a restituir solamente en Introducción a la Lingüística. El profesor ya no estaba y empecé a trabajar con otra colega. Había una presión muy grande, todos los meses tenía que llevar al despacho del decano Jorge Rossi, que era el interventor, una lista estricta de la bibliografía que iba a usar con los alumnos y en qué consistía los trabajos prácticos que iba a llevar a cabo. Me sentía muy presionada. Él siempre decía que la ciencia que me interesaba a mí era revulsiva, y había que ver bien los contenidos. A los tres meses, estaba Seco Villalba en el despacho del decano, y fue una conmoción, cuando puse la lista de mi bibliografía al costado había un revólver. Supuse que era mi última entrega de material.
En el Nacional la vicedirectora, que había sido profesora mía en la facultad, Luisa Pérez de Monti, y no obstante lo que había sufrido, me denunció con otros profesores, como el contador Carlos Saez, diciendo que tenía ideas disolventes para con los alumnos.
Eso fue contemporáneo. Me fui horrorizada. Era una situación de persecución criminal. Acababa de recibir mis documentos. Era muy vulnerable a cualquier situación que pudiera incidir en mi vida.
A partir de allí estuve varios años sin trabajar. Estaba objetada en la juntas de clasificación. Había una línea, mi nombre estaba tachada con rojo. En el 84 me levantaron esa objeción.

Un detenido en Mendoza

Este miércoles también declaró Miguel Capella, que era estudiante de Económicas de la UNLPam, relató que el 16 de noviembre del 77 se presentó en la comisaría en General Alvear porque le había llegado una citación. El 25 lo trasladaron en colectivo desde Mendoza a Santa Rosa.

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Lo interrogaron en el Juzgado Federal por su participación en política y en el centro de estudiantes, si había  tenido actividades “subversivas”. “Contesté la verdad, mi participación, me trasladan a la Primera y luego a la Colonia Penal”, dijo.

“Yo no tuve apremios físicos”, aclaró.

En marzo del 78 lo trasladaron a la unidad 9 de La Plata, donde estuvo hasta que fue sobreseído y liberado el 23 de octubre del 79, con libertad vigilada en Alvear.

 

 

 

 

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