El joven maravilla volvió a casa

Meemu Mata, después del campeonato del mundo de Praga y de los Panamericanos de Lima, habló con El Diario. Dijo que su viaje a Japón le hizo cambiar la cabeza.

En la casa hay vitrinas llenas de souvenirs. Fotos, guantes, bolas firmadas, Caldén de Oro, Ranquel, Olimpia... Es el verdadero precio de la historia de un juego que a una familia como la Mata - Carabajal le ha reportado las satisfacciones más hermosas de la vida. “Nosotros queríamos que nuestros hijos hicieran deportes... Fundamental. ¡Y eso que Mónica pisó una cancha porque nos vio a nosotros, que habíamos empezado con la idea de reactivar el deporte por los ochenta”, cuenta Fino, orgulloso pero reservado. Es tan grande la emoción que cuando recuerda que el entrenador Julio Gamaci le dijo que exigía a Meemu porque “lo iba a sacar campeón del mundo” se quiebra en un silencio largo, delatado por sus ojos.
Fino es Orlando Mata, el marido de Mónica Carabajal y padre de tres criaturas que llevaron al sóftbol doméstico a otro plano. Por ahí anda Lucas, aconsejando a su hijo Valentín, y al lado está Manuel, con sus dos niñas.

El Mata mayor hizo de chofer hasta Ezeiza para buscar a Huemul Ezequiel, Meemu (así, con dos e), que viene de ser subcampeón del mundo en Estados Unidos a nivel clubes, campeón de los Panamericanos en Lima y campeón del mundo en República Checa.

Ahí están, el joven maravilla, el de los diez episodios de la final ante Japón para darle la primera estrella dorada al equipo argentino, y su novia. Comen en su casa, en una ronda a la que está invitado su primo Mariano Mayoral, también jugadorazo de selección argentina. Todos quieren abrazarlo en una mesa de mates, galletitas, chorizos colorados y hambre de anécdotas e historias.

Todo está pasando en tiempo real antes de la caravana que el sóftbol quiere regalarle a Meemu. Porque hoy, en estas horas, es un héroe del deporte pampeano con apenas 24 años y en un deporte sin centímetros en los diarios más importantes, ni segundos en los micros de deportes radiales. Salvo excepciones honrosas, como las de Checa y Lima.
En un rato llega Manuel, el hermano del medio, que se abraza fuerte y parece no querer soltarlo. Ya tendrá horas de charla y más encuentros solitarios para contar en vivo, cara a cara, esto de ser campeón mundial y campeón panamericano. Que habla, distendido.

“De chico quería ir a jugar a Japón y Estados Unidos. Haber ido, antes del Mundial, me sirvió mucho”, le dice a El Diario. “Me dieron el OK de la Selección y le metí para adelante”.

- ¿Aprendiste?
- Sí, aprendí un montón porque estuve solo, entrené un montonazo solo. Me sirvió para la cabeza. Cuando volví al equipo disfrutaba estar con mis compañeros y amigos. Me superdivertí cuando jugaba. Me abrió la cabeza. Antes de Japón había partidos que iba y no sabía qué hacía en la cancha. Aprendí mucho pero lo más importante fue vivir cosas que nunca había vivido, el idioma, la comida, entre otras cuestiones.

- La final con Japón fue increíble. ¿La volvés a ver cada tanto?
- No puedo volver a mirar la final... Me da miedo perderla (risas).

- Lo que se vio del campeonato mundial es que tuviste bastante control sobre tus rivales. Ni hablar a nivel panamericano.
- A mí me sirvió mucho el catcher (Bruno Motroni), que me supo manejar muy bien, ya me conocía y en el Mundial me terminó de conocer porque por ahí uno se acelera y quiere tirar, tirar, tirar... Él sabía qué decirme, lee el juego como nadie, es muy vivo, hoy en día es el mejor catcher del mundo.

- ¿Creías que podías tener el Mundial que tuviste?
- Mi actuación fue una sorpresa porque en los mundiales anteriores no me había ido bien. Yo bateaba más de lo que pitcheaba, nunca tenía la confianza y ahora me la dieron. Igual yo fui con otra mentalidad, sabía que lo iba a disfrutar, no me bajoneé.

- Cuando sentís que empezás a dominar a los adversarios, cuando los tenés enfrente y después de tanto tiempo, ¿no sentís el desgaste?
- Lo que pienso es en lo que me pide el catcher, el cuerpo ni lo siento, todo pasa por la cabeza. Me pasó en la final ahora del ISC, donde llevaba como ocho partidos tirados, no me daba más el cuerpo, pero la cabeza seguía y seguía tirando duro. Nosotros estábamos rankeados número 8, nos consideraban un equipo medio pelo, en el Mundial estaban los cuatro primeros rankeados y les ganamos a tres de ellos. Nadie daba dos pesos por nosotros y que lleguemos a la final fue una sorpresa. En el Mundial de República Checa cuando les ganamos a los canadienses no me di cuenta, estaba mentalizado en seguir lanzando porque estaba compenetrado en dejarlos en cero. A mí me gustan los partidos chivos.

- Están tus padres, acá, y siempre decís que una fuente de inspiración es Lucas. ¿Qué ha sido para vos él?
- Lucas siempre me aconsejó, me corregía errores a distancia, me decía “mirá, Gordo, te encontré esto o aquello, fijate si podés corregirlo”. Eso me sirvió mucho. Otro aporte fue que conocía a algunos bateadores y me daba algunas pautas que fueron muy importantes.

- Ahora, con el título, el respeto debe ser otro.
- Sí, todo cambió después del Mundial. Nosotros veíamos a los canadienses como fríos y distantes, cuando no habíamos ganado nada. Y ahora se acercan, te felicitan y te dan a entender que te conocen.

- ¿Qué es lo que viene?
- Japón el mes que viene hasta noviembre. El resto no se sabe, tal vez en enero haya un torneo en Orlando. Y el año que viene se hace el Panamericano clasificatorio para el Mundial en Paraná. También está la Liga de Estados Unidos, que me gusta mucho.

- ¿Y este momento lo disfrutás? El de las pequeñas cosas en familia...
- Sí, porque ahora estoy tranquilo y quiero disfrutar del momento.

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