El existencialismo y la crisis del hombre contemporáneo

Por Eduardo Luis Aguirre

El existencialismo o “filosofía de la existencia” es una corriente contemporánea de la filosofía, cuya creación se adjudica generalmente al pensador místico danés Sören Kierkegaard (1813-1855), y que alcanza su máxima expresión en el siglo XX, incorporando como sus referentes más notorios, entre otros, a Martín Heidegger y Karl Jaspers en Alemania, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus en Francia, Nicola Abbagnano en Italia y William Barret en Estados Unidos.

En Alemania, el existencialismo comenzó a gestarse en la agobiante atmósfera social de la primera posguerra. La frustración y el abatimiento colectivo producidos por la derrota del militarismo kaiseriano, las ansias crecientes de revancha, la incubación sorda del nuevo monstruo autoritario, el recelo que comenzaban a despertar la revolución rusa y las refriegas sociales que se desataban en un contexto prerrevolucionario en el propio país, configuraron el contexto en el que creció y se desarrolló buena parte de la “filosofía de la existencia”.

Una segunda oleada existencialista se produjo en Francia, durante la ocupación nazi, que creció exponencialmente después de finalizada la segunda guerra.

Tanto en la literatura como en el teatro, en la filosofía y otras expresiones intelectuales francesas de la época se ponían de manifiesto las contradicciones y el asedio de una nación ultrajada que en la posguerra intentaba recomponerse con cierto recelo respecto de la hegemonía de una conciencia social burguesa que imponía un nuevo estilo de vida.

Por una parte, los miedos, la humillación y la postración del país producto de la claudicación reciente ante el opresor. Por la otra, el miedo de la burguesía francesa y de sus intelectuales ante el recrudecimiento de los movimientos populares y la construcción de utopías colectivas socialistas. Ambas razones se constituyeron en las principales
motivaciones internas capaces de explicar el avance del existencialismo francés.

Después del conflicto bélico, el existencialismo se expandió por todo el mundo capitalista. Las razones que motivaron ese auge estaban fundamentalmente anudadas a las contradicciones y el malestar que producía la sociedad burguesa de aquella época.

En ese contexto de intensas disputas culturales, en un marco donde cambiaban los conflictos, los valores, los mapas y las correlaciones de fuerzas del mundo, los existencialistas pusieron en discusión temas tan trascendentes como el sentido de la vida, la relación entre los seres humanos y la divinidad, la cuestión del ser, la nada, la libertad, el destino del hombre, sus elecciones personales, la concepción de la familia, el trabajo, el sacrificio, la rutina diaria y la alienación. Aquello que Freud había denominado hacía pocos años “el malestar en la cultura” (1930), en medio de la gran crisis capitalista.

La mayoría de los seguidores del existencialismo no eran marxistas, ni socialistas, ni anarquistas. Eran miembros de una sociedad burguesa que alcanzaban a advertir que la imposición de una cultura influida por el modo de vida norteamericano podría sumirlos en el fracaso existencial más trágico y, en consecuencia, intentaban ensayar una reacción ante semejante crisis de conciencia social, política, cultural y filosófica. A esas personas, condicionadas por todos los prejuicios de una sociedad burguesa, dubitativos, vacilantes pero aún así conscientes de los riesgos de la nueva dominación capitalista impuesta en occidente, se dirigió el pensamiento existencialista. Se trataba de mujeres y hombres europeos que se consideraban arrojados a un mundo hostil (en absoluta analogía con el “dasein” (heideggeriano), profundamente traumático, que propugnaba una vida burguesa e individualista que depararía las máximas opacidades, frustraciones y conflictos individuales y conculcaría las libertades y derechos civiles decimonónicas. El existencialismo ponía en cuestión el estilo de vida occidental. Con él, al hombre burgués, padre de familia, propietario, “responsable” disciplinado, trabajador alienado, rutinizado y sacrificial, a quien la vida se le escapaba como arena entre los dedos sin que pudiera advertirlo, mientras cumplía mandatos seriados en un continente reconstruido de manera vertiginosa aunque no gratuita.

“Lo que ha sucedido a la Europa de mediados de siglo y lo que sucede hoy es que la vida se ha convertido en una costumbre más, muy lejos de disfrutarla intensamente en todo lo que tiene de su esplendor” (1).

Por eso es que el existencialismo es una forma individualista de pensar el mundo, pero a su vez implica una mirada tributaria incondicional de la libertad. Sartre es, quizás, uno de sus impulsores más conocidos, justamente a través de una concepción marxista profundamente libertaria y fuertemente criticada desde la propia izquierda. No puede leerse de otra forma su idea de que somos, en definitiva, lo que fuimos capaces de hacer con lo que hicieron de nosotros.

Entre los existencialistas argentinos podemos enumerar, también arbitrariamente, a Carlos Astrada, Luis Juan Guerrero, David Viñas, Ernesto Sábato, Juan José Sebrelli, Oscar Masotta y Carlos Correas.

En todas las geografías, el existencialismo promovió la exaltación de la libertad individual y asumió a los seres humanos como únicos responsables de sus conductas, constituyéndose en una ética autónoma de todo sistema de creencias derivado de las relaciones de producción que condicionaban las distintas sociedades.

“En el existencialismo el individuo está regido por una norma de libertad individual que le confiere una responsabilidad individual: lo que haga ejerciendo su libertad no necesita ser justificado, explicado, ni ceñirse a una ética más que la propia” (2).

El existencialismo reivindica, así, la capacidad de elección en la toma de las decisiones de los sujetos y esas elecciones son las que le confieren un sentido a su propia existencia.

El existencialismo fue un alerta de la conciencia, y tal vez sus postulados tengan algo para decir frente a la debacle cultural que actualmente impone el capitalismo transmoderno.

La búsqueda del ser interior, el intento de fidelización de una identidad libre de condicionamientos predeterminados, tal vez constituya un punto de apoyo, una interesante herramienta para oponer al nuevo malestar de la cultura del tercer milenio, a la colonización de las subjetividades que propone el capitalismo en su fase neoliberal. Recordemos que, en este nuevo modelo de acumulación del capital, que expresa un verdadero estado de excepción, el sistema construye subjetividades basadas en categorías tales como la acumulación (de unos pocos) y la renuncia permanente del resto (a quienes se les dice que, como países, han participado de un plus de goce, de una especie de fiesta que ahora hay que pagar mediante el ajuste), la idea del empresario de sí mismo, del consumidor compulsivo frustrado, del hombre endeudado, del inempleado estructural, de la recurrencia superficial a la autoayuda y otras novedosas formas de alienación globalizadas. Sujetos que, en definitiva, no solo han abdicado de las empresas colectivas, sino que además son capaces de dañarse a sí mismos con tal de inferirle un daño a los demás, como advierte Jorge Alemán (3).

Quizás, en este firmamento de nueva colonización por parte del capital, el fuerte replanteo de un existencialismo de perfil emancipatorio permita replantearnos muchos de los cabos sueltos que deja el neoliberalismo y sus nuevas formas de cancelación del pensamiento crítico. Imaginemos por un momento que los hombres recuperaran la convicción sartreana de que la existencia precede a la esencia. Que el hombre empieza por no ser nada. Que solo lo será después, y será como se haya hecho, en un mundo donde la presión de las circunstancias será tal que no podrá dejar de elegir “ser” de alguna manera. Adoptar “una” moral. Seleccionar “su” vida (4). Esa elección implica aceptar la prédica fenomenal de una cultura transmitida como nunca antes y de manera vertical y constante por los grandes dispositivos de comunicación o ponerle límites a la alienación del capital.


(1) Gutiérrez Sánchez, Francisco: “Camus y el existencialismo”, disponible en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5340067
(2) Fuente: https://www.caracteristicas.co/existencialismo/#ixzz4oM7KlMUM
(3) https://www.youtube.com/watch?v=eBklI2KAdxg
(4) Sartre: “El existencialismo es un humanismo”, JCE Ediciones, Buenos Aires, 2008, p. 39.

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