"Fuimos víctimas de una aberración sistemática"

Ana Gispert, peseguida y exiliada por la represión, brindó su testimonio en el juicio de la Subzona 14 II desde Lima, Perú, donde es una prestigiosa profesora universitaria. Escapó de los represores antes del golpe. Le pusieron una bomba a la casa donde vivía.

“Fuimos víctimas de una aberración sistemática”, afirmó este martes Ana María Gispert, que declaró en el juicio de la Subzona 14 II por teleconferencia desde Lima, Perú, donde vive a partir del exilio obligado, antes del golpe del 24 de marzo del ‘76, por la persecución del grupo de tareas de la represión.

Gispert escapó de los militares y policía que querían detenerla y se exilió en Perú. Allí ejerce actualmente como docente de Griego y Latín, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). En la provincia fue reconocida por la Universidad Nacional de La Pampa en un emotivo acto, hace tres años.

Los represores que la fueron a buscar a su casa el 13 de noviembre del ‘75 detuvieron a otros profesores y las personas que vivían con ella. A los pocos días, quemaron la vivienda de la entonces Avenida Roca con el estallido de una bomba. Esto la llevó a tomar la decisión de salir del país de forma clandestina, llegando primero a Asunción del Paraguay para luego pasar a Perú.

Nacida en Barcelona en 1939, en la década del 60 decidió radicarse en La Pampa como profesional laica cristiana, y en 1973 la nombraron secretaria académica de la UNLPam, que se había nacionalizado. En esa época Hugo Chumbita había creado el IER (Instituto de Estudios Regionales), al que se integró Gispert, dedicada a la recuperación lingüística del oeste pampeano, región considerada “olvidada” por el resto de los especialistas.

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“Yo fui víctima, pero no fui la única, como un caso aislado. Yo quiero representar a una serie de compañeros que sufrieron esto. El que daba las órdenes era (José) López Rega desde el gobierno”, dijo este martes ante el tribunal, relacionando esos primeros secuestros con la actividad de la Triple AAA.

Gispert mencionó que los represores detuvieron a Cristina Ércoli cuando la fueron a buscar a ella. A los pocos días a una compañera con la que vivía. Dijo que la persecución alcanzó a varios profesores vinieron de Bahía Blanca porque “la represión absurda y macartista ya había empezado contra quienes tenían una ideología a favor del pueblo”.

Responsabilizó al sanguinario Ramón Camps, que estaba en el regimiento de Toay por aquella época, de dar las órdenes de perseguir a estos profesores, que fueron detenidos. “Era un plantel muy interesante de profesores que fueron descabezando, algunos antes del golpe y otros después”, apuntó.

“Nos reuníamos en mi casa frecuentemente a investigar, profundizar. Y se empezó a decir que podía ser un centro clandestino, marxista. Yo había llegado como laica profesional y cristiana. Esto fue mal visto por Camps, que era amigo del obispo Mayer”, recordó.

La mujer confió que había llegado a La Pampa luego de recibirse en especialidad de lenguas clásicas en Barcelona por un contacto con el obispo Mayer, como laica desde una perspectiva cristiana. “No tenía nada que ocultar. Hubo dos inspecciones en mi casa antes de las detenciones. En una encontraron un libro de Teología de la Liberación. Les expliqué y tomaron un café. Después en el informe que hicieron pusieron que habían encontrado literatura subversiva”, apuntó.

Gispert contó que ella representaba una línea “progresista” del catolicismo, encabezada por los obispos Angelelli y De Nevares en el país. “Una visión más amplia de la sociedad, pero que no estaba en contra de la iglesia oficial y conservadora, que estaba ligada al poder”, dijo.

El día que fueron a detenerla, el 13 de noviembre del ‘75, había viajado con Hugo Chumbita a Pico a dar clases y a la vuelta le avisó un amigo que la casa estaba rodeada y los iban a detener. Ella se escapó hacia la localidad San Martín, donde la ayudó el cura catalán Valentín Bosch. Allí se enteró que había una orden de captura -luego sabría que permaneció vigente hasta mayo del ‘80- y que su vivienda había sido incendiada con explosivos.

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“Había salido sin nada, con lo que llevaba puesto. Mis títulos, libros, mi trabajo como profesional, mis fotos, todo había desaparecido. Además estaba sin dinero y sin documentos. Me sentía desnuda”, confesó.

El cura la acompañó a Buenos Aires, donde estuvo clandestina hasta que pudo escapar a Asunción de Paraguay. A los pocos días arrestaron a Cristina Ércoli, que permaneció dos años encarcelada. “Aparte de la pérdida familiar, lo que más sufrí y lloré fue no poder estar en el lugar donde me había hecho ciudadana, en Argentina. Sigo siendo argentina y sigo manteniendo mi DNI de España. Tengo residencia en Perú, casada, con dos hijos”, detalló.

“Estuve prófuga, iba sabiendo de los amigos que iban deteniendo, pensé en ir a México, pero no tenía medios ni nada. Para llegar a Asunción me acompañaron amigos que ofrecieron su auto, atravesamos el río como si fuera un viaje turístico, pero el varón entregó el suyo y fue como un paseo de placer”, explicó.

Relató que se contactó con una familia del Movimiento Cristiano de Profesionales, que la alojó. “El dueño era un militar pero conciente de la situación que se vivía en esos días. Nunca más los vi, pero siempre les agradecí”, dijo. “Pude tomar un vuelo que me llevó hasta Perú. En la Embajada Española me dieron los papeles. Me hicieron un pasaporte válido por un mes para un supuesto congreso en Lima”, agregó.

Y prosiguió con su periplo: “Viajé en Perú sin conocer a nadie. Conseguí una beca para hacer un posgrado, podía haber vuelto a España, pero yo quería estar en América Latina y preferí quedarme acá . Pensé que ya iba a pasar, pero si estaba acá tenía que entregarme profesionalmente. Y acá estoy con mis hijos después de más de treinta años, enseñando en la universidad lo que yo aprendí, y trabajando también en comunidades cristiana como lo había hecho en la Argentina”.

“A todos los que nos pasó todavía tenemos los rasgos en el rostro de tristeza de lo que nos pasó. Fuimos víctimas de una aberración sistemática de quienes gobernaban”, rememoró.

Gisper recordó que en 2014 viajó y asistió a un acto de homenaje en la UNLPam. “Se me ofreció abrir un expediente en Secretaría de Derechos Humanos, para la reparación que debe el estado, no para reparar el daño que ha causado, pero si para que reconozcan que hubo errores demasiado serios”, destacó.

“Fue una experiencia que me marcó. Fue poco comparado con los vuelos de la muerte, pero no por ser poco, fue menos doloroso”, concluyó.

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