Relaciones de fuerzas y pulsiones mortíferas

Por Eduardo Aguirre

“Unos puercoespines renuncian a apretarse unos contra otros para luchar contra el frío. Sus pinchos los lastiman. Obligados a volver a acercarse en tiempo de helada, terminan por encontrar, entre la atracción y la repulsión, entre la amistad y la hostilidad, la distancia conveniente” (*)

En la vertiginosa verticalidad de un precipicio insondable, las subjetividades de un sistema circular arrojan resultados diversos, a veces sorprendentes. Si algo caracteriza a este sistema de control global es su contingencia, no su ontología. Su precariedad humanística, no su imbatibilidad intangible. Su aptitud para blindar un sentido común conservador, no sus fundamentos éticos.

El dispositivo neoliberal se distingue por devastar a los países en tiempos breves y va por más. Por la disputa permanente por el sentido de la existencia y la colonización de las subjetividades más rápida y efectiva de la historia mundial. Pero eso no pone fin a los territorios en disputa, sino que -por el contrario- los reproduce a escala global.

Los agonismos y antagonismos culturales no los saldarán los millones de arrepentidos tardíos, sino sus hijos y sus nietos, víctimas paradójicas de una capitulación cultural del sistema-mundo. Y el campo de Marte no será otro que una comunidad en ruinas. Habrá que reconstituir para ese entonces las ruinas y reivindicar la comunidad.

El neocolonialismo nunca podrá superar a la comunidad. Porque la comunidad remite a “buen vivir”, a hermandad, a solidaridad, a amor, a respetar la naturaleza, a comprender que el problema del otro es tanto o más importante que el nuestro, a la construcción de nuevas subjetividades descolonizadas.

A nuevas formas de liberación y emancipación colectivas. Las lógicas del mercado, del empresario de sí mismo, de la competencia desigual y permanente, de la situación de endeudamiento sistemático, el asedio al “alma” cartesiana y el continuo malestar de la cultura no pueden coexistir con el comunitarismo. Porque, como dice Dussel, el ser humano siempre fue comunidad. Solo que lo hemos olvidado. O, lo que es peor, nunca lo supimos y tal vez por eso seguimos tributando a la esencia del Ser, a la individualidad feroz del homo economicus, a la cultura y la teoría social eurocéntrica.

En la jerga de la militancia latinoamericana se acuñaba hasta no hace mucho tiempo una conjetura que se suponía incontrastable. El colapso de los populismos obligaría a las nuevas derechas a partir desde el respeto intangible de los derechos alcanzados a lo largo de una década. Craso error.

El neoliberalismo hizo añicos en poco tiempo las conquistas colectivas y en pocos meses hundió en la pobreza a millones de latinoamericanos. La masacre inferida alecciona al menos sobre dos cuestiones cuya centralidad nos concierne.

Una de ellas es la necesidad de fortalecer una nueva epistemología del mundo. Los conductores futuros del lento y dificultoso renacer de las grandes mayorías populares deberán añadir inexorablemente densidad teórica y política a sus prácticas.

La segunda es la necesidad de comprender la amplitud inexorable de los armados sociales venideros. No tenemos solamente la obligación de custodiar una herencia cultural, sino también la de ser capaces de construir marchando con los distintos.

Las paradojas de la historia política y el proceso sostenido de colonialidad del poder nos conminan a que seamos nosotros, y no ellos, los que debamos retroceder para acumular fuerzas en una etapa de luchas defensivas. Porque la relación de fuerzas ha cambiado, justamente. El purismo sectario, en esta hora aciaga, es suicida.

Las derechas cuentan con el apoyo fabuloso de la gran prensa, de los servicios de inteligencia, de sectores decisivos de las agencias judiciales, de las oligarquías locales, de vastos sectores de las fuerzas armadas y de seguridad, de la embajada, del Imperio, de las ONG afines, de un porcentaje irreductible de la sociedad, de un sector determinante de las grandes corporaciones económicas y financieras, de las grandes potencias, de un fabuloso aparato de espionaje interno. Para eso es imprescindible construir con los diferentes, porque el repudio a lo distinto conduce en estos casos a los infantiles y previsibles destinos de la frustración colectiva. Pero esa tarea nunca puede habilitar la cancelación del debate interno u obturar la escucha democrática de las voces matizadas. Eso depararía, fatalmente, el peor escenario posible.

Es verdad que no ha quedado casi nada en pie. El paso fugaz, criminal y siniestro de la barbarie nos ha dejado en la opacidad gélida de una noche que será, sin duda, la más larga de todas las noches.

La búsqueda de una nueva alborada emulará un camino largo, sinuoso, arduo. En ese extenso recorrido veremos, a la vera de ese ruinoso derrotero, las pérdidas inferidas en meses, los daños de todo orden que jalonan el presente devastado, el tamaño dantesco de lo que ya no “está siendo”.

Los derechos civiles y políticos conculcados, las conquistas sociales arrasadas, la justicia y el derecho injuriados, la soberanía económica entregada -lo mismo que los recursos naturales-, la derrota cultural indiscutida, la deuda externa que nos estrangulará por generaciones enteras. Y con esta saga de pesadilla, sobreviene la habilitación de jergas procaces, retóricas criminales y lógicas monstruosas. El racismo explícito, el autoritarismo rampante, la intolerancia y el odio.

La construcción de un otro a veces invisibilizado, casi siempre despreciado u odiado. La colonización de las subjetividades más horrenda y la alienación masiva de los pueblos. Por ende, asistimos también a la deconstrucción del pueblo como categoría política. Ese pueblo que deberá reconstruirse desde un punto de partida ubicado en la penosa retaguardia de lo que en algún momento alcanzamos, aún con errores y no precisamente menores. Y reconciliarse en la solidaridad, amalgamarse en el amor al otro, fortalecerse en su convivencia cotidiana, alterada por los idus apátridas de los que perpetraron la intervención.

Aunque haya sido explicado con imperdonable ligereza en el encuentro de CLACSO y eso haya encendido las alarmas respecto de que poco o nada se ha aprendido en torno a la obligación inexorable y perentoria de enunciar y pronunciar -siempre- a la altura de las circunstancias históricas.

Y sí hay que empezar a pensar -claramente- en un nuevo entramado institucional. Consagrando ideas tales como el buen vivir, el poder obediencial, las formas no violentas de resolución de los conflictos, el diálogo intercultural, la democracia participativa, la justicia restaurativa y la descolonización definitiva de una cosmovisión enajenada. Para que el derecho no se siga comportando como una herramienta destinada a reproducir las asimetrías y las peores injusticias.

Para ello nos queda, a los que somos juristas, proponer una disputa diaria, democrática y pacífica sobre ese derecho y sus formas. Sobre la manera en que el mismo se imparte en nuestras universidades y se impone en la cotidianidad. Sobre nuestras lógicas coloniales y conservadoras. Sobre la imposibilidad de pensar y comprender -desde una perspectiva “nuestroamericana”- las complejidades y pliegues de las conflictivas sociedades del tercer milenio.

Sobre la claudicante ingenuidad que aplaude acríticamente un conjunto de normas creadas para subrayar la invasión y el estado de excepción. Una disputa dialógica, una querella cotidiana por el lenguaje, por las lógicas, por la recuperación del pensamiento crítico decolonial, por la deconstrucción de los dogmas. Por estar, unánimemente, juntos.

(*) Roudinesco, Élisabeth, en “Y mañana, qué...”, p. 16, Fondo de Culltura Económica, Buenos Aires, 2014.

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