“La prostitución es violencia”

El sábado, Mariel Rosciano presentará en Santa Rosa "Yo, abolicionista", un documental que aborda la problemática de la explotación sexual desde las voces de las sobrevivientes de la prostitución.

Mariel Rosciano es actriz, guionista y directora y realizadora audiovisual. Durante ocho años giró por Argentina y por países de Latinoamérica con dos obras teatrales en las que abordó la trata y la prostitución en primera persona, abriendo el debate y habilitando la palabra de mujeres en situación de prostitución.

Este sábado llegará a Santa Rosa para presentar “Yo, abolicionista”, un documental que registra los relatos, anécdotas y vivencias de distintas mujeres en situación de prostitución, que se fueron acercando a Rosciano luego de cada función, en distintas partes de Argentina y Latinoamérica.

“‘Yo, abolicionista’ es una especie de relato del proceso que viví yo como feminista y como artista, porque cuando comencé con el montaje de la primera obra, no me reconocía como abolicionista; tenía algunas dudas al respecto. De alguna manera creía que ‘es mi cuerpo y yo decido’ y me costaba pararme en el lugar en donde estoy parada ahora del abolicionismo y entender que la prostitución es violencia, es desigualdad.Cuando empezamos a girar con la obra sobre Raquel, empecé a ver que las historias se repetían; que las historias de violencia y de desigualdad hacían que no fuera tan así como ‘es mi cuerpo y yo decido’, sino que siempre quedaba supeditado a la persona que tenía más poder y que pagaba por sexo. Y entonces, lo que empecé a hacer en aquel momento, de manera un poco desprolija, fue tomar registro de los relatos de las compañeras que se acercaban a contar sus vivencias después de la función”, contó Rosciano en una entrevista con Kresta.

El documental se proyectará este sábado, a las 18 horas, en el Espacio INCAA Santa Rosa (Quintana 172). La actividad es organizada por la Colectiva Feminista Abolicionista Todas Somos Andrea y Radio Kermés, con el auspicio de la Secretaría de la Mujer, Gobierno de La Pampa. La entrada será un alimento no perecedero para colaborar con el merendero “El Amanecer”.




- ¿Qué es “Yo, abolicionista”?
- El documental es en principio un registro de ocho años de funciones con dos obras que abordan el tema de la cultura prostituyente. La primera obra es “En el nombre de Raquel”, que contaba la historia de Raquel Liberman, y la segunda es “Elena”, que está basada en el libro de Elena Moncada “Yo elijo” y en la historia de Elena, que estuvo 18 años en situación de prostitución.

En principio es eso: una especie de relato del proceso que viví yo como feminista y como artista, porque cuando comencé con el montaje de la primera obra no me reconocía como abolicionista; tenía algunas dudas al respecto. De alguna manera creía que “es mi cuerpo y yo decido” y me costaba pararme en el lugar en donde estoy parada ahora del abolicionismo y entender que la prostitución es violencia, es desigualdad.

Cuando empezamos a girar con la obra sobre Raquel, empecé a ver que las historias se repetían; que las historias de violencias y de desigualdad hacían que no fuera tan así como “es mi cuerpo y yo decido”, sino que siempre quedaba supeditado a la persona que tenía más poder y que pagaba por sexo.
Y entonces, lo que empecé a hacer en aquel momento, de manera un poco desprolija, fue tomar registro de los relatos de las compañeras que se acercaban a contar sus vivencias después de la función.

Me pareció que estaba bueno guardármelo como una forma de poder reflexionar sobre las cosas que contaban y en algún momento poder compartirlo con otra gente que tal vez nunca se había acercado a esta problemática.

Después, cuando empezamos a hacer “Elena”, empecé a obsesionarme un poco más con que ese registro sea más prolijo. Lo que yo veía en ese momento era que el abolicionismo estaba muy identificado con la victimización y con la cuestión moral, pero me daba cuenta que puertas para adentro, con las compañeras, estaba bastante desdramatizado el relato. Entonces, me pareció que también estaba bueno compartir que Elena, Martina y Ana María eran sobrevivientes que militaban porque las había salvado el humor. Y comencé a registrar almuerzos, cenas, viajes en el auto, cuestiones que iban apareciendo de verdad.
También me permití hacer preguntas que, viéndolas hoy, me siento como Susana preguntando si los dinosaurios están vivos. Es decir, preguntan obvias que en el momento me surgieron de corazón.

En alguno de los debates posteriores a la obra hemos escuchado personas afirmar que si una mujer atendía a 30 hombres por día era porque le gustaba. Y a mí obviamente me espantaba, pero me daba cuenta de que el grueso de la gente no puede pararse a pensar la respuesta que venía después. Porque es imposible pensar que si una noche de sexo y lujuria te deja secuelas en el cuerpo, lo que serán 30 tipos ¿no? Y ni hablamos de deseo. Estamos hablando solo lo relativo al funcionamiento del cuerpo. Incluso decir “soy abolicionista” o nuestro país es abolicionista, parece algo obvio pero la mayoría de la gente no tiene idea si la prostitución está prohibida o no, si es legal o no. A lo largo de estos años lo que sentí es que damos cosas por sentado que no están tan claras.



- “Yo, abolicionista” ya es una declaración. ¿Cómo llegaste hasta ahí?
- A mí, como feminista, artista y mujer, hacer la obra sobre Raquel me cambió la vida en todos los aspectos. Me quedé sin muchísimos laburos porque estaba hablando de una mafia muy importante que incluye a gente muy adinerada de este país. Ese fue el primer componente que me dejó un poco outsider del ambiente en el que venía trabajando. Y a partir de ahí, lo que me pasó fue darme cuenta hasta dónde lo que yo estaba contando era una denuncia fuerte a nivel social y político del que no había retorno. Eso, obviamente golpeó mi ego como artista y el armado de mi vida.

Y después, cuando elegí la historia de Elena, viajando con ella, entré en un terreno en el que de alguna manera comprometí mi tiempo, mi vida, todo. Terminé siendo querellante de dos causas que se desataron a partir de debates que se generaron con la obra de teatro y de denuncias que la gente hacía cuando la estábamos haciendo.
A partir de ese momento ya me di cuenta que evidentemente el camino que había elegido era bastante duro. Era más fácil el otro camino, el de cada mujer decide qué hace con su cuerpo.

En algún momento recibí muchísimas amenazas que me complicaban los viajes y que me hicieron pasarla muy mal. En algunas giras fuimos muy violentadas; volvíamos con ataques de pánico... empezó a ser muy duro y nos dimos cuenta que claramente es un negocio que mueve la caja de muchos poderes y que sin la connivencia de esos poderes es un negocio que no puede sostenerse.

Terminé dejando la obra porque los ataques de pánico eran terribles; las amenazas eran muy jodidas y dije basta. Entonces sí, mi vida cambió por completo. Quedé en un lugar un poco extraño, pero no me arrepiento.

Después de esta última obra empezamos con el armado de una cooperativa para mujeres que quieren salir de la situación de prostitución. Es decir, no paré de laburar en el tema porque quedó un compromiso muy grande respecto de las historias que escuché de las compañeras que no quieren volver a la esquina y no tienen otra opción porque no hay políticas públicas; no hay nadie que desde el Estado se acerque a las esquinas a preguntarles qué necesitan. No hay nadie.

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- El reglamentarismo versus el abolicionismo es el tema que divide al movimiento feminista...
- Yo creo que el reglamentarismo es una opción más sencilla para muchas mujeres porque es no hacerse cargo de la violencia que se da en las situaciones entre prostituyente y la mujer en situación de prostitución.

En estos ocho años si hay algo que hice fue manejarme con las fuentes y no repetir lo que dicen las fuentes respecto de las secuelas que deja la prostitución en la psiquis, en el cuerpo, etc., sino que hablé todo el tiempo con las compañeras. Y la verdad es que no conozco a ni una sola mujer que no me haya contado que si no querés hacer determinada cosa al cliente, terminás cagada a palos por el cliente o por el fiolo. Siempre, de alguna manera, las decisiones están sometidas a todo tipo de violencia.

Entonces, el discurso reglamentarista de yo pongo las reglas dentro de la habitación, o yo decido cómo lo quiero hacer, no es real. No pasa en la esquina. Y tampoco es, como se dijo en algún momento, que las compañeras que tomaron la voz del abolicionismo y que estuvieron en las esquinas, son mujeres que hablan de otra época de prácticas prostituyentes. Porque yo laburo con mujeres que están hoy paradas en la esquina de mi casa y ninguna de ellas te cuenta que dentro de la habitación ellas pueden decidir. Es mentira. El precio está dado por la capacidad que tiene la piba de negociar determinadas cuestiones relacionadas con el uso del preservativo, con hasta dónde se deja hacer lo que el cliente quiere... es capitalismo puro. Es mentira la autogestión.

Evidentemente es una discusión de este tiempo y que tiene que ver con esta cuestión de “mi cuerpo es mío y yo hago lo que quiero”. Ahora, de ahí a reglamentar una violencia, me parece que hay una diferencia abismal. Sobre todo porque las compañeras que viven en países reglamentaristas no dicen que les mejoraron las condiciones laborales sino todo lo contrario. Por eso en la película está puesto todo el recorrido que yo hago con las obras. Cuando yo me encontré en un país reglamentarista, escuchando relato de compañeras que contaban las violencias que habían sufrido por parte de los clientes y por parte del sistema, respecto a cuánto les cobraban de impuestos, cuánto tenían que laburar para poder llevarse un mango y no vivir pagando cuentas, entonces me di cuenta de que no era la solución el reglamentarismo. No las benefició en nada.

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