Poder obediencial

Por Eduardo Luis Aguirre

Según la definición clásica de Max Weber, el poder se explicaría como la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabilidad (1).

Maximilian Karl Emil Weber (1864-1920) fue un célebre filósofo, politólogo y sociólogo alemán, considerado uno de los padres fundadores del pensamiento sociológico moderno. Como es lógico, el autor de “La ética protestante” fue un producto intelectual de su época y habría estado fuertemente condicionado por su concepción respecto del modo de producción capitalista, al que observaba como un fenómeno ineluctable, irreversible e insuperable (2).

Quizás por eso, su mirada sobre el poder fue objeto de múltiples recorridos alternativos provenientes de las más variadas perspectivas ideológicas, filosóficas y sociológicas, aunque la misma permaneciera imbatible en los programas de estudio de sociología jurídica de la mayoría de los países del mundo.

Tal vez una de las expresiones más diferenciadas y conocidas fue la de Michel Foucault, el profesor del Collège de France que comenzó estudiando al sujeto y se metió de lleno y definitivamente en el análisis del poder. Muchos recordarán, por ejemplo, sus desarrollos respecto de lo que él mismo denominaba la “microfísica del poder”, ingeniosa modalidad capaz de poner en crisis el determinismo teleológico del marxismo ortodoxo y su concepción totalizante del poder. O también la de Heidegger, para quien “el poder no necesita portador alguno y no puede de ningún modo tener algo semejante, porque nunca es un ente aquí y allá comprobable y representable” (3).
Pero, además de ellas, existieron otras voces en América Latina que interpelaron aquella concepción weberiana y eurocéntrica del poder.

Una de ellas es la del profesor Enrique Dussel, quien ha sido motivo de abordajes sucesivos en varios de nuestros artículos previos.

Este argentino/mexicano, el gran teórico contemporáneo de la Filosofía de la Liberación, cree que en la definición de Weber habita un esfuerzo conceptual para justificar o legitimar las relaciones de poder de una sociedad jerárquica. Y que, en general, desde el siglo XVII hasta la fecha, la mayoría de los grandes filósofos de la política entienden al poder como “la capacidad de dominación ante obedientes”. Con una definición así, según Dussel, la política no puede ser un noble oficio y quedaría reducida a la mera dominación (4).

A partir de esta conceptuación, se anima a ensayar una concepción ética del poder basada, una vez más, en la experiencia histórica, el acervo epistemológico y el pensamiento filosófico de los pueblos originarios latinoamericanos. Para Dussel, la ética en la política se halla indisolublemente ligada al concepto ancestral de “poder obediencial”.

Según esta concepción de raigambre indígena, los que mandan, mandan obedeciendo.

En consecuencia, la relación entre quienes gobiernan o conducen y sus representados implica una simetría entre los valores que motivaron su representación y el ejercicio práctico del poder.

Dussel cree que el poder debe ser motivo de un análisis circunstanciado en la filosofía política transmoderna. En ese sentido, advierte que el panorama mundial contemporáneo exhibe una realidad en la que los políticos (representantes electos para el ejercicio del poder institucionalizado, la “potestas”) han terminado en muchos casos conformando múltiples grupos elitistas que se han ido corrompiendo, después del colapso de las grandes revoluciones del siglo XX. La caída de un metarrelato (el de los denominados “socialismos reales”) habría deparado, entre otras consecuencias, el fracaso de muchos movimientos políticos impulsados por magníficos ideales, el estado de excepción global que ha impuesto el capitalismo neoliberal y el alumbramiento de una práctica política de módico desarrollo teórico, reducida a una rutina “gestiva” y ordenatoria de la inmediatez, fuertemente refractaria a los cambios y las transformaciones estructurales.

El filósofo de la liberación propone entonces luchar por el renacimiento de una nueva cultura política, compuesta por jóvenes de ideas que se decidan a reinventarla, que se transformen en servidores de sus comunidades y de sus pueblos, incorruptibles en el ejercicio delegado del poder del que han sido investidos. Evocando, entre otros, a Espartaco, Juana de Arco, G. Washington, M. Hidalgo, Simón Bolívar o Evo Morales, recuerda que la gloria de estas personalidades, más aún al ser perseguidas por los enemigos del pueblo que liberaban, consistió nada más y nada menos que en permanecer fieles hasta el final a sus mandatos y en la perseverancia irrenunciable de su “vocación” y sus ideales.

“Vocación”, añade Dussel, significa “ser-llamado” (del verbo “vocare”) a cumplir una misión. El que “llama” es la comunidad, el pueblo. El llamado es el que se siente “convocado” a asumir la responsabilidad del servicio. “¡Feliz el que cumpla fielmente su vocación! ¡Maldito el que la traicione porque será juzgado en su tiempo o por la historia!” (6).

Ahora bien, en este marco conceptual es interesante preguntarnos quién ejerce entonces el poder, cómo lo hace y cuáles son sus límites, democráticamente infranqueables.

“El que manda -continúa señalando Dussel- es el representante que debe cumplir una función trascendental de la “potestas”. Es elegido para ejercer delegadamente el poder de la comunidad; debe hacerlo en función de las exigencias, reivindicaciones, necesidades de la comunidad. Cuando desde Chiapas se nos enseña que “los que mandan deben mandar ’obedeciendo‘” se indica con extrema precisión esta función de servicio del funcionario (el que cumple una “función”) político, que ejerce como delegado el “poder obediencial”.

“Así, al representante se le ’atribuye’ una cierta autoridad momentánea (porque la sede de la ’auctoritas’ no es el gobierno, sino siempre en última instancia la comunidad política), para que cumpIa más satisfactoriamente en nombre del todo (de la comunidad) los encargos de su oficio; no actúa desde sí como fuente de soberanía y autoridad última sino como delegado, y en cuanto a sus objetivos deberá obrar siempre en favor de la comunidad, escuchando sus exigencias y reclamos. ’Escuchar al que se tiene delante’, es decir: obediencia, es la posición subjetiva primera que debe poseer el representante, el gobernante, el que cumple alguna función de una institución política” (7).

De esta forma, el profesor de la UNAM intenta describir el poder no como dominación sino como la fuerza, la voluntad colectiva de los pueblos capaces de convertirse en sujetos políticos de los cambios y darse los liderazgos y las instituciones necesarias para llevarlos a la práctica. En cada una de esas instituciones, desde las más pequeñas a las que atendía Foucault, hasta las macroinstituciones del Estado, fluye un determinado ejercicio del poder dentro de sistemas específicos, de manera que en todas y cada una de ellas se puede cumplir ese carácter obediencial. El campo político -finaliza diciendo-, en sentido estricto, no es un espacio vacío, sino que es como un campo minado, lleno de redes, nodos prestos a explotar a partir de conflictos por reivindicaciones incumplidas (sabiendo que de manera perfecta nunca se puede cumplir con todas).

(1) http://school.alanmonroig.com/ciencias-sociales/ensayo-concepto-de-poder-por-max-weber
(2) Salgado, Manuel: “Weber o Marx?”, disponible en http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com.ar/2013/04/weber-marx.html
(3) “La esencia del poder”, disponible en https://revistas.unc.edu.ar/index.php/NOMBRES/article/view/2569/1500
(4) https://www.youtube.com/watch?v=lJpcuYE50Us
(5) Dussel, Enrique: “20 tesis de política”, disponible en http://enriquedussel.com/txt/Textos_Libros/56.20_Tesis_de_politica.pdf
(6) Dussel, op. cit.

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