Los cazadores insisten en que fue una emboscada policial

En el comienzo del juicio por el crimen del cazador Santiago Garialdi, el policía Fernando Safenreider no quiso declarar. El defensor apunta a la responsabilidad insitucional de la fuerza porque “ningún policía está preparado para soportar situaciones de alto stress”.

En una larga jornada de más de seis horas, arrancó este lunes el juicio oral y público por el crimen del cazador Santiago Gairaldi, ocurrido el 24 de julio del año pasado. El único acusado es el policía Fernando Safenreider, un efectivo de la comisaría de Lonquimay que le disparó a la camioneta donde iba la víctima con otras tres personas, una de las cuales recibió un balazo en un glúteo.

Desde el lado de la Policía, aseguran que Safenreider y su compañero Norberto García fueron atacados por los cazadores que estaban escapando de un control. Del otro lado, se expone un típico caso de “gatillo fácil” donde los Garialdi y sus compañeros fueron emboscados mientras cazaban liebres.

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El hecho provocó además el momento de mayor debilidad política del ministro de Seguridad, Juan Carlos Tierno, cuya arenga de mano dura contra los furtivos realizaba meses antes de asumir quedó directamente relacionada con esta actuación policial: “el primer tiro, al aire; el segundo, a la cabina”, había dicho Tierno -que finalmente resistió en el cargo- a modo de “recomendación” a las patrullas rurales durante una entrevista radial.

Safenreider está acusado de homicidio doblemente agravado por ser cometido por un miembro de las fuerzas de seguridad en abuso de sus funciones y agravado por ser cometido con arma de fuego, en concurso real con lesiones leves agravadas por el mismo motivo.

En silencio

Safenreider se negó a declarar en la primera audiencia ante los jueces Daniel Sáez Zamora, Alejandra Ongaro y Carlos Chapalcaz. Visiblemente afectado, al bordo de quebrarse en llanto, cuando el presidente del tribunal le preguntó si iba a hablar primero dijo “no puedo” y después dijo que no quería hacerlo.

José Aguerrido, su defensor, durante el alegato de apertura planteó que ni su cliente “ni ningún polícia están preparados para soportar situaciones de alto stress” como un enfrentamiento armado.

“No hay preparación ni atención del personal policial. Safenreider venía de una licencia psiquiátrica y lo mandaron a cumplir funciones así nomas. Si hubo abuso o exceso, fue de la legítima defensa y no de la función. No voy a justificar la actuación de Safenreider, pero el sistema fue el que lo puso en ese lugar sin estar preparado para enfrentar esa situación”, dijo el abogado, que además advirtió que esa fue la primera vez en toda su carrera que el joven efectivo disparó un arma reglamentaria.

La fiscala Cecilia Martiní dijo que la acusación está basada en el hecho de que esa noche, en un camino vecinal cercano a Lonquimay, el policía bajó de su patrulla y efectuó ocho disparos en dirección a la Ford F-100 de los cazadores: dos le pegaron a Garialde, uno mortal en la cabeza y otro en el antebrazo; otro en el glúteo del conductor Andrés Casabone; otros cuatro en diversas partes del vehículo y el último en ningún lado.

Las querellas, a cargo de los abogados Ariel García (representa a la familia de Garialde) y Omar Gebruers (representa a Casabone), adhirieron a la acusación fiscal. García dijo que “no hubo desde los cazadores una agresión que provocara esa reacción”, mientras que Gebruers dijo que su cliente sufrió lesiones de carácter grave “porque aún no se pudo extraer el plomo del disparo”.

El compañero

El primer testigo en declarar fue el policía García. Dijo que dejó su guardia en la comisaría a la hora 20:30 y que un rato después, cuando ya estaba en su casa, lo llamó Safenreider para que lo acompañe a la zona rural porque había cazadores furtivos y habían pedido colaboración desde La Gloria.

Marcos Ochoa, el encargado de ese destacamento, les indicó por donde estaban reflectoreando los cazadores y fueron al cruce. “Fernando se bajó y les hizo señas con las dos manos. Yo prendí las balizas y las sirenas, e hice señas con los reflectores. La camioneta hace una maniobra como encarando a Fernando y siguen, lo encandilan y escucho tres disparos. Me voy para atrás y cargo la escopeta, y ahí escucho disparos de 9 milímetros. Ellos hacen 400 o 500 metros, frenan, veo que doblan en U y le digo a Fernando ‘vamos que nos van a cagar a tiros’”, relató García.

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Dijo que en ese momento su compañero estaba como shockeado y por eso salió manejando él. Tenían miedo y estaban nerviosos, por eso cuando encontraron a Ochoa también le dijeron que tenían que irse de ahí. De allí fueron a La Gloria a pedir apoyo, donde ya estaba el cabo Elías Lemos, de Uriburu. Cuando salieron a buscar a la Ford F-100, en el camino Safenreider recibe un llamado del hospital de Lonquimay donde le informan el ingreso de una persona con un balazo en la cabeza.

“Atendió y se puso mal. ‘Negro, lo maté’, me decía. Me pidió que le cuide a la hija. Le saqué el arma y le pedí a Ochoa y Lemos que lo contuvieran”, siguió García. Allí llamó a su jefe, el subcomisario Pablo Trincheri, que escuchó el relato y les pidió que fueran a la comisaría de La Gloria a esperarlo.

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El efectivo negó que llevaran una cadena con clavos miguelitos y dijo que tampoco vio una en el lugar. También contó que 15 días antes habían sido atacados por cazadores en una camioneta similar, que les dispararon a él y a Ochoa cuando los quisieron demorar.

Cuando le preguntaron sobre en qué situaciones disparan el arma, respondió: “si ellos tiran, nosotros tiramos”. “¿En base a qué determinarn cuándo disparar y cuándo no?”, le preguntó Mariní. “A lo que te dicen en la Policía”, respondió el uniformado. “¿En la Escuela de Policía?”, repreguntó la fiscala. “En la Policía en general. Uno aprende más fuera de la Escuela de Policía que adentro”, insistió García.

Cazadores

La versión de los cazadores es muy diferente. Mario Arroyo, quien venía en la parte trasera de la camioneta junto a Garialdi, dijo que mientras le estaba disparando a una liebre escuchó un motor. “Le pido a Santiago que alumbre y venía un vehículo sin luces”, relató. Pensando que podía ser el dueño del campo, pidió que apaguen el reflector y seguir camino “para no tener roces”.

Cuando llegaron al cruce donde estaba la camioneta de la comisaría de Lonquimay, no la vieron por las plantas y el maíz alto del cuadro de ese esquinero. “Estaba 10 o 15 metros adentro de la calle, con las luces apagadas. Cuando Casabone hace un zigzag para esquivar una cadena con miguelitos veo a los policías parados adelante y escucho los disparos”, dijo.

Aseguró que no pasaron rápido, a no más de 30 kilómetros por hora, y que cuando pararon a 50 metros vió a Santiago agachado y con sangre en la cabeza. “Les empecé a gritar ‘hijos de puta, lo mataron’, y pedí que volvamos para ir al hospital”.

Cuando llegaron al hospital Santiago ya estaba muerto. Los ayudaron entre los médicos y algunos vecinos. No apareció ningún policía hasta que tres horas después llegaron Luis Blanco, segundo jefe de la Unidad Regional, y Roberto Ayala, el Jefe de Policía.

“Desarmé la carabina y la guardé para que no la usaran para tirar a la camioneta de ellos como pasó en el caso de Matías Ramos. Nosotros salíamos a ganarnos la vida, no nos íbamos a arriesgar por 1.600 pesos de la multa. Nunca tuvimos problemas con la Policía, unos días antes nos cruzamos en Trilí pero nos pidieron los papeles y nada más. Había un rumor de unos días antes, pero no tuvimos nada que ver. Si hubo un enfrentamiento anterior, te van a buscar al otro día porque te toman la patente”, relató Arroyo.

Dijo que si le hubiera disparado a los uniformados “era la mínima excusa para que nos sigan hasta Lonquimay, pero se fueron”.

Los demás

La referencia al caso de Ramos que hizo Arroyo no fue casual. Es que Casabone también manejaba la camioneta en esa ocasión, en un hecho ocurrido en julio de 2009 en Eduardo Castex.

Casabone contó que aún tiene la bala alojada en el glúteo, lo que provoca un dolor desde la cintura hasta el pie. No se operó porque le dijeron que podía perder la movilidad de la pierna.

“Una operación es muy riesgosa porque se puede cortar un nervio y dejar la pierna inmóvil para siempre. Si está nublado tengo que tomar calmantes”, contó el hombre, que contó que trabaja en construcción y le duele estar agachado.

Dijo que cuando estaban cazando no vio otro auto, que se lo dijo Arroyo. Y que cuando salieron por el camino vecinal recién vio la cadena con los clavos “a 20 o 25 metros”. “No fue una maniobra brusca”, aseguró.

“Yo no alcancé a distinguir el patrullero, porque voy viendo la cadena que hay adelante. Fue todo muy rápido, se sintieron los tiros todo junto”, relató.

También declararó Juan José Castilla, el más joven del grupo, que lo hizo sin público en la sala porque se vio muy afectado emocionalmente cuando se sentó ante el tribunal. Lo asistió una profesional de la Oficina de Atención a la Víctima y a los Testigos, y tras recomponerse volvió a la sala.

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