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Trigo 2026: agua sobra, rentabilidad falta

Mariano Fava- Ingeniero Agrónomo(MP: 607 CIALP)Posgrado en Agronegocios y Alimentos@MARIANOFAVALP

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EL DIARIO digital

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A pocas semanas del inicio de la siembra de trigo en la región pampeana, el productor enfrenta uno de los escenarios más contrastantes de los últimos años: perfiles hídricos excepcionalmente bien recargados conviven con una ecuación económica cada vez más exigente, donde el precio del cereal no logra acompañar el fuerte incremento en el costo de los insumos, particularmente de los fertilizantes. Este desacople entre condiciones agronómicas y variables de mercado define el pulso de la campaña 2026.

Desde el punto de vista climático, el contexto es claramente favorable. Las lluvias acumuladas en los últimos meses han permitido recomponer reservas en profundidad en gran parte de la provincia de La Pampa, generando un punto de partida que, en términos productivos, eleva el piso de rendimiento esperado y reduce el riesgo hídrico inicial. Sin embargo, esta ventaja natural no alcanza por sí sola para garantizar la viabilidad económica del cultivo.

El mercado del trigo muestra señales mixtas. Durante febrero, las exportaciones argentinas alcanzaron las 2,88 millones de toneladas, ubicándose un 28,3% por debajo del mes previo, pero con un crecimiento interanual del 79,2% y muy por encima del promedio de los últimos cinco años. A pesar de este dinamismo, los precios disponibles se mantienen relativamente contenidos, con valores que oscilan entre 200 y 210 dólares por tonelada, mientras que las posiciones a cosecha se ubican en torno a los 205 dólares, con escasas mejoras hacia el inicio de 2027.

El verdadero punto de tensión se encuentra en los costos. Los fertilizantes, insumo clave para la producción de cereales, registran valores elevados en términos históricos: la urea se ubica en torno a los 800/850 dólares por tonelada, el MAP supera los 900 dólares y el superfosfato triple ronda los 750 dólares. En este contexto, el costo de fertilización puede representar entre el 30% y el 40% del costo directo del cultivo, obligando a los productores a replantear sus estrategias de inversión.

La relación insumo-producto se ha deteriorado sensiblemente. Mientras el trigo permanece relativamente estable en torno a los 200 dólares, los nutrientes han mostrado incrementos impulsados por factores globales, entre ellos tensiones geopolíticas que afectan la oferta internacional y encarecen la logística. Este desbalance obliga a exigir rindes cada vez más elevados para cubrir costos, especialmente en esquemas productivos sobre campo arrendado.

Los números son claros. En la región pampeana, un planteo tecnológico alto requiere (en ampo alquilado) 35 o más quintales por hectárea para alcanzar el punto de equilibrio. Con un manejo intermedio, ese umbral desciende a 28 quintales, mientras que en esquemas de baja inversión se ubica en torno a los 20/25 quintales. Estos niveles se encuentran en muchos casos por encima del rendimiento promedio histórico, incluso en campañas favorables, lo que introduce un sesgo conservador en la toma de decisiones.

Frente a este escenario, el productor se ve obligado a priorizar la eficiencia en el uso de recursos. La fertilización, lejos de ser una variable ajustable sin consecuencias, plantea un dilema estratégico. Reducir dosis puede mejorar el flujo de caja en el corto plazo, pero implica resignar potencial productivo y, en muchos casos, deteriorar la fertilidad del suelo en el mediano plazo. El equilibrio entre rentabilidad inmediata y sustentabilidad del sistema vuelve a estar en el centro de la discusión.

En paralelo, el manejo agronómico adquiere una relevancia creciente. Los cambios en el régimen térmico, con primaveras más cálidas y una reducción del período de heladas, están obligando a revisar las fechas de siembra. Ensayos regionales muestran que adelantar la implantación permite evitar golpes de calor durante el llenado de grano, aunque incrementa el riesgo de daños por heladas tardías. Se trata, nuevamente, de administrar riesgos en un contexto de creciente variabilidad climática.

La calidad del trigo también emerge como una variable clave, especialmente en regiones alejadas de los puertos, como gran parte de La Pampa. La posibilidad de acceder a mercados con mejores precios depende en gran medida del contenido proteico y de gluten del grano, lo que obliga a seleccionar variedades adecuadas y sostener niveles mínimos de nutrición. En este sentido, la decisión tecnológica no puede desligarse de la estrategia comercial.

Más allá de su resultado económico directo, el trigo cumple un rol fundamental dentro del sistema productivo. Su inclusión en la rotación permite controlar malezas resistentes, diversificar el uso de herbicidas y mejorar la estructura del suelo. En campos donde predominan especies problemáticas como rama negra o yuyo colorado, la incorporación de cultivos de invierno no es solo una opción, sino una necesidad agronómica.

Todo indica que la campaña de fina 2026 se caracterizará por una menor superficie sembrada y un ajuste generalizado en los paquetes tecnológicos. Los productores con mayor respaldo financiero podrán sostener niveles de inversión más altos, mientras que aquellos con restricciones de capital tenderán a adoptar esquemas más conservadores. Esta heterogeneidad marcará el resultado final de la campaña.

En definitiva, el trigo enfrenta un escenario donde las condiciones naturales invitan a producir, pero las variables económicas obligan a ser cautelosos. La clave estará en encontrar un equilibrio entre riesgo y eficiencia, entre corto y largo plazo. Porque en el agro, más allá de las coyunturas, el verdadero desafío no es maximizar un resultado puntual, sino sostener la productividad del sistema a lo largo del tiempo.

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