Opinion

La reforma del Banco Central y el financiamiento del desarrollo argentino

La Argentina tiene uno de los sistemas financieros menos profundos de América Latina
La Argentina tiene uno de los sistemas financieros menos profundos de América Latina.

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EL DIARIO digital

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Santiago Ferro Moreno (*)

El Poder Ejecutivo Nacional abrió la discusión sobre una nueva reforma de la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina. Aunque todavía no se conoce un proyecto definitivo, los lineamientos difundidos plantean recuperar la preservación del valor de la moneda como objetivo central, limitar el financiamiento directo e indirecto al Tesoro y fortalecer la independencia institucional de la autoridad monetaria.

La orientación aborda uno de los problemas históricos de la economía argentina. Un Banco Central subordinado a las necesidades fiscales del gobierno de turno pierde capacidad para sostener una política monetaria consistente. La emisión destinada a financiar déficits recurrentes, la utilización de reservas con objetivos de corto plazo y la inestabilidad de las reglas erosionaron la moneda, el ahorro y la confianza.

Sin estabilidad monetaria no puede existir crédito de largo plazo. Pero una reforma del Banco Central,, aun cuando resulte necesaria, no resolverá por sí sola el problema financiero argentino. Queda pendiente una pregunta estratégica: ¿qué sistema necesita el país para transformar el ahorro en producción, inversión, empleo y consumo sostenible?

La Argentina tiene uno de los sistemas financieros menos profundos de América Latina. De acuerdo con datos del Banco Mundial, el crédito interno al sector privado representó alrededor del 17,6% del producto en 2025, frente a un promedio regional cercano al 52,6%. En Brasil alcanzó el 75,1%; en Chile, el 102,1%; en Colombia, el 39,9%; y en México, el 35,5%. Con una medición más restringida, el Banco Central estimaba que el financiamiento bancario al sector privado equivalía a apenas el 11,4% del PIB hacia fines de 2025.

Esa diferencia expresa capacidades productivas concretas. Una empresa argentina dispone de mucho menos financiamiento que sus competidoras regionales para incorporar tecnología, ampliar instalaciones, sostener capital de trabajo o atravesar una coyuntura adversa. Una pyme puede ser rentable y contar con oportunidades comerciales, pero no invertir porque el plazo del préstamo no coincide con el período de recuperación del proyecto o porque el costo financiero absorbe el margen esperado.

El crédito mostró algunos signos recientes de recuperación. En mayo de 2026, el saldo real de los préstamos en pesos al sector privado aumentó 0,3%, luego de cuatro meses consecutivos de caída. Al incorporar el financiamiento en moneda extranjera, el crecimiento mensual fue de 0,8% y el interanual alcanzó el 10,8%. Sin embargo, la mejora estuvo impulsada principalmente por líneas comerciales, créditos con garantía real y prefinanciaciones de exportaciones. Los préstamos destinados al consumo disminuyeron 1,1% real durante ese mes.

La recuperación tampoco es homogénea en la economía real. En mayo de 2026, mientras la actividad económica registraba una leve mejora, la producción industrial manufacturera caía 5,7% interanual y la utilización de la capacidad instalada se ubicaba en 58,4%. La estabilidad de algunas variables convive todavía con capacidad ociosa, dificultades comerciales y márgenes estrechos en una parte importante del entramado productivo.

También es necesario precisar qué significa recuperar el crédito. No alcanza con observar cuánto aumenta el financiamiento; hay que analizar quién se endeuda, para qué lo hace y con qué ingresos deberá afrontar las cuotas. El préstamo que permite comprar una vivienda, incorporar maquinaria o ampliar una empresa no cumple la misma función económica que la deuda tomada para pagar alimentos, servicios o gastos cotidianos.

Durante 2025, el financiamiento bancario destinado a las familias creció 64,6% en términos reales y las líneas de consumo explicaron aproximadamente dos tercios de ese aumento. Esa expansión convivió con una recuperación desigual del poder adquisitivo. En mayo de 2026, mientras la inflación interanual fue de 33,2%, los salarios del sector privado registrado aumentaron 29,3% y los del sector público, 27,4%. El índice salarial total mostró un incremento mayor, impulsado principalmente por la estimación correspondiente al sector no registrado, pero ese promedio no elimina el deterioro observado en segmentos relevantes del empleo.

Además, algunos gastos difíciles de postergar aumentaron muy por encima del nivel general de precios. En el mismo período, vivienda, agua, electricidad y gas acumularon una suba interanual del 48%; transporte, del 42,1%; y educación, del 42,7%. Para evaluar la capacidad efectiva de pago de las familias no alcanza, entonces, con comparar el salario promedio con la inflación general. También importa cómo evoluciona la canasta concreta de gastos.

En este contexto, una parte del aumento del crédito puede expresar menos una recuperación genuina del consumo que la necesidad de sustituir ingresos presentes por ingresos futuros. Endeudarse para sostener gastos corrientes posterga el ajuste, pero compromete una parte del salario de los meses siguientes. El crédito deja de ser una herramienta de progreso y se convierte en un mecanismo defensivo frente al deterioro del ingreso disponible.

La evolución de la mora refuerza esta advertencia. En mayo de 2026, el 12,8% de las financiaciones bancarias a las familias se encontraba en situación irregular, frente al 3,5% de los créditos a empresas. Entre los proveedores no financieros, la irregularidad alcanzaba en febrero el 34,1% en préstamos personales y el 19,4% en tarjetas. Los datos no demuestran que todo endeudamiento familiar responda a la insuficiencia de ingresos, pero sí muestran que la expansión del financiamiento convivió con crecientes dificultades de pago.

A esta fragilidad se suma una brecha persistente entre las tasas que las entidades pagan por captar depósitos y las que cobran por prestar. Hacia fines de julio de 2026, la tasa nominal anual promedio de los plazos fijos se ubicaba alrededor del 19,6%, mientras los préstamos personales promediaban el 66,9% y la financiación mediante tarjetas alcanzaba el 87,5%.

El riesgo de incobrabilidad explica una parte de esa diferencia. También intervienen los costos operativos, los encajes, los impuestos, las regulaciones, el plazo de las operaciones y la falta de un mercado de capitales profundo. Sin embargo, la magnitud de la brecha expone un sistema en el que ahorrar recibe una retribución limitada y financiarse continúa siendo muy costoso.

La estructura del mercado también importa. Una elaboración realizada a partir de la información publicada por el Banco Central muestra que, a fines de 2025, los cinco mayores bancos concentraban aproximadamente el 58,6% de los activos, el 60,3% de los préstamos y el 60% de los depósitos. Los diez primeros reunían cerca del 80% del sistema.

La concentración no demuestra por sí sola la existencia de conductas abusivas, pero reduce las alternativas y la capacidad de negociación de empresas y familias. La limitación es particularmente grave para las pymes, los emprendimientos nuevos, las cooperativas y las unidades productivas radicadas fuera de los principales centros urbanos.

Los balances bancarios también requieren una lectura cuidadosa. La rentabilidad sobre el patrimonio del sistema alcanzó el 26,9% en 2023 y el 15,8% en 2024, antes de descender al 4,4% en 2025. En mayo de 2026, la rentabilidad sobre los activos acumulada durante los doce meses anteriores se ubicaba en 1,1%. No sería riguroso afirmar que todas las entidades mantienen actualmente resultados extraordinarios. Sí puede sostenerse que, durante períodos de fuerte inestabilidad, una parte del sistema obtuvo rendimientos atípicamente altos sin que esa rentabilidad se tradujera en una expansión equivalente del crédito productivo.

Los bancos no crearon por sí solos la inflación, la fragilidad fiscal, la informalidad ni la volatilidad cambiaria. Se adaptaron racionalmente a un entorno que favoreció las operaciones de corto plazo, el financiamiento al sector público, las comisiones y los préstamos de consumo con tasas elevadas. El problema es que una conducta racional para cada entidad puede producir un resultado insuficiente para el desarrollo nacional.

En lugar de transformar el ahorro en inversión, el sistema termina administrando la escasez de crédito. Presta poco, por períodos cortos y a tasas elevadas; selecciona a los clientes con mayor capacidad patrimonial y deja fuera a numerosas empresas con proyectos viables, pero sin garantías suficientes. El subdesarrollo financiero deja así de ser solamente una limitación y se convierte, para algunos actores, en una fuente de rentabilidad.

Esto no significa que el crédito pueda crearse de manera sostenible mediante decretos, controles generales de tasas o cupos permanentes. Forzar el financiamiento sin estabilidad macroeconómica, fondeo genuino y evaluación adecuada del riesgo suele terminar en inflación, pérdidas patrimoniales, asignaciones discrecionales o nuevas crisis. Pero tampoco es suficiente esperar que la estabilidad resuelva por sí sola todas las fallas del sistema.

Si la reforma concentra el mandato del Banco Central en la preservación del valor de la moneda, será necesario definir qué instituciones asumirán los objetivos relacionados con el desarrollo y la orientación del financiamiento. Modificar la Carta Orgánica puede ordenar el mandato monetario, pero no elimina la responsabilidad del Estado sobre el funcionamiento del sistema financiero. El propio Banco Central seguirá teniendo funciones decisivas en materia de regulación, solvencia, competencia, transparencia, medios de pago y protección de los usuarios.

La Argentina necesita una estrategia explícita de profundización financiera que evalúe no sólo el volumen de préstamos, sino también sus plazos, costos, destinos, distribución territorial y acceso por tamaño de empresa. No es equivalente un aumento de la financiación con tarjeta que un crédito a siete años para incorporar tecnología; tampoco es lo mismo financiar capital de trabajo de una gran compañía que acompañar la inversión de una pyme del interior.

Esa estrategia debería fortalecer y profesionalizar la banca de desarrollo, el Banco de Inversión y Comercio Exterior, los bancos provinciales y los sistemas de garantías recíprocas. También debería ampliar instrumentos como el descuento de facturas, el cheque electrónico, los fideicomisos productivos, las obligaciones negociables para pymes y los fondos orientados a proyectos concretos.

Los incentivos regulatorios o tributarios deberán condicionarse a resultados verificables. Una reducción de encajes o impuestos sólo tiene sentido si se traduce en menores tasas, mayores plazos o más crédito productivo. También es necesario ampliar la competencia mediante bancos digitales, cooperativas, mutuales y empresas tecnológicas, bajo condiciones equivalentes de transparencia, solvencia y protección de los usuarios.

La reforma del Banco Central puede contribuir a terminar con la subordinación de la política monetaria a las necesidades fiscales, pero no debería cerrar la discusión. Su éxito no deberá evaluarse solamente por la cantidad de pesos que deje de emitir para financiar al Tesoro. También deberá medirse por la capacidad del país para construir un sistema que transforme el ahorro en inversión, financie a empresas productivas y evite que el endeudamiento familiar funcione como sustituto permanente de ingresos insuficientes.

La Argentina necesita un Banco Central que no emita para financiar el déficit y un sistema financiero que sí canalice el ahorro para financiar su desarrollo.

(*) Emprendedor agro | Asesor y consultor | Formador | Docente, investigador y extensionista 

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