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EL DIARIO digital
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Una de cal
El gobernador Sergio Ziliotto y el intendente Luciano di Nápoli pusieron en marcha, de manera todavía virtual pero también concreta, la campaña política que mira de reojo y por momentos casi de frente las elecciones del año próximo, cuando en La Pampa volverán a ponerse en juego todos los cargos provinciales y municipales.
Los anuncios formulados apenas finalizado el Mundial de fútbol pueden leerse como el primer movimiento visible de una actividad proselitista que, tarde o temprano, terminará ocupando buena parte de la agenda pública. Mucho más si se confirma un calendario electoral que obligue a los partidos a resolver sus candidaturas mediante internas durante febrero.
No hay demasiada ingenuidad en la política, y mucho menos cuando se aproxima una elección. Ziliotto y Di Nápoli hacen cálculos, miden escenarios, buscan instalar temas y procuran exhibir capacidad de gestión. Sería absurdo desconocer ese componente. Pero también sería injusto reducir los anuncios a una simple maniobra publicitaria.
El aspecto favorable para la comunidad es que tanto la presentación encabezada por Ziliotto en Toay como el anuncio de Di Nápoli sobre la radicación de una empresa logística vinculada con Vaca Muerta colocaron en escena proyectos que no se limitan a promesas vagas, compromisos de ocasión o frases diseñadas para una placa de redes sociales. Hubo inversiones identificadas, plazos, responsables, objetivos y explicaciones sobre el impacto que podrían tener esas decisiones.
La campaña realizada desde la gestión tiene una ventaja evidente: obliga a respaldar el discurso con acciones que, si se concretan, terminan repercutiendo sobre la vida cotidiana.
Puede haber oportunismo, propaganda, fotografías cuidadosamente preparadas y dosis excesivas de optimismo. Todo eso forma parte del repertorio tradicional de cualquier oficialismo que pretende conservar el poder. Pero, al menos, existe una base material sobre la cual discutir.
No se trata solamente de eslóganes, herramientas de marketing o apelaciones emocionales. Son iniciativas que establecen un vínculo verificable con problemas reales de la comunidad: el empleo, la actividad económica, la infraestructura, los servicios y las posibilidades de desarrollo. Ante anuncios concretos, la ciudadanía también dispone de parámetros concretos para evaluar cuánto prometió, cuánto cumplió y cuánto quedó apenas en una conferencia de prensa.
Esa posibilidad de control social y político no elimina la especulación electoral, pero la vuelve más saludable. La campaña deja de ser únicamente una competencia de consignas y se convierte, al menos en parte, en una discusión sobre resultados. Quien gobierna pide el voto mostrando lo que hizo y comprometiéndose con lo que todavía falta.
Como estrategia preelectoral, resulta bastante más edificante inaugurar obras, atraer inversiones o presentar proyectos que agitar una motosierra, fabricar enemigos imaginarios o convertir cada acto público en una sucesión de gritos indecorosos. La gestión no garantiza una buena campaña, ni mucho menos un buen gobierno. Pero sigue siendo una plataforma bastante más digna que el espectáculo vacío.
y una de arena

El vocero presidencial Adrián Ravier llegó a ese cargo sin experiencia específica ni recorrido político que lo respaldara, pero favorecido por su amistad con el presidente Javier Milei y por el insólito salto que dio desde La Pampa, primero como diputado nacional y después como una de las voces oficiales del Gobierno.
Desde entonces, sorprende casi diariamente al sistema político, económico y mediático con anuncios, opiniones y derrapes de diverso calibre.
Desde aquella jornada en que recomendó abrigarse a las personas vulnerables que no pudieran pagar el gas, no dejó prácticamente una semana libre de "ravieradas". Algunas provocan indignación; otras, desconcierto; muchas exponen una preocupante combinación de crueldad, desconocimiento y desapego respecto de la realidad que atraviesa buena parte de la sociedad argentina.
Esta semana, el festival adquirió una intensidad especial. Anticipó que el dólar podría dispararse hasta los $1.800, una cifra que se le escapó públicamente y que generó malestar en el equipo económico encabezado por Luis "Toto" Caputo.
No se trató de una opinión formulada por un analista, un dirigente opositor o un operador financiero, sino de una afirmación lanzada por el vocero del Presidente. En un Gobierno que hace del control de las expectativas una parte central de su relato económico, semejante anuncio equivale a encender un fósforo al lado de un surtidor.
Durante la misma semana, Ravier había conseguido desmentirse a sí mismo mientras ensayaba elucubraciones sobre el "país bananero" que, según escribió, es la Argentina. Después llegó al extremo de responder una pregunta durante una conferencia de prensa leyendo un machete equivocado, en una escena que habría resultado cómica si no proviniera de quien tiene la responsabilidad institucional de comunicar las decisiones del Poder Ejecutivo.
Fanático de la Escuela Austríaca y presentado como supuesto formador de excelencia en la Fundación Faro, Ravier exhibe en cada intervención pública carencias difíciles de disimular. No son únicamente errores de comunicación, tropiezos ocasionales o frases desafortunadas.
Lo que aparece es una falta de preparación evidente, acompañada por una ausencia todavía más grave de criterio político, sensibilidad social y sentido común. Imposible no detectar rasgos de la indigencia cognitiva que el periodista Carlos Pagni atribuyó a su antecesor Manuel Adorni.
La semana pasada, estas mismas líneas señalaron la impunidad con la que algunos funcionarios practican la crueldad. Ravier no solo encarna ese rasgo, sino que le agrega una ignorancia pasmosa y una distancia injustificable respecto del pueblo, la comunidad o "la gente" a la que dice representar.
Habla de quienes no pueden pagar el gas como si el frío fuera un problema de vestuario; menciona una eventual escalada del dólar como quien comenta el pronóstico del tiempo; y se refiere a la Argentina con el desprecio de quien parece observarla desde afuera.
El Gobierno que llegó prometiendo terminar con la casta convirtió al vocero presidencial en un ejemplo contante y sonante de su propia casta libertaria: cargos repartidos entre amigos, improvisación premiada, soberbia intelectual y ninguna rendición de cuentas por los errores cometidos. La pretendida superioridad técnica terminó reducida a una sucesión de papelones.
Ravier ya no es solamente un funcionario que comunica mal. Se convirtió, con nombre y apellido, en la expresión más visible de la tilinguería política de un espacio que reniega de la política mientras disfruta de sus cargos, sus privilegios y sus micrófonos. Y que, cada vez que intenta explicar el país, demuestra hasta qué punto desconoce a quienes viven en él.