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EL DIARIO digital
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Una de cal...
La audiencia pública por el loteo que el Santa Rosa Rugby Club pretende desarrollar sobre una zona sensible de recarga del acuífero volvió a poner en valor una herramienta democrática que la ciudad debería incorporar como práctica natural: discutir de cara a la comunidad los asuntos que comprometen su presente y, sobre todo, su futuro.
La propuesta abrió una discusión de fondo sobre el modo en que Santa Rosa piensa su crecimiento, sobre los límites de la expansión urbana y sobre la obligación de mirar con especial cuidado todo aquello que pueda impactar en un recurso tan estratégico como el agua.
En una ciudad atravesada desde hace años por déficits estructurales, tensiones ambientales, problemas de infraestructura y debates postergados, la posibilidad de sacar una decisión de los despachos y ponerla bajo la mirada pública representa un avance institucional concreto.
La audiencia no resuelve por sí sola el conflicto, pero abre una puerta saludable: permite escuchar, preguntar, confrontar argumentos, sumar información y fijar posición. Y, sobre todo, deja registro. Cada actor que interviene debe hacerse cargo de lo que plantea, de lo que defiende y también de lo que omite.
En los sucesivos encuentros organizados por el Concejo Deliberante en la Universidad Nacional de La Pampa hubo espacio para que la entidad impulsora del proyecto explicara su iniciativa y expusiera sus razones. También para las advertencias técnicas, para las dudas ambientales, para las inquietudes vecinales y para una discusión política que, lejos de ser un ruido externo, forma parte inevitable de cualquier debate sobre el destino de la ciudad.
La palabra del intendente Luciano di Nápoli fue, en ese sentido, uno de los momentos centrales del proceso. El jefe comunal apuntó contra el gobierno provincial por su inacción en la materia y cuestionó que la Provincia se saque de encima responsabilidades que le corresponden para trasladarlas a los municipios, sin contemplar siquiera el impacto financiero que eso implica.
Esa intervención le agregó pimienta política a la audiencia, pero también dejó planteado un problema real: no hay planificación urbana seria si cada nivel del Estado empuja sus obligaciones hacia otro lado. Tampoco hay debate ambiental honesto si la discusión queda reducida a una pelea de competencias, sin asumir que el crecimiento de Santa Rosa exige respuestas integrales, coordinadas y sostenidas en el tiempo.
Ahora será el Concejo Deliberante el que deberá definir el futuro del proceso y de la propuesta. Allí se verá si los argumentos escuchados en la audiencia pesan realmente en la decisión final o si la instancia queda apenas como una formalidad previa a una resolución ya encaminada.
Pero, más allá del desenlace puntual, la experiencia dejó una señal valiosa. Cuando una comunidad puede informarse, intervenir y discutir, la democracia local gana densidad. Se achica el margen para las decisiones tomadas entre pocos. Cuando la ciudad se anima a mirarse a sí misma, incluso con tensiones, empieza a construir una forma más madura de decidir hacia dónde quiere ir.
...y una de arena
Del otro lado de la escena aparece Adrián Ravier, un supuesto representante de La Pampa que acaba de recibir un premio rápido para su carrera política: fue designado nada menos que vocero presidencial, después de sus reiteradas incursiones mediáticas en defensa de Manuel Adorni, de Javier Milei y de un gobierno nacional que viene haciendo del destrato a las provincias una marca de gestión.
La designación no cayó del cielo. Antes de llegar a ese lugar, Ravier rindió examen en el Congreso. Y, por lo visto, lo aprobó con nota alta. Estuvo dispuesto a levantar la mano cuando se lo pidieron, a justificar lo injustificable cuando hizo falta y a comportarse, en los hechos, como una pieza útil de un proyecto político que no tiene mayores reparos en perjudicar a La Pampa y a su población.
Ese dato es el núcleo del problema. Ravier no fue premiado por defender los intereses de la provincia que lo llevó a una banca. Fue premiado por otra cosa: por alinearse sin matices, por poner su discurso al servicio de la Casa Rosada y por demostrar que, ante cada conflicto entre el territorio que debía representar y el poder nacional que buscaba agradar, siempre estuvo más cerca del poder nacional.
Esa conducta tiene consecuencias concretas. No se trata de una diferencia de estilo ni de una discusión abstracta entre economistas. Se trata de votos, argumentos y posicionamientos que complican a la provincia, que avalan normativas regresivas y que achican la calidad de vida de la comunidad pampeana. La representación política, cuando se ejerce de espaldas al territorio, se convierte en trampolín personal.
Ravier suele presentarse con tono académico, modales de especialista y una supuesta solvencia técnica para explicar la economía. Pero su problema no es de biblioteca: es de realidad. Le cuesta mucho menos defender un dogma que mirar el impacto concreto de las políticas públicas sobre la vida de las personas. Habla del Estado como si fuera una peste, pero su propia trayectoria muestra una comodidad notable para habitarlo, cobrar de él y proyectarse dentro de sus estructuras.
La contradicción no es menor. Mientras defenestra discursivamente lo público, sostiene ingresos provenientes de la universidad pública y de la actividad legislativa. Y ahora suma un nuevo conchabo estatal en el corazón mismo del poder presidencial. La casta, cuando es propia, pasa a llamarse mérito, oportunidad o batalla cultural.
Entre sus antecedentes más llamativos también aparece una escena difícil de digerir: la facilidad con la que aceptó la humillación pública del propio Milei, que tiempo atrás lo trató de "imbécil" y "econochanta". En otros ámbitos, semejante destrato sería una marca indeleble. En la tribu libertaria, en cambio, puede terminar convertido en una anécdota de reconciliación, en una credencial de obediencia o en la antesala de un cargo.
El caso expone una trama que va más allá de la afinidad ideológica. Hay vínculos personales, sintonías políticas y también relaciones previas que ayudan a explicar por qué algunos ascensos se producen con tanta velocidad. La motosierra no corta por donde pasan los amigos, los aliados útiles o los recién llegados que demostraron suficiente disposición para hacer el trabajo sucio.
La conclusión es triste, pero bastante nítida. La designación de Ravier como el nuevo Adorni de Milei confirma que, en determinado ecosistema político, el éxito individual puede valer más que la lealtad con la comunidad de origen. Incluso cuando ese éxito exige pisotear derechos, resignar sensibilidad territorial y convertir una banca pampeana en una plataforma de despegue personal.