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EL DIARIO digital
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La campaña agrícola 2025/26 en la provincia de La Pampa transita una fase decisiva, marcada por una notable heterogeneidad productiva que combina señales alentadoras en los cultivos estivales con resultados preocupantes en producciones ya finalizadas. Este comportamiento, lejos de ser un fenómeno estrictamente provincial, se inscribe dentro de una dinámica nacional donde el clima, los costos de producción y las variables macroeconómicas configuran un escenario de alta complejidad para el sector agropecuario.
En primer término, la cosecha de girasol ha dejado un saldo claramente negativo en vastas zonas del territorio pampeano. Los rindes se ubicaron por debajo de las expectativas iniciales, con promedios que, según estimaciones relevadas por las bolsas de cereales, oscilaron entre 14 y 18 qq/ha en sectores del centro-oeste provincial, cuando los valores históricos esperables superan los 20 qq/ha. A ello se suma un factor cualitativo igualmente preocupante: el bajo peso hectolítrico del grano, producto de un llenado deficiente asociado a condiciones hídricas restrictivas durante etapas críticas del cultivo. Esta combinación impacta directamente en la rentabilidad, al reducir tanto el volumen comercializable como la calidad del producto.
A nivel nacional, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires estimó una superficie implantada de girasol cercana a los 2,3 millones de hectáreas, con una producción que difícilmente alcance los 4,3 millones de toneladas, reflejando un retroceso respecto de la expectativa de 5 millones de toneladas. En tanto, la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) también ha señalado una merma en los rindes promedio, ubicándolos en torno a los 19 qq/ha a nivel país, consolidando una campaña que puede caracterizarse, sin ambigüedades, como decepcionante.
En contraste, las perspectivas para los cultivos de maíz y soja resultan significativamente más favorables, aunque no exentas de riesgos. En La Pampa, el maíz ha mostrado un desarrollo vegetativo adecuado, con rindes proyectados que podrían ubicarse entre 55 y 65 qq/ha en las zonas más productivas, siempre que las condiciones climáticas acompañen durante el tramo final del ciclo. La Bolsa de Cereales de Córdoba, por su parte, proyecta para esa provincia rindes promedio cercanos a los 75 qq/ha, mientras que la BCR estima una producción nacional de maíz en torno a los 62 millones de toneladas, sustentada en una superficie sembrada de aproximadamente 8,5 millones de hectáreas.
La soja, cultivo central en el esquema productivo argentino, también presenta perspectivas alentadoras. En el ámbito pampeano, los lotes de primera exhiben un estado general bueno a muy bueno, con estimaciones de rinde que podrían oscilar entre 25 y 30 qq/ha. A nivel país, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires proyecta una superficie de 17,3 millones de hectáreas, con una producción que podría superar los 50 millones de toneladas bajo un escenario climático normal. Sin embargo, tanto en soja como en maíz, persiste un factor de incertidumbre no menor: la posibilidad de eventos climáticos extremos, particularmente heladas tempranas o excesos hídricos, que podrían comprometer el potencial productivo en cuestión de semanas.
En este sentido, los pronósticos climáticos de mediano plazo aportan un moderado optimismo. Los principales modelos coinciden en señalar una transición hacia condiciones de neutralidad en el fenómeno ENSO, con una tendencia a precipitaciones normales a levemente superiores a lo normal en la región pampeana durante el otoño. Como alerta, se observa un marcado descenso térmico para el primer fin de semana de abril, que debido a la humedad imperante en la zona no debería generar daños al menos en nuestra provincia.
En lo que respecta al trigo, la perspectiva hídrica inicial resulta auspiciosa. Los perfiles de suelo presentan niveles de humedad adecuados en amplias zonas de la provincia, lo que configura una condición necesaria, aunque no suficiente, para una buena implantación. Sin embargo, el análisis económico introduce un fuerte condicionante. El costo de implantación del cultivo ha experimentado un incremento sustancial, impulsado principalmente por el encarecimiento de los fertilizantes, insumo clave para alcanzar niveles de rendimiento competitivos. A esto se suma un precio internacional del trigo que se mantiene en niveles relativamente deprimidos, lo que reduce los márgenes esperados y desalienta decisiones de siembra en planteos de alto nivel tecnológico.
Este desbalance entre costos crecientes y precios contenidos no es un fenómeno aislado, sino estructural. En este contexto, la política tributaria adquiere una relevancia central. Las retenciones a las exportaciones continúan erosionando la rentabilidad del productor, particularmente en regiones marginales como amplias áreas de La Pampa, donde los rindes potenciales son menores y la variabilidad climática es más pronunciada. La necesidad de avanzar en una reducción sostenida de estos derechos de exportación no responde únicamente a una demanda sectorial, sino a un imperativo económico orientado a recomponer incentivos productivos, promover la inversión y fortalecer la competitividad del sistema agroindustrial argentino.
En síntesis, el panorama agropecuario pampeano se caracteriza por una marcada dualidad: mientras algunos cultivos reflejan el impacto adverso de condiciones climáticas restrictivas, otros ofrecen perspectivas promisorias sujetas a la evolución del clima en el corto plazo. A nivel nacional, esta misma tensión se replica, configurando una campaña que exige una lectura integral de variables agronómicas, económicas y climáticas. En este escenario, la toma de decisiones productivas se vuelve cada vez más compleja y dependiente de factores exógenos.
El desafío, por tanto, no radica únicamente en gestionar la incertidumbre, sino en generar las condiciones estructurales que permitan al productor enfrentarla con herramientas adecuadas. Sin una corrección de los desajustes macroeconómicos y una política agropecuaria que acompañe el esfuerzo productivo, incluso las mejores condiciones climáticas resultarán insuficientes. La competitividad del agro argentino y, en particular del pampeano, no puede seguir dependiendo exclusivamente del clima: requiere, de manera impostergable, decisiones políticas que estén a la altura de su potencial.