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EL DIARIO digital
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La ganadería pampeana atraviesa en 2026 un punto de inflexión. La mayor variabilidad climática, con primaveras más erráticas, veranos de altas temperaturas y eventos de déficit hídrico cada vez más frecuentes, obliga a repensar los sistemas productivos desde una lógica agronómica más robusta. En este contexto, las pasturas perennes, y en particular las praderas base alfalfa, vuelven a ocupar un rol central como herramienta de estabilización productiva, eficiencia económica y sustentabilidad ambiental en los sistemas ganaderos de La Pampa.
Hacia fines de enero, todo productor que proyecte implantar una pastura perenne en el otoño debe haber iniciado ya el proceso de planificación. La experiencia técnica acumulada por el INTA demuestra que más del 60 % del éxito de una pradera se define antes de que la sembradora ingrese al lote. La correcta selección del potrero, el cultivo antecesor, el control anticipado de malezas y la disponibilidad de agua útil en el perfil son factores determinantes.
En la región pampeana semiárida, el cultivo antecesor adquiere una relevancia aún mayor. Ensayos del INTA Anguil indican que el trigo continúa siendo uno de los mejores precursores de las praderas base alfalfa, ya que permite un barbecho largo, un adecuado control de malezas y una correcta recarga hídrica del suelo. Cuando se opta por cultivos estivales, el girasol presenta ventajas respecto de la soja, al liberar el lote más tempranamente y facilitar siembras en la segunda quincena de marzo, una ventana crítica para asegurar buena implantación.
Sin embargo, un lote mal manejado, especialmente en girasol, puede dejar una elevada presión de malezas problema. Iniciar una pastura sobre un potrero enmalezado es una de las decisiones técnicas más costosas que puede tomar un productor. Las pasturas perennes representan una inversión de largo plazo, no menor a 4 o 5 años de permanencia, y sus especies poseen semillas pequeñas, con escasas reservas, lo que las vuelve extremadamente poco competitivas durante los primeros meses. El INTA estima que fallas de implantación asociadas a malezas pueden reducir la producción forrajera acumulada del ciclo en más de un 30 %.
Por ello, el objetivo debe ser llegar a la siembra con un lote limpio, bien estructurado y con el perfil cargado de humedad. En La Pampa, la fecha óptima se ubica entre la segunda quincena de marzo y la primera semana de abril, especialmente para alfalfa, ya que retrasos posteriores incrementan el riesgo de heladas tempranas y reducen la tasa de supervivencia de plántulas.
La calidad de la semilla es otro pilar técnico insoslayable. Utilizar variedades de alto potencial productivo y adaptadas a la región es una condición básica. Según datos del INTA, la diferencia entre una semilla de alta calidad y una de "calidad dudosa" puede implicar hasta 1.5002.000 kg de materia seca por hectárea por año. Además, es imprescindible garantizar que la semilla esté libre de malezas como Cuscuta o biznaga, cuyo ingreso al sistema puede comprometer la vida útil de la pastura.
La semilla debe contar con un tratamiento profesional que incluya inoculantes específicos, micronutrientes y polímeros protectores. La correcta inoculación con "Rhizobium" permite a la alfalfa fijar entre 200 y 300 kg de nitrógeno por hectárea por año, según mediciones del INTA, reduciendo la necesidad de fertilización nitrogenada y aportando nitrógeno al resto de las especies acompañantes, como festuca o cebadilla.
Existen además riesgos sanitarios asociados a la semilla. Un ejemplo paradigmático es la festucosis, enfermedad causada por endófitos transmitidos por semilla que generan forrajes tóxicos para el ganado. Este tipo de problemas refuerza la necesidad de ser extremadamente rigurosos en la elección del material genético.
La fertilización, particularmente fosfatada, es otro factor crítico. Los suelos pampeanos presentan en muchos casos niveles de fósforo extractable por debajo de los 1012 ppm, umbral mínimo recomendado por el INTA para praderas de alta producción. Ensayos regionales muestran respuestas de hasta un 40 % en producción de forraje cuando se corrigen deficiencias fosfatadas en alfalfa. Sin fósforo disponible, la fijación biológica de nitrógeno se ve severamente limitada, comprometiendo el rendimiento del sistema.
En cuanto a la siembra, las máquinas modernas de siembra directa no siempre son las más adecuadas para semillas de tamaño reducido. Incrementar la densidad como solución suele encarecer el sistema sin garantizar mejores resultados. Es clave trabajar sobre una correcta distribución de rastrojos y, cuando es necesario, utilizar barre rastrojos o recurrir a una siembra convencional liviana. Las semillas forrajeras perennes deben implantarse a no más de 1 cm de profundidad, e incluso especies como trébol blanco o lotus pueden germinar en superficie si las condiciones de humedad son adecuadas.
Finalmente, el primer pastoreo define gran parte del futuro de la pastura. No debe realizarse antes de los 90 días posteriores a la siembra, verificando previamente el buen arraigo de las plantas. El uso de categorías livianas, con alta carga instantánea y corta permanencia, permite un despunte uniforme que favorece a la leguminosa y mejora la arquitectura de la pradera. Este momento también es oportuno para controles puntuales de malezas.
En un contexto económico donde la eficiencia forrajera es determinante y el clima impone límites cada vez más claros, las pasturas perennes bien implantadas siguen siendo, en La Pampa, la columna vertebral de una ganadería competitiva, resiliente y sustentable. La agronomía aplicada, respaldada por conocimiento técnico y datos objetivos, continúa siendo la mejor inversión a largo plazo.
(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP.