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Decisiones forrajeras: silajes en tiempos de incertidumbre climática

Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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Al arribar a diciembre de 2025, la producción ganadera argentina continúa operando bajo un escenario climático estructuralmente inestable. Lejos de tratarse de un evento excepcional, la sucesión de campañas atravesadas por déficits hídricos, olas de calor prolongadas y marcadas oscilaciones interanuales ha consolidado un nuevo paradigma productivo, donde la gestión del riesgo forrajero se ha convertido en un componente central de la competitividad de los sistemas.

Los registros consolidados del Servicio Meteorológico Nacional y del INTA confirman que, en el último trienio, amplias zonas de la región pampeana acumularon precipitaciones entre un 25 y un 45 % por debajo de los promedios históricos, con particular impacto sobre los cultivos estivales. En este contexto, la campaña 2024/25 volvió a mostrar dificultades para la confección de reservas forrajeras, comprometiendo la planificación alimentaria de cara al invierno siguiente y revalidando la centralidad del silaje como herramienta de estabilización productiva.

Entre los cultivos destinados a la confección de silajes, el maíz continúa siendo la gramínea de mayor aporte energético por unidad de superficie, pero también la más vulnerable al estrés hídrico en estadios reproductivos. La sequía recurrente durante floración y llenado de grano ha obligado, una vez más, a numerosos productores a destinar a picado lotes con rendimientos muy por debajo de su potencial, enfrentando una disyuntiva clásica: asumir un mayor costo por kilogramo de materia seca o resignarse a una peligrosa escasez de fibra conservada.

Desde una óptica estrictamente económica, los números son elocuentes. Mientras que en campañas climáticamente normales el silaje de maíz puede aportar entre 13 y 16 toneladas de materia seca por hectárea, en lotes afectados por sequía esos valores se han ubicado, en promedio, entre 5 y 8 toneladas de materia seca por hectárea. Esta merma implica un incremento sustancial del costo unitario del forraje, que en sistemas intensivos como feedlots y tambos, se traduce en una presión directa sobre los márgenes. Sin embargo, la experiencia acumulada demuestra que las alternativas tales como, el pastoreo directo de cultivos secos o la henificación, raramente logran compensar esa pérdida, tanto por menores eficiencias de utilización, como por una mayor variabilidad en la calidad del alimento ofrecido.

Desde el punto de vista nutricional, el silaje de maíz confeccionado bajo condiciones de estrés hídrico presenta particularidades que exigen un análisis técnico fino y alejado de simplificaciones. En un silaje convencional, entre el 65 y el 70 % de la energía metabolizable proviene del almidón contenido en el grano. Cuando la sequía limita la formación de espigas, el contenido de almidón disminuye sensiblemente y el valor energético total del silaje suele ubicarse entre un 80 y un 90 % del obtenido en condiciones óptimas.

No obstante, esta reducción no implica necesariamente un forraje de baja calidad global. En ausencia de un destino reproductivo para los fotoasimilados, las hojas verdes continúan fotosintetizando y los carbohidratos se redistribuyen hacia el tallo, acumulándose como azúcares solubles y ácidos orgánicos. Diversos ensayos locales realizados entre 2023 y 2025 muestran que esta dinámica mejora la digestibilidad de la fibra detergente neutra (FDN) entre 5 y 12 puntos porcentuales, compensando parcialmente la menor concentración de almidón y otorgando una respuesta animal aceptable cuando el silaje es correctamente balanceado.

Otro aspecto relevante, particularmente valorado en el contexto económico actual, es el incremento del contenido de proteína bruta de la planta entera. Silajes de maíz bajo estrés hídrico han mostrado valores del 8 al 10 % de proteína, frente a los 6–7 % habituales. En un escenario de insumos proteicos persistentemente caros y volátiles, este atributo permite reducir la dependencia de concentrados externos, mejorando la eficiencia económica del sistema de engorde.

Sin embargo, estos beneficios potenciales no eximen de riesgos. La acumulación de nitratos continúa siendo uno de los principales desafíos sanitarios asociados a cultivos afectados por sequía. Altas concentraciones de estos, particularmente en la base del tallo, pueden resultar tóxicas para el ganado. Por ello, el análisis previo del forraje y la adopción de prácticas como el aumento de la altura de corte durante el picado se consolidan como recomendaciones técnicas ineludibles.

En definitiva, el silaje de cultivos afectados por sequía debe ser interpretado como lo que es: un recurso forrajero imperfecto, más caro y de menor volumen, pero estratégicamente indispensable en sistemas que no pueden prescindir de reservas. En un país donde la oferta forrajera regional continúa siendo errática y donde los costos logísticos superan con facilidad los 100 kilómetros de radio, la verdadera ineficiencia no radica en confeccionar un silaje costoso, sino en llegar al invierno sin alimento.

Porque al finalizar 2025, la lección vuelve a ser la misma: en ganadería, la rentabilidad no siempre se construye maximizando rindes, sino evitando que el sistema colapse cuando el clima vuelve a recordarnos que no negocia con planillas de costos ni con proyecciones optimistas.

(*) Ingeniero Agrónomo  (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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