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Control de plagas en soja en un contexto de estrés hídrico generalizado

Mariano Fava - Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) Posgrado en Agronegocios y Alimentos @MARIANOFAVALP

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EL DIARIO digital

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El cultivo de soja constituye uno de los pilares productivos y económicos del sistema agroindustrial argentino. No obstante, su estabilidad productiva se ve condicionada de manera recurrente por la interacción entre factores bióticos y abióticos, entre los cuales las plagas insectiles ocupan un rol central. Si bien existe un amplio espectro de organismos que pueden afectar al cultivo, la experiencia técnica y los registros de monitoreo indican que, en la región centro-sur del país, y particularmente en la provincia de La Pampa, dos grandes grupos concentran año tras año la mayor proporción de aplicaciones de insecticidas y de pérdidas potenciales de rendimiento: las orugas defoliadoras y el complejo de chinches. A este escenario, en la coyuntura actual, se suma con creciente relevancia la arañuela, favorecida por condiciones ambientales extremas.

Antes de profundizar en cada grupo de plagas, resulta imprescindible precisar el concepto de plaga. Desde el punto de vista agronómico y económico, se define como plaga a todo organismo vivo que, en un agroecosistema determinado, genera un daño económico significativo, es decir, una merma de rendimiento o calidad cuyo valor supera el costo de su control. Este concepto es eminentemente antrópico: en los ecosistemas naturales no existen plagas, sino poblaciones reguladas por equilibrios biológicos.

El complejo de orugas defoliadoras incluye especies como Anticarsia gemmatalis (oruga de las leguminosas), Rachiplusia nu (oruga medidora), Helicoverpa gelotopoeon (bolillera) y Spilosoma virginica (gata peluda norteamericana), entre otras. Si bien presentan diferencias marcadas en su biología y dinámica poblacional, comparten el hábito de alimentarse del área foliar, afectando la capacidad fotosintética del cultivo.

La soja posee una notable tolerancia a la defoliación, especialmente en estadios vegetativos tempranos. Estudios regionales indican que puede soportar pérdidas de hasta un 30 a 35 por ciento de área foliar sin impacto significativo en rendimiento, siempre que las condiciones ambientales acompañen. Este umbral de tolerancia se explica por mecanismos compensatorios como el aumento de la eficiencia fotosintética de hojas remanentes y la emisión de nuevas hojas.

Desde la óptica del Manejo Integrado de Plagas (MIP), sólo deben considerarse para la toma de decisiones las orugas mayores a 10 a 15 milímetros, dado que más del 80 por ciento del consumo foliar ocurre en los últimos estadios larvales. Además, la mortalidad natural por parasitoides, patógenos y predadores puede superar el 50 por ciento de las larvas pequeñas en condiciones normales.

Los umbrales de acción recomendados son:

Período vegetativo y floración: 35 por ciento de defoliación y aproximadamente 20 orugas grandes (mayores a 1,5 centímetros) por metro lineal de surco.

Desde vainas de 5 milímetros hasta inicio de amarillamiento foliar: 15 a 20 por ciento de defoliación con igual densidad de orugas.

El complejo de chinches, integrado principalmente por Nezara viridula, Piezodorus guildinii y Dichelops furcatus, constituye una de las plagas más dañinas de la soja argentina. A diferencia de las orugas, su daño es directo sobre los órganos reproductivos, afectando número de vainas, granos por vaina, peso de grano y calidad fisiológica de la semilla.

Una sola chinche adulta puede realizar hasta 150 picaduras, provocando desde aborto de granos hasta reducción del poder germinativo. Las sojas de crecimiento determinado concentran la oferta de alimento en un período más corto, mientras que las indeterminadas prolongan la exposición, incrementando el daño a igual densidad poblacional.

Sólo deben contabilizarse chinches mayores a 0,5 centímetros, dado que los estadios juveniles tempranos no generan daño económico. Los umbrales para siembras a 70 centímetros son:

Desde vainas de 5 milímetros hasta máximo tamaño de semilla: más de 2 chinches adultas por metro lineal.

Desde máximo tamaño de semilla hasta cosecha: 6 chinches adultas por metro lineal. En siembras a 35 centímetros o bajo estrés hídrico, estos umbrales se reducen a la mitad.

La campaña actual se caracteriza por una fuerte restricción hídrica en la región centro-sur del país, con reservas de humedad edáfica prácticamente agotadas en amplias zonas. A esto se suman temperaturas máximas superiores a los promedios históricos, elevada amplitud térmica y vientos persistentes de alta capacidad desecante. Este conjunto de factores ha generado un ambiente altamente favorable para el desarrollo de arañuela.

La arañuela es un ácaro que prospera en condiciones secas y cálidas, con ciclos de vida extremadamente cortos: puede completar una generación en 7 a 10 días a temperaturas superiores a 30 grados. Su daño se manifiesta como clorosis, bronceado y caída prematura de hojas, reduciendo drásticamente la fotosíntesis. Ensayos locales indican pérdidas de rendimiento superiores al 25 por ciento cuando el ataque no es controlado oportunamente.

El manejo de arañuela exige monitoreos frecuentes, atención a los bordes de lotes y uso de acaricidas específicos, evitando insecticidas de amplio espectro que eliminen predadores naturales y agraven el problema.

La elección del insecticida debe basarse en la plaga objetivo. Existen moléculas específicas para orugas, chinches y ácaros, así como productos de amplio espectro. Las formulaciones selectivas preservan la fauna benéfica y reducen el riesgo de plagas inducidas, además de ofrecer residualidades de hasta 21 días, aunque a un costo mayor.

En cuanto a la aplicación, la pulverización terrestre presenta menor costo directo, pero implica un daño mecánico estimado en 2 a 3 por ciento del cultivo, mientras que la aplicación aérea elimina este efecto a un costo operativo superior. La decisión debe basarse en el estado del cultivo, la transitabilidad y el costo-beneficio global.

En síntesis, el manejo de plagas en soja requiere hoy más que nunca una mirada integral, donde el monitoreo sistemático, el uso racional de umbrales y la correcta elección de herramientas químicas se integren con la lectura del contexto climático. En campañas dominadas por el estrés hídrico, las decisiones tardías o incorrectas amplifican las pérdidas. La clave no reside en aplicar más, sino en aplicar mejor, respetando los principios del manejo integrado y entendiendo que la rentabilidad sostenible surge del equilibrio entre biología, ambiente y economía.

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