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EL DIARIO digital
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Durante el último trimestre, la provincia de La Pampa atravesó una de las coyunturas agroclimáticas más complejas de los últimos años, caracterizada por la superposición de factores de estrés ambiental de elevada intensidad y persistencia. La escasez prolongada de precipitaciones, combinada con temperaturas máximas extremas, frecuentemente superiores a los 40 °C, y con regímenes de viento sostenido e intenso, configuró un escenario típico de "golpe de calor" a escala regional. Este conjunto de variables incrementó de manera significativa el déficit hídrico atmosférico y edáfico, elevó el poder desecante del ambiente y generó condiciones críticas tanto para los cultivos como para los sistemas ganaderos, en particular los bovinos en confinamiento, donde se observaron riesgos concretos de estrés térmico severo y pérdidas de eficiencia productiva.
Desde el punto de vista ecosistémico, este contexto derivó en una notable inestabilidad del sistema. En la región de monte de caldén (Prosopis caldenia) y arbustales asociados principalmente jarilla (Larrea divaricata), la acumulación de biomasa seca de baja palatabilidad, sumada a la ausencia de humedad y a los vientos dominantes, favoreció la ocurrencia de incendios de gran magnitud y difícil control. Estos eventos avanzaron con una velocidad e intensidad poco habituales afectando superficies extensas.
En los ambientes agrícolas, el panorama no fue menos preocupante. La reserva de agua útil del suelo se agotó de manera generalizada, especialmente en perfiles de la planicie con tosca, predominantes en amplias zonas de la provincia. Como consecuencia, los cultivos de cosecha gruesa ingresaron en estados de estrés hídrico severo durante etapas críticas, mientras que las pasturas y verdeos exhibieron una marcada pérdida de vigor, reducción del rebrote y disminución de la oferta forrajera. En términos sistémicos, el agroecosistema pampeano se encontró sometido a una tensión extrema desde los planos productivo y económico.
La ocurrencia de precipitaciones generalizadas y de magnitud significativa modificó de manera abrupta este escenario. En términos conceptuales, puede afirmarse sin exageración que la lluvia "aniquiló" la sequía y, con ella, la inercia de los incendios. En numerosos departamentos de la provincia se registraron acumulados superiores a los 100 milímetros, lo que permitió recomponer perfiles hídricos, reducir drásticamente el riesgo de fuego activo y sentar las bases para una recuperación parcial del sistema productivo.
Sin embargo, la recomposición no es homogénea y la respuesta productiva depende fuertemente del ambiente, del cultivo y del nivel de manejo aplicado. En maíz de siembra temprana, los daños fueron mayoritariamente irreversibles, dado que el estrés coincidió con etapas fenológicas críticas como floración y cuajado. Afortunadamente, este planteo representa menos del 20 % del área total implantada en la provincia, por lo que su impacto agregado sobre la producción global es acotado.
El cultivo de girasol presenta un escenario más complejo y heterogéneo. La campaña combinó siembras tempranas, tardías y semitardías, lo que derivó en una amplia dispersión de resultados. Los relevamientos a campo permiten estimar que aproximadamente un 25 % del área presenta afecciones graves, con rendimientos proyectados entre 400 y 800 kg/ha; un 40 % se ubica en un rango intermedio, con rindes esperados de 1.200 a 1.600 kg/ha; mientras que el 35 % restante, asociado a mejores ambientes y mayor adopción tecnológica, podría alcanzar producciones de 1.800 a 2.500 kg/ha, mayoritariamente ubicados en la planicie medanosa. En términos agregados, todo indica que la campaña de girasol será regular y estará por debajo de su potencial histórico en la provincia.
La soja, en cambio, emerge como el cultivo más favorecido por el cambio de escenario, aunque también es el que aún tiene mayor incertidumbre por delante. Dado que en La Pampa las fechas de siembra se concentran en noviembre y diciembre, el mes de febrero resulta decisivo para la definición del rendimiento. Si las precipitaciones se estabilizan y el cultivo no reingresa en estrés durante el período reproductivo, el potencial productivo es elevado. Claro está, este resultado depende de la ausencia de heladas tempranas en marzo y de la no ocurrencia de eventos generalizados de granizo, riesgos que, desde una perspectiva regional, suelen tener menor probabilidad relativa.
Finalmente, resulta imprescindible detenerse en el análisis de la coyuntura del monte de caldén y los arbustales post incendio. La combinación de fuego seguido de lluvias abundantes suele desencadenar una respuesta vigorosa de la vegetación natural, particularmente de especies pioneras y de bajo valor forrajero. En este contexto, es esperable una rápida colonización de los ambientes quemados por arbustos leñosos y gramíneas duras, muchas de ellas poco consumidas por el ganado. La carga animal habitual de la región resulta claramente insuficiente para controlar este rebrote, lo que incrementa el riesgo de degradación del sistema y de acumulación de combustible fino para futuros incendios.
Desde una perspectiva técnica, la coyuntura exige decisiones de manejo activas y anticipadas: ajustes de carga, uso estratégico del pastoreo, rolado selectivo, intervenciones mecánicas acorde a la ley de bosque y, en algunos casos, quemas prescriptas en el momento adecuado bajo criterios técnicos rigurosos. Sin duda sería un buene momento para avanzar a modo experimental, en el control químico de herbáceas pioneras de bajo o nulo valor forrajero mediante el uso de drones. De no implementarse estas medidas, el sistema tenderá a un estado de mayor fragilidad ecológica y productiva, comprometiendo su sustentabilidad a mediano plazo.
Como enseñaban los estoicos, "no es la adversidad la que define el destino, sino la manera en que se la enfrenta". O, dicho en términos del saber popular rural, la lluvia puede salvar la campaña, pero solo el manejo inteligente salva el campo. En esa intersección entre clima, conocimiento y decisión se juega hoy el futuro del agro pampeano.
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