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Cultivos estivales bajo sequía y calor extremo

Por Mariano Fava (*)

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EL DIARIO digital

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La región pampeana argentina constituye uno de los sistemas agrícolas más intensivos y productivos del hemisferio sur, pero también uno de los más expuestos a la variabilidad climática interanual. En este contexto, la combinación de sequía edáfica y olas de calor intensas se ha consolidado como el principal factor limitante del rendimiento de los cultivos estivales, particularmente maíz, soja y girasol. Comprender cómo estos estreses interactúan con las decisiones de manejo agronómico resulta clave para sostener la productividad, la estabilidad de los sistemas y la eficiencia en el uso de los recursos.

La sequía y el estrés térmico no actúan de manera independiente. La disminución del contenido de agua en el perfil reduce la capacidad transpiratoria del cultivo, limita la refrigeración foliar y amplifica el impacto de temperaturas elevadas sobre los procesos fisiológicos. En la región pampeana, caracterizada por una marcada heterogeneidad en profundidad efectiva de los suelos y capacidad de almacenamiento hídrico, este fenómeno se expresa con elevada variabilidad espacial y temporal, generando respuestas productivas contrastantes aun dentro de un mismo establecimiento.

La elección de la fecha de siembra define la coincidencia de los períodos críticos del cultivo con las fases de mayor probabilidad de estrés hídrico y térmico. En siembras tempranas (octubre), el maíz suele transitar floración y cuajado de granos durante diciembre, mes de alta radiación y elevada demanda atmosférica. En campañas con déficits hídricos tempranos o irrupciones de calor intenso, el riesgo de aborto floral, fallas de polinización y reducción del número de granos por planta se incrementa de manera significativa.

En contraste, la siembra tardía, comprendida entre la segunda quincena de noviembre y la primera quincena de diciembre, se ha consolidado en La Pampa como una estrategia de escape frente a la sequía y a los golpes de calor de comienzos del verano. Al desplazar el período crítico hacia enero/febrero, estos planteos suelen coincidir con una mayor probabilidad de lluvias convectivas y con un acortamiento progresivo del fotoperíodo, lo que atenúa la demanda atmosférica. Análisis regionales muestran que, en años secos, los maíces tardíos pueden superar en un 15–30 % el rendimiento de los tempranos en ambientes de media a baja capacidad de almacenamiento, evidenciando su mayor estabilidad relativa.

En soja y girasol, las siembras tardías también suelen beneficiarse de una mejor recarga hídrica inicial del perfil. Registros históricos indican que, en la región pampeana central, más del 60 % de las precipitaciones estivales se concentran entre diciembre y febrero, lo que incrementa la probabilidad de que cultivos implantados a fines de noviembre dispongan de mayor oferta hídrica durante floración y llenado, siempre que la distribución de las lluvias acompañe.

La densidad de plantas modula de manera directa la competencia por agua, nutrientes y radiación. En ambientes restrictivos, densidades elevadas aceleran el consumo hídrico y el agotamiento del perfil, intensificando el estrés durante floración y llenado. Estrategias de siembra más ralas permiten reducir la demanda temprana, prolongar la disponibilidad de agua y mejorar la eficiencia de uso del recurso hídrico, especialmente en maíz y girasol. En soja, la elevada plasticidad morfológica permite cierta compensación a menores densidades, aunque bajo estrés combinado de sequía y calor esta capacidad se ve notablemente limitada.

El espaciamiento entre surcos influye sobre la intercepción de radiación, la evaporación del suelo y la competencia radical. Surcos más estrechos (52 cm) favorecen un cierre temprano del entresurco. En maíz, el impacto del espaciamiento es fuertemente dependiente del ambiente: en condiciones de buena disponibilidad hídrica, surcos angostos maximizan la captura de radiación; bajo sequía, en cambio, surcos más amplios (70 cm) ofrecen mayor flexibilidad al disminuir la competencia temprana y permitir una exploración radical más eficiente por planta.

La profundidad efectiva del suelo emerge como un factor estructural determinante de la resiliencia frente a sequía y calor. Suelos profundos, con alta capacidad de almacenamiento, permiten sostener la transpiración durante períodos prolongados sin lluvias, atenuando el impacto de las olas de calor. Cada 100 mm adicionales de agua útil en el perfil pueden representar entre 800 y 1.200 kilogramos por hectárea de maíz en ambientes pampeanos, evidenciando la magnitud de este factor.

La acumulación de humedad previa a la siembra es igualmente crítica. Cada milímetro almacenado en el perfil actúa como un seguro productivo frente a eventos extremos, particularmente en planteos tardíos. En este sentido, la siembra directa y el mantenimiento de altos niveles de cobertura superficial juegan un rol central: mejoran la infiltración, reducen la evaporación y moderan las temperaturas del suelo, preservando humedad y amortiguando los picos térmicos en la rizósfera.

El estrés térmico durante la floración constituye uno de los principales determinantes de pérdida de rendimiento. En maíz, temperaturas superiores a 35 °C reducen la viabilidad del polen y la sincronía entre flor masculina y femenina. En girasol, el calor extremo afecta tanto la fertilidad del polen como la actividad de insectos polinizadores, comprometiendo el llenado del capítulo. En soja, si bien la autogamia reduce la dependencia de polinizadores, temperaturas elevadas aceleran la senescencia floral y aumentan el aborto de vainas.

La capacidad de recuperación frente al estrés depende del estadio fenológico y de la duración del evento. Durante fases vegetativas existe una elevada plasticidad y posibilidad de compensación. En floración y cuajado, en cambio, el margen de recuperación es mínimo y el daño resulta mayormente irreversible. En llenado, una mejora temprana de las condiciones permite recuperar parcialmente el peso individual del grano.

Desde una perspectiva de corto plazo, los pronósticos climáticos para enero indican, para gran parte de la Pampa, una probabilidad moderada de precipitaciones cercanas a lo normal, aunque con elevada variabilidad espacial, y una alta frecuencia de días con temperaturas máximas superiores a 33–35 °C. Este escenario refuerza la conveniencia de estrategias de manejo orientadas a la eficiencia hídrica y al escape fenológico.

En síntesis, la interacción entre sequía y olas de calor en la Pampa exige un enfoque sistémico del manejo agronómico. La valorización de la siembra tardía como estrategia de escape, junto con el ajuste de densidades y espaciamientos, la consideración de la calidad de suelo y la consolidación de sistemas de siembra directa con alta cobertura de rastrojos, constituye hoy una de las principales herramientas para construir resiliencia productiva frente a un clima extremo.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) -Posgrado en Agronegocios y Alimentos- @MARIANOFAVALP

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