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EL DIARIO digital
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La fibra y la proteína pueden ayudar a evitar aumentos bruscos de azúcar en sangre y a mejorar la respuesta del organismo a la insulina. Según explica The Ohio State University, este efecto se potencia cuando la alimentación se acompaña de actividad física, descanso suficiente y estrategias para reducir el estrés.
Para entender ese proceso, hay que considerar la función de la insulina. Esta hormona, producida por el páncreas, permite que la glucosa obtenida de los alimentos pase de la sangre a las células, donde se utiliza como fuente de energía.
Cuando aparece resistencia a la insulina, las células dejan de responder de manera adecuada a esa hormona. Como resultado, parte de la glucosa queda circulando en la sangre y el páncreas debe producir más insulina para compensar. Si el problema persiste, pueden aumentar los niveles de azúcar en sangre y, con el tiempo, el riesgo de prediabetes o diabetes tipo 2.

La composición y el orden de las comidas pueden influir
Además de su aporte nutricional, la fibra y la proteína prolongan la sensación de saciedad. Por eso, incluirlas en los platos puede ayudar a moderar las porciones y a sostener una alimentación más equilibrada durante el día.
Esta pauta resulta especialmente útil cuando la comida incluye harinas, bebidas azucaradas u otros carbohidratos refinados. En esos casos, combinar los alimentos en lugar de consumirlos solos puede evitar cambios demasiado rápidos en los niveles de azúcar.

La institución también recomienda prestar atención a la secuencia de la comida. Comer primero verduras u otros alimentos ricos en fibra, continuar con una fuente de proteína y dejar los carbohidratos para el final puede contribuir a que el organismo procese los nutrientes de forma más gradual.
La fibra soluble y la insoluble actúan de manera diferente
Dentro de los alimentos ricos en fibra, la fibra soluble se mezcla con el agua y adquiere una textura similar a un gel en el aparato digestivo. Ese proceso retrasa la absorción de los carbohidratos y, además, contribuye a alimentar las bacterias beneficiosas del intestino. La avena, las legumbres, las manzanas, los cítricos y varias verduras son algunas de sus principales fuentes.

Por otra parte, la fibra insoluble no se disuelve y recorre el sistema digestivo casi sin modificaciones. Puede encontrarse en frutos secos, semillas, quinoa, berenjena y cáscaras de frutas. Aunque actúan de forma distinta, ambas pueden integrarse en las comidas habituales.
The Ohio State University aconseja consumir entre 25 y 28 gramos de fibra por día, junto con suficiente agua. Una dieta que incluya cereales integrales, frutas, verduras y legumbres permite alcanzar esa meta mediante alimentos variados.
La proteína debe formar parte de una alimentación variada
La orientación general de The Ohio State University plantea un consumo de entre 1,2 y 1,6 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal al día, aunque las necesidades pueden variar según la edad, el nivel de actividad física, el embarazo y el estado de salud.
La proteína está presente en carnes, pescados, huevos, lácteos, porotos, lentejas, tofu y otros alimentos elaborados a partir de soja. El cuerpo también puede transformar parte de ella en glucosa, por lo que eliminar por completo los carbohidratos no garantiza un mejor control.

El objetivo no es evitar toda suba de glucosa, ya que es una reacción esperable después de comer. Lo importante es que el organismo pueda responder con la cantidad de insulina necesaria, sin exigir de más al páncreas. La calidad de los alimentos, las porciones y la regularidad de los hábitos influyen en ese proceso.
El movimiento, el descanso y el peso también inciden
Los hábitos que van más allá de la alimentación también influyen en el control del azúcar en sangre. La actividad aeróbica, como caminar, nadar o andar en bicicleta, y los ejercicios de fuerza permiten que los músculos utilicen glucosa como fuente de energía. Mantener la masa muscular, o aumentarla cuando corresponde, amplía la capacidad del cuerpo para aprovecharla.
Cuando hay sobrepeso, una reducción gradual de entre 5 % y 10 % del peso corporal puede mejorar la sensibilidad a la insulina, según la institución. La recomendación apunta a sostener cambios posibles en el tiempo, de acuerdo con las necesidades y el estado de salud de cada persona.

A esa rutina se suman el descanso y el manejo del estrés. Dormir entre 7 y 9 horas por noche facilita la continuidad de otros hábitos saludables, mientras que la tensión sostenida puede favorecer aumentos de azúcar en sangre.
Los antecedentes familiares de diabetes tipo 2, el sedentarismo, la acumulación de grasa abdominal, el sobrepeso, la edad y el síndrome de ovario poliquístico están entre los factores asociados con este problema. Un resultado de glucosa en ayunas de 100 a 125 mg/dL puede ser una señal de prediabetes, por lo que corresponde realizar una consulta médica para evaluar cada caso.
La diabetes tipo 2 no se considera reversible, aunque puede entrar en remisión si los valores de glucosa vuelven a rangos no diabéticos a partir de cambios sostenidos en los hábitos y, en algunas situaciones, sin medicación. Como la predisposición puede mantenerse, los controles indicados por profesionales de la salud siguen siendo necesarios.