Salud

¿Por qué bostezamos? Los sorprendentes efectos en el cerebro

Una de las teorías sobre el bostezo sostiene que se trata de un mecanismo de activación ante el cansancio o el sueño
Una de las teorías sobre el bostezo sostiene que se trata de un mecanismo de activación ante el cansancio o el sueño.
El misterio que rodea a la acción de bostezar se disipa a medida que avanza el saber científico. Todo parece indicar que su función principal se centra en el cerebro, pero, contrariamente a lo que se creía, no tiene que ver con la oxigenación, sino con otra misión igualmente importante.

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EL DIARIO digital

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El bostezo es un movimiento muscular complejo: en cuestión de segundos se expande toda la vía respiratoria y los músculos circundantes se estiran con fuerza, sobre todo alrededor de la garganta (faringe). Su enigmática función ha motivado una intensa investigación sobre su razón de ser, tanto desde el punto de vista biológico como cultural. Aunque todavía no se sabe a ciencia cierta cuál es su verdadera misión, cada vez está más claro que va más allá de la socialización y no se trata de una mera expresión de aburrimiento, cansancio o sueño. Y, lo que es más importante, se ha ido estrechando el cerco en torno al órgano al que está dedicado: el cerebro.

Durante mucho tiempo se ha pensado que bostezar cumplía una función primordial de oxigenación del cerebro. En realidad, se trata de una creencia popular sin verdadero sustento científico, ya que no se ha podido demostrar que este gesto contribuya a introducir una mayor cantidad de oxígeno de cara a un mejor funcionamiento del cerebro. 

Un mecanismo para enfriar el cerebro

En cambio, ha ido ganando terreno la hipótesis de que bostezar tiene como objetivo fundamental enfriar el cerebro. La primera prueba proviene del análisis comparativo de los distintos vertebrados y, en especial, los mamíferos como nosotros. Se ha podido comprobar que cuanto mayor es el tamaño del cerebro en una determinada especie, más veces bostezan los animales que pertenecen a ella. 

La razón sería que un cerebro grande genera más calor, por lo que requiere un mayor despliegue de mecanismos compensatorios eficaces. El movimiento intenso de los músculos del cuello y la faringe que genera el bostezo aumenta considerablemente el flujo sanguíneo arterial hacia la cara, el cuello y la cabeza, al tiempo que disminuye el líquido cefalorraquídeo y la sangre venosa desde la cabeza. El resultado es la llegada al cerebro de una mayor cantidad de sangre a menor temperatura y una mayor extracción de sangre más caliente. De esta manera, el cerebro se mantiene a una temperatura más adecuada. 

Es más, en estudios realizados tanto en animales como en humanos se ha podido constatar que el bostezo ocurre antes, durante y después de los episodios de termorregulación anormal, como el estrés térmico y la hipertermia (temperatura corporal elevada).

Un estudio reciente muestra el papel que puede jugar el líquido cefalorraquídeo en este mecanismo de refrigeración del cerebro. Este fluido es fundamental para la buena salud del cerebro y la médula espinal, ya que actúa como amortiguador contra los impactos, suministra nutrientes, elimina desechos metabólicos y regula la presión intracraneal, entre otras funciones. La nueva investigación comparó, mediante la técnica de imagen conocida como resonancia magnética funcional, los efectos en el cerebro de la respiración profunda y el bostezo. 

El análisis reveló que tanto las respiraciones profundas como los bostezos aumentaban el flujo de sangre que sale del cerebro, creando más espacio para que se bombee sangre fresca.

Sin embargo, para sorpresa de los investigadores, se apreciaba una diferencia significativa: al bostezar, el líquido cefalorraquídeo se dirigía fuera del cerebro, algo que no sucede durante la respiración profunda. Los resultados de este trabajo no permiten esclarecer la causa de la divergencia apreciada, pero sus autores creen que podría reforzar la teoría de que bostezar promueve el enfriamiento del cerebro. No obstante, teniendo en cuenta la función depuradora de dicho fluido, también podría ser que el bostezo contribuyese a la limpieza del cerebro.

Del contagio a la empatía

En el terreno de la conducta y la comunicación, una de las hipótesis más extendidas sobre la función del bostezo ayuda a explicar por qué es tan contagioso. Los investigadores que apoyan esta teoría creen que el bostezo tendría una función de comunicación o sincronización grupal. Consideran que podría servir para señalar aburrimiento o estrés a quienes nos rodean. No obstante, la comunidad científica tiende a pensar que esta función de interacción social tendría un carácter menor o secundario a otra misión más significativa.  

En ese efecto contagio están implicadas, de un modo u otro, unas células del cerebro que están muy relacionadas con la empatía: las neuronas espejo. Estas neuronas fueron descubiertas en 1996 por el equipo del neurocientífico de la Universidad de Parma Giacomo Rizzolatti, quien constató en monos que se activaban no sólo cuando un animal realizaba una acción, sino también cuando observaba a otro individuo ejecutar un movimiento similar. De ahí que no solo con el hecho de ver a una persona bostezar nos dé ganas de bostezar, sino que también lo hacemos con solo oír o leer esta palabra. 

Curiosamente, aunque el bostezo es un comportamiento universal, el contagio no sigue un patrón uniforme. Se estima que solo un 60-70% de las personas sufren este contagio.

Las hipótesis y teorías sobre las funciones de este gesto no se quedan ahí: también se ha sugerido que es un mecanismo de activación que nos ayuda a mantenernos alerta. Al fin y al cabo el cansancio y el aburrimiento tienden a desencadenar el bostezo con mayor frecuencia. 

Por último, conviene puntualizar que no todo son ventajas: el bostezo excesivo puede indicar la existencia de ciertas afecciones neurológicas o sistémicas.

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