La tapa de EL DIARIO de hoy

Episodios en distintos colegios conmueven, preocupan y obligan a miradas profesionales, un rol estatal y un debate sin chicanas.

Una serie de episodios de violencia en distintos establecimientos potenció el lugar en la agenda pública de la situación que se vive en el sistema educativo pampeano, donde la violencia no puede resultar una excepción respecto de lo que ocurre en otros ámbitos y encuentros sociales.

A raíz de esa circunstancia se revitalizó alguna reacción gremial (los sindicatos ya habían hecho antes el intento de abordar esa problemática), se registró una marcha de docentes que se autoconvocaron y que cuestionaron también el rol de sus representaciones y apareció en escena la oposición política.

Cada cual por su lado, el radicalismo y el PRO formalizaron proyectos para que el ministro del área Pablo Maccione -y en un caso también los gremios- brinde algunas explicaciones ante el Poder Legislativo.

Los sucesos dentro del sistema educativo generalmente provocan conmoción y sacuden estanterías, puesto que cruzan al total de la sociedad y la población.

La comunidad educativa que se compone de docentes, estudiantes, familias y autoridades es el ámbito de socialización más importante y resulta lógica entonces la generalizada y transversal preocupación por esa problemática, que abarca muy diversas franjas etáreas y clases sociales, y que incluso no ha tenido en este caso distinciones geográficas, puesto que los hechos bajo la lupa han ocurrido tanto en la capital provincial como en poblaciones más pequeñas.

Lo primero que debe entenderse es que los hechos de violencia no ocurren únicamente en establecimientos escolares, sino que son el fruto de una extendida disgregación social y efecto de otras situaciones que propician un descontento de gran alcance, en una época donde la propia raíz y definición de los vínculos sociales está en crisis.

Hay una andanada facilista que considera a viva voz que la única solución posible es represiva y punitiva, o colocar personal policial en los colegios, como si los uniformes y las armas tuvieran propiedades mágicas.

Más bien sería preciso entender que la respuesta a semejante nebulosa no va a ser encontrada de manera urgente, sino profunda; que no va a surgir de la idea genial de una persona sino de la discusión de distintos actores; y que requiere necesariamente de miradas profesionales y del compromiso de quienes representan al Estado.

Efectivamente el ministro de Educación (pero no solo él) debe explicaciones, no solo ante la Legislatura sino ante la comunidad, y del mismo modo que sería deseable que es debate se produzca, también resultaría saludable que las partes en pugna dejen para mejores ocasiones el oportunismo político, la chicana, el aprovechamiento y las conveniencias políticas.

La dirigencia política también es responsable del clima de violencia que se vive en la sociedad en general, a partir de que se desperdigan discursos cargados de odio y de que ante la incapacidad para buscar soluciones por vías realmente democráticas, ya no es tan excepcional que determinadas representaciones partidarias acudan a embarrar la cancha o propiciar climas incluso desestabilizadores.