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El ingeniero Mariano Fava señala que La Pampa está siendo afectada por un "estrés hídrico" importante en toda su extensión geográfica. La falta de lluvias es de tal magnitud que algunas zonas llevan ya casi 3 meses sin precipitaciones.

Si bien para el trigo estamos a tiempo de que llueva y la cosecha llegue a buen puerto, los pronósticos de una prolongación del fenómeno climático de "La Niña", es decir, lluvias por debajo del promedio histórico para la próxima zafra de cultivos de verano, nos invita a pensar qué estrategias vamos a desplegar al respecto, pues en aproximadamente 45 días más estaremos en inicios de la "ventana de siembra".

Un aspecto muy importante, del cual dependerá el daño que podamos sufrir y las estrategias que podamos desarrollar para mitigarlo, está representado por la intensidad y duración que la escasez de agua desarrolle. Obviamente, su efecto se ve a las claras en los cultivos establecidos, pero lo que también se aprecia notablemente son las respuestas de estos ante el estrés cuando se manejan distintos paquetes tecnológicos.

Así en amplias zonas de la provincia donde las precipitaciones han sido similares encontramos cultivos con gran heterogeneidad entre lotes, la cual no se explica por el simple hecho de que le ha llovido más al lote con mejor nivel de producción, sino que hallamos la respuesta en la tecnología aplicada en cada caso, que no siempre representa el híbrido más caro o el herbicida más costoso.

Es decir, no estamos hablando de tecnologías de insumo sino de procesos, que no tienen ningún costo monetario, solo hay que conocerlas y aplicarlas. Entre ellas podemos mencionar:

1. Humedad almacenada en el suelo al momento de la siembra

2. Fecha de siembra adecuada, para "escapar" a la sequía.

3. Elección correcta del ciclo de madurez.

4. Correcto diseño de la estructura de cultivos (densidad de plantas, espaciamiento entre hileras, etc.).

5. Uso de la siembra directa.

6. Producción por ambiente ("agricultura de precisión").

7. Eficiente control de malezas e insectos.

Estas y otras estrategias productivas generan que hoy en una zona tengamos potreros de cereales de invierno severamente afectados por el contexto de sequía, y alambrado por medio, lotes que todavía pueden tener una producción excelente.

En condiciones normales de producción, es decir sin estrés, habitualmente la demanda atmosférica durante los meses más cálidos (diciembre y enero) supera la capacidad transpiratoria del cultivo, lo cual genera picos diarios de estrés, que desaparecen en horas de menor calor. De persistir la situación adversa comienza a afectarse el normal desarrollo del cultivo. Conocer estos efectos contribuye a orientar el manejo para atenuar pérdidas de rinde y calidad.

A la hora de estimar el impacto de una sequía, además de la intensidad y la duración es muy importante tener en cuenta el momento de ocurrencia según el cultivo en cuestión, así el girasol y el maíz sufren los mayores daños cuando el estrés se da en floración, mientras que la soja sufre el mayor daño cuando la falta de humedad se registra en etapas reproductivas avanzadas.

Con esta información, sumada a la alta probabilidad estadística de sufrir estrés en el mes de enero, debemos tratar de lograr floraciones de segunda quincena de diciembre para maíz y girasol de siembra temprana; vale mencionar que en la práctica esta ventana de siembra cada vez es menos empleada por técnicos y productores. Hoy en día solo se utiliza esta época de siembra para las especies mencionadas en lotes con capacidad de almacenar humedad y que las raíces del cultivo profundicen, de lo contrario conviene atrasar la fecha de siembra a segunda quincena de noviembre o primera de diciembre, de manera de superar el desafío que enero nos plantea sin sobrellevar un daño irreparable a causa de un estrés hídrico.

Finalmente, vale aclarar que por más tecnología que usemos, si el clima no acompaña por lo menos con una lluvia mensual (sobre todo en verano), no hay mucho que podamos hacer y obviamente la producción se verá resentida. Pero si al momento de tomar las decisiones lo hacemos pensando de antemano que el año va a ser seco, y esto lamentablemente termina por cumplirse, tal vez no tengamos una gran producción, pero por lo menos no perderemos dinero.

Para ello hay que ser muy cuidadoso no solo en las cuestiones técnicas que hemos mencionado, sino fundamentalmente en los costos, pues un productor por grande que sea no maneja el precio del cereal, y por más tecnología que use solo podrá asegurarse un piso de producción, pero la misma variará al compás de las lluvias irremediablemente.

En resumen, el único paramento que el productor tiene cien por ciento de control a la hora de calcular su margen bruto es el costo de producción y ahí debemos concentrar todos los esfuerzos, más aún en coyunturas como las actuales, donde prácticamente no hay financiamiento (más allá del comercial de las compañías insumeras) y el costo de oportunidad del dinero es elevadísimo si lo medimos en especie, es decir un repago de los servicios de deuda con toneladas de soja, trigo o kilos de carne, donde la inflación no se está reflejando, pues cotizan igual o a un menor valor en pesos que hace unos meses atrás.

Mariano Fava - Ingeniero Agrónomo -(MP: 607 CIALP) Posgrado en Agronegocios y Alimentos @MARIANOFAVALP