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EL DIARIO digital
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El periodismo de investigación suele chocarse con paredes altas, pero pocas son tan blindadas y oscuras como las que erige el negocio del fútbol. La mafia de la pelota y la presión de la conducción de la AFA no se agotan en las fronteras de los escritorios de Buenos Aires; tienen mano de hierro a escala internacional. Durante los ocho años que le demandó al ganador del Premio Pulitzer, Steve Fainaru, llevar adelante su documental "La fábrica de sueños" para la cadena ESPN, ninguna autoridad de la AFA se dignó a recibirlo. Peor aún: cuando se enteraron de lo que se venía, activaron un feroz lobby para que el informe jamás viera la luz.
El documental finalmente se terminó gracias al prestigio y el esfuerzo de Fainaru, pero el poder corporativo de la AFA caló tan hondo en las más altas esferas de la cadena mediática más poderosa del mundo que lograron un "milagro" tecnológico: apenas se estrenó, el material fue bloqueado geográficamente para Argentina, Sudamérica y América Central. No querían que se viera el entramado de desprotección y abuso en las pensiones juveniles.
En una alianza de conveniencia con la dirigencia del fútbol campeón del mundo y en pleno desarrollo del Mundial 2026, las corporaciones tejieron sus redes. Si hoy los pampeanos pueden ver esa joya periodística en la web de El Diario (www.eldiariodelapampa.com.ar), es porque contábamos con el dato certero de que el bloqueo ocurriría, lo descargamos de inmediato y lo alojamos en nuestro propio servidor. Fainaru no tuvo nada que ver; fue la censura de guante blanco de los despachos lo que nos obligó a reaccionar.
El informe internacional sacude las estructuras porque vuelve a poner sobre la mesa la mugre que muchos quisieron barrer bajo la alfombra. De Héctor "Patilla" Kruber no se puede manifestar más que el asco y el desprecio visceral que provoca el delito aberrante por el cual fue condenado a cuatro años de prisión: abusó sexualmente de un menor.
Pero de su entorno cómplice en el fútbol local hay demasiado por decir. Desde mis primeros pasos en esta profesión, allá por el año 1998, escuché esas historias "raras" en torno a la figura de Kruber. Muchos colegas, de esos que con el paso del tiempo se autoproclamaron emblemas y referentes de la profesión mientras vivían sumergidos en el micromundo del fútbol, jamás dijeron nada. No averiguaron, no investigaron; literalmente se callaron la boca. Tuvo que venir Julieta Echenique con una valentía descomunal de madre no solo para denunciarlo, sino para enfrentar públicamente el costo de romper el pacto corporativo. Y aun con el abusador tras las rejas, ese silencio sepulcral sigue flotando en el aire.
A diferencia de Kruber, de los Mac Allister sí se pueden decir muchas cosas, sí se debe hablar. Provoca una profunda aversión volver a escuchar esos audios donde Patricio Mac Allister intenta convencer a una madre de que no denuncie el abuso que sufrió su hijo dentro de la institución. En esas grabaciones, que son una radiografía del encubrimiento, se lo escucha blindar al club y desalentar la vía judicial con argumentos de un cinismo tan insólito que rozan el absurdo. Con una frialdad espeluznante, minimiza la gravedad del trauma apelando a una especie de folklore de la impunidad: "Mirá, yo estoy en el ambiente del fútbol. Esto pasa en todos lados", le dice sin vergüenza a la mujer, como si el abuso infantil fuera un problema de humedad en los cimientos o el mal estado de las canchas. No conforme con eso, naturalizó el horror con una insólita jactancia corporativa, justificando que la inacción es la norma en el ambiente: "Yo te digo que esto yo lo vi en cinco clubes ya".
El remate de su razonamiento es de un egoísmo descarado: "Pero tampoco nosotros podemos meternos en una situación que nos puede complicar", agrega, blanqueando que para la empresa familiar el bienestar de un menor cotiza infinitamente menos que la tranquilidad de su balance institucional.
Y hay que citar otra parte de este "argumento" de Patricio, porque ingresa directamente en el terreno de lo bizarro y lo increíble: "Él estuvo ya con nosotros hace un montón de años. Y vinieron dos papás a hacerme el planteo que me están haciendo ustedes, parecido. Que habían estado en el vestuario del club y que en un momento los quiso tocar". Lo insólito de la estrategia defensiva es total: para convencer a una madre de que se calle, el dirigente le confiesa en la cara que ya sabía que tenía a un lobo en el vestuario. En su afán por normalizar la aberración, Patricio Mac Allister terminó firmando su propia confesión de culpabilidad: sabían todo, tenían los antecedentes acumulándose en los cajones y, aun así, prefirieron mantener al depredador cerca de los pibes.

El periodista Steve Fainaru, junto a Patilla Kruber, cuando el DT intentó llamar por su celular a Patricio Mac Allister. (Foto: Juanita Ceballos ESPN)
Imagino la bronca incontenible que debió haber despertado ayer en los hermanos Mac Allister la infinita torpeza de Kruber. El abusador se obnubiló por completo ante los micrófonos internacionales, cayó rendido ante el viejo cuento del cazatalentos y se expuso dócilmente para las cámaras y las fotos como si fuera un intocable. Cuánto debe lamentar Patricio no haber atendido la llamada de ese día crucial. Una oportuna orden de silencio a su subordinado lo hubiera salvado, al menos un poco, de quedar expuesto en este papelón mayúsculo y de escala global.
Hoy, con la condena firme y la exposición mundial de ESPN, ni Patricio, ni Carlos, ni el club que pretende vender prestigio en la formación de juveniles han salido a decir una sola palabra. Un silencio cómplice que aturde. Carlos "El Colo" Mac Allister siempre echó mano al argumento más pobre y repudiable: victimizarse diciendo que todo se trata de una "operación mediática" para ensuciarlo políticamente. Una excusa barata para un hombre obsesionado con los cargos públicos, sin importar los millones que lo rodeen.
Ahora, con las repercusiones del informe de ESPN, las redes sociales se poblaron de algunas cuentas anónimas que ensayan una nueva teoría conspirativa: dicen que esto es una maniobra para perjudicar a Marita Mac Allister -hermana de los dueños del club, tía del campeón del mundo y actual presidenta del Tribunal de Cuentas-, bajo el pretexto de que el escándalo busca esmerilar sus pretensiones electorales. Públicamente, ella autoproclama una pomposa postulación a la gobernación, pero en el laboratorio de la rosca real sabe perfectamente que su única chance concreta es cotizarse alto para terminar siendo una "buena vice" en una eventual alianza con la UCR y el PRO.
Y este no es un dato menor. El acting de la candidatura principal es la pantalla ideal para victimizarse, pero la realidad la expone. Qué extraordinaria ocasión tiene Marita Mac Allister para despegarse del silencio familiar. Ella, que puede ostentar una trayectoria impecable a cargo del organismo de control de la provincia, tiene la oportunidad perfecta para salir a repudiar la degradación que significa que un adulto abuse de un menor en las inferiores del club de sus hermanos. Hacerlo la dejaría bien parada frente a una sociedad pampeana que exige respuestas éticas. Mantenerse en el molde, o adoptar el pobrísimo discurso de la "operación política" que usan sus hermanos, no hará más que hundirla en la misma ciénaga de sospechas que hoy salpica a su apellido.
Como periodista, celebro y abrazo la rigurosidad de la investigación de Fainaru. Para este ignoto columnista, haber aportado menos que un granito de arena en el trabajo de un profesional de la talla de Steve es un verdadero honor. La verdad tarde o temprano encuentra su grieta por dónde salir. Porque cuando las instituciones fallan, cuando la política se esconde detrás de excusas de campaña y cuando el fútbol corporativo intenta bajar las persianas del mundo con bloqueos geográficos en internet, queda el periodismo.
Quedan también la prepotencia de los hechos y la memoria colectiva para recordar que las infancias no se negocian ni se silencian.
No hay ingeniería tecnológica, blindaje de la AFA ni billetera lo suficientemente grande que pueda tapar el desamparo y el dolor de los pibes. El veredicto judicial ya está firme; el veredicto social, tarde o temprano, también les llegará a los cómplices.
(*) Director Periodístico de El Diario de La Pampa