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EL DIARIO digital
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Fue en la noche del "Martes Gordo" de Carnaval, el 12 de febrero de 1771. Tras un banquete en el Palacio de Estocolmo, el monarca se descompensó al cabo de pocas horas. Su reinado fue más bien discreto; su final, imposible de olvidar.
La historia recuerda a Adolfo Federico de Suecia menos por lo que hizo en el trono que por lo que hizo en la mesa. La noche del 12 de febrero de 1771, en pleno "Martes Gordo" de Carnaval (la víspera del Miércoles de Ceniza), el monarca se permitió un banquete descomunal en el Palacio de Estocolmo. La celebración terminó de la manera más inesperada: tres horas después, un dolor fulminante, una descompensación y la muerte. El dato que lo empujó al anecdotario universal fue el postre: catorce porciones de "semla", el bollo nórdico servido con leche caliente.
Un rey que llegó "de rebote"
Su acceso al trono fue una cadena de casualidades y recambios dinásticos. Tras la muerte de Carlos XII en 1718, Suecia entró en un período de cambios y tensiones, con Ulrica Leonor en el poder por apenas un año antes de abdicar en favor de su esposo, Federico I de Hesse-Kassel, que gobernó hasta 1751.

El problema para la continuidad fue sencillo y decisivo: Federico I no tuvo herederos con Ulrica. La sucesión se resolvió con una genealogía extensa y varios giros, hasta que Adolfo Federico nacido en 1710 terminó coronado el 7 de diciembre de 1751, luego de que un hermano mayor muriera antes de tiempo y de que el tablero político se reordenara.
Un reinado sin épica y con mucha mesa
Una vez en el trono, la mayor parte de las decisiones relevantes quedó en manos del Parlamento sueco. Su época fue recordada como tranquila, pasiva y con poco brillo político. En el plano personal, se lo menciona como un hombre amable, aficionado a fabricar cajas de rapé de madera y, sobre todo, un anfitrión entusiasta: cenas abundantes, carnes varias, trufas y especias, sin demasiado interés por la austeridad.
La noche del "Martes Gordo": el banquete que no terminó bien
En 1771, el Miércoles de Ceniza cayó el 13 de febrero, así que el 12 era el Fettisdagen ("Martes Gordo"), la jornada tradicional previa a la Cuaresma. Adolfo Federico, con 60 años, armó un menú cargado: caviar, langostas, chucrut, arenque ahumado, pato, venado, verduras y champán su preferido. Hasta ahí, un exceso con protocolo.
El quiebre llegó con el postre. Se sirvió semla, un bollo relleno típico, en plato hondo con leche caliente, a veces con canela. El rey los quería con crema de almendras. Y no se quedó en uno: se comió catorce, seguidos, sin pausa. Después se retiró a dormir.
La escena final fue rápida. Tres horas más tarde despertó con un dolor de estómago intenso y murió. El informe del médico real dejó un registro que atravesó el tiempo: "Su Majestad, poco más de tres horas después de la comida, que fue fuerte y de alimentos constantes, fue atacado por el cólico más violento y espasmos en el abdomen, que con prisa también movieron la cabeza y el cerebro y de ese modo apretaron juntas las partes indispensables para la vida, y rápidamente concluyeron en una asfixia mortal y una apoplejía serosa perfecta, para el mayor dolor y pérdida de todos los habitantes del Reino sueco."
El mismo parte consignó restos de comida sin procesar del todo y un cuadro digestivo severo, con congestión por gases.
¿Indigestión, infarto o algo más?
La causa oficial quedó etiquetada como "problemas de digestión", pero el debate se mantuvo abierto. El propio reporte médico mencionó que el rey arrastraba años de molestias y problemas de salud (dolores, migrañas, resfríos frecuentes, hemorroides, estreñimiento, diarreas y cólicos), lo que alimentó la hipótesis de una condición gastrointestinal previa. Tampoco se descarta que haya sido un derrame cerebral o un infarto.
En cualquier caso, la versión que quedó en la conversación pública de la época fue directa y brutal: comió hasta morir. El poeta Johan Gabriel Oxenstierna lo sintetizó así en su diario: "La muerte de Su Majestad se produjo por indigestión de semla, chucrut, carne con nabos, langosta, caviar, patito y vino de champán".
Adolfo Federico fue enterrado en la iglesia de Riddarholmen, en Estocolmo. Su hijo Gustavo, que estaba en París cuando se conoció la noticia, volvió de inmediato, asumió el trono y luego avanzó para recuperar poder frente al Parlamento. El padre quedó marcado por una paradoja histórica: un reinado discreto y una cena imposible de borrar.